La Guardia Civil busca a dos ucranianos fugados del campo de El Retín
Un soldado ucraniano termina los ejercicios de tiro en El Retín, se descuelga del grupo, camina por la playa hasta Barbate, toma un autobús a Chiclana, pide dinero a los transeúntes para llegar a El Puerto de Santa María y, cuando ya parecía lanzado, da media vuelta y vuelve a su unidad. La escapada ocurrió un sábado. En las 48 horas siguientes, otros dos compañeros del contingente que se adiestra en Barbate repitieron el gesto sin retorno. La Comandancia de Cádiz les ha declarado prófugos y mantiene una orden de busca y captura sobre ambos, que se cree siguen en suelo gaditano. La Benemérita no ha abierto diligencias por la desaparición.
Qué se sabe de las deserciones en El Retín
El contingente ucraniano se instruye en la base de El Retín, en Barbate, con formación del Ejército español. Los tres soldados implicados son jóvenes que ven acercarse el momento de incorporarse al frente ante la invasión rusa. El primero se separó tras los ejercicios de tiro previstos para ese sábado; los otros dos desaparecieron en las horas siguientes, sin dejar rastro. Al comprobarse que la marcha fue voluntaria se dio la voz de alarma y se les declaró prófugos.
El contexto que describe el propio relato de los hechos es el de una guerra que se ha cobrado ya miles de vidas de jóvenes, con la escalada bélica en aumento y con la exhibición de nuevo armamento por parte de Moscú, incluido el anuncio de disposición a emplear armas nucleares si Occidente mantiene su apoyo a Kiev. Sobre ese fondo se leen las fugas: no de un destino, sino de una orden de incorporación.
El trato desigual que denuncia parte del debate
La línea más repetida en la conversación es la del doble rasero. Se argumenta que a los desplazados que llegan en patera huyendo de conflictos se les aplica el estatuto de refugiado, mientras a estos dos jóvenes se les persigue por desertar. La comparación se formula sin matices: «son refugiados si son morenos, son desertores si son blancos». Otra parte sostiene lo contrario: que se trata de militares en formación, no de civiles, y que su situación jurídica es la de la deserción, con la pena que ello conlleve.
Hay quien va más allá y plantea que la
Guardia Civil estaría prevaricando si los detiene, y que lo máximo que podría hacer es identificarlos, abriendo después un proceso de asilo que, en un caso tan evidente, se concedería de inmediato. La discusión sobre el encaje legal de la fuga queda abierta.
Quién debe ir al frente y quién no
El segundo foco del debate es la legitimidad del reclutamiento. Una corriente sostiene que obligar a combatir es lo peor, y que hacerlo en el bando que se percibe como perdedor convierte al recluta en carne de cañón. Otra defiende que quien se alista asume un compromiso y que abandonarlo debe tener consecuencias, aunque sean cortas. Y una tercera, más extrema, plantea que si algún día hubiera un reclutamiento forzoso en España, la primera preocupación de un recluta sería no quedar en la línea de tiro de sus propios compañeros.
El eco de esta discusión llega a la comparación con otros ejércitos: se recuerda que los comisarios políticos disparaban por la espalda a quien amagaba con huir del frente, y que las formaciones napoleónicas colocaban lanceros en retaguardia para cortar a los rezagados. La máquina de guerra, se concluye, es un leviatán antiguo.
El coste humano que no aparece en los partes
Entre los testimonios personales hay uno que desplaza el foco de la estadística al detalle. Un jugador de pádel relata su partido con un joven ruso de 21 años, un manojo de nervios que no conocía algunas reglas, que colapsó cuando se le corrigió de buenas maneras y que, casi llorando, confesó que huía de la guerra y pidió que no se dijera nada. El autor del relato tiene un hijo de la misma edad. La conclusión que extrae es que la guerra, vista por televisión, parece una película.
Ese tipo de relato convive con la desconfianza hacia el relato oficial sobre los desplazados. Una parte de la conversación sostiene que la mayoría de quienes llegan no huyen de guerras y que la etiqueta de refugiado se usa para facilitar la aceptación. Son afirmaciones sin respaldo en el material, formuladas como opinión.
La pregunta que queda sin respuesta
Si el contingente ucraniano en El Retín cuenta con miles de efectivos y solo se persigue a dos, hay quien deduce que o estos dos tienen la peor suerte del mundo o la orden de busca cumple una función ejemplarizante. La Guardia Civil no ha abierto diligencias. Los dos siguen, a la fecha de esta discusión, en paradero desconocido y se cree que en la provincia de Cádiz. El tercero volvió por su propio pie y, según se apunta, pagará caro el arrepentimiento.