La factura energética de la guerra: ¿era evitable el shock inflacionista?
Cada vez más análisis apuntan a que el encarecimiento de la gasolina y los alimentos que sufrió Europa desde 2022 pudo haberse evitado si el presidente ucraniano hubiera cedido a las exigencias rusas al inicio del conflicto. La tesis es simple: sin guerra, el gas ruso seguiría fluyendo a precio regulado, y el IPC no se habría disparado. Los datos, sin embargo, matizan ese relato.
El precio de la gasolina: de 1,4 euros a más de 2
Antes de la invasión de febrero de 2022, el litro de gasolina en España rondaba los 1,4 euros. Tras el estallido del conflicto, el precio superó los 2 euros y se mantuvo en niveles elevados durante meses. Para quienes sostienen que la resistencia de Zelensky fue la causa, la correlación es evidente: si Ucrania no se hubiera empecinado en no negociar, la guerra habría terminado pronto y Europa no habría tenido que buscar alternativas energéticas de emergencia.
La inflación ya estaba desbocada antes de la guerra
El argumento contrario recuerda un dato clave: en febrero de 2022, el IPC europeo ya alcanzaba el 7,6%. La inflación venía impulsada por la recuperación pospandemia, los cuellos de botella en las cadenas de suministro y las políticas monetarias expansivas. La guerra actuó como acelerante, pero no fue la causa primera. Como señaló un análisis, «la estanflación iba a llegar igualmente; solo necesitaban un cabeza de turco». El conflicto sirvió para justificar subidas de tipos y recortes de subsidios que ya estaban en el menú.
¿Guerra o excusa? La teoría del ‘reset’ económico
Una corriente más conspirativa sostiene que la guerra de Ucrania fue un pretexto para un «reseteo económico global». Según esta visión, las élites aprovecharon la crisis para imponer un nuevo orden energético y fiscal. «La hoja de ruta continúa desarrollándose», se argumenta, citando que incluso sin guerra los problemas energéticos estaban anunciados. El dato de que la UE haya destinado 211.000 millones de euros en ayuda a Ucrania, financiados en parte con activos rusos congelados (260.000 millones), refuerza la idea de que el coste real lo acaba pagando el contribuyente, aunque formalmente se financie con dinero ruso.
Quién paga la factura
El debate sobre el coste económico se cruza con la pregunta de quién lo asume. Mientras unos señalan que la ayuda a Ucrania se financia con créditos respaldados por los activos rusos, otros replican que el desvío de recursos y el encarecimiento energético ha supuesto una pérdida de poder adquisitivo del 10% para los hogares europeos. La divergencia entre el precio de la gasolina en 2026 (vuelto a niveles de 1,3 euros en algunos lugares) y el pico de 2022 muestra que el shock fue transitorio, pero sus consecuencias estructurales (inflación acumulada, tipos altos) persisten.
El relato de que «sin Zelensky todo sería más barato» es tentador, pero choca con la evidencia de una inflación preexistente y una crisis energética que la UE venía incubando. La guerra fue el detonante, no la causa. Y aunque el presidente ucraniano haya sido un obstáculo para una paz rápida, difícilmente se le puede achicar la responsabilidad exclusiva de la tormenta perfecta que ya se avecinaba. Lo que queda es la certeza de que, con o sin conflicto, el bolsillo del ciudadano medio iba a encogerse. La guerra, simple y llanamente, adelantó el calendario y agravó los síntomas.