La muerte de Alfonsito: el disparo que marcó a Juan Carlos I
El 29 de marzo de 1956, el Infante Alfonso de Borbón, hermano menor de Juan Carlos I, moría de un disparo en la frente en la residencia familiar de Estoril. Tenía 14 años. El autor del disparo, según todas las versiones, fue su hermano mayor, entonces un cadete de 18 años. Casi setenta años después, el caso sigue sin una explicación que convenza a todo el mundo.
La versión más repetida —y la que sostuvo el propio Juan Carlos durante décadas— es la del accidente. El joven príncipe manipulaba una pistola semiautomática del calibre .22 en su habitación cuando el arma se disparó. La bala impactó en el entrecejo de Alfonso. Murió en el acto o, según otras versiones, en brazos de su padre, Don Juan de Borbón, que subió al oír el disparo.
Lo que nadie ha conseguido explicar del todo es la reacción del padre. Al encontrar a su hijo menor muerto y al mayor con el arma aún en la mano, Don Juan no llamó a un médico ni abrazó a Juan Carlos. Le hizo jurar que no lo había hecho a propósito. Esa frase, repetida por el periodista Jesús Palacios y por el jurista Antonio García-Trevijano, es la que ha alimentado durante décadas las teorías más incómodas.
¿Por qué Don Juan hizo jurar a su hijo que no lo había matado a propósito?
La pregunta no es baladí.
Un padre que cree que su hijo ha matado accidentalmente a su hermano no le exige un juramento; le consuela. La exigencia de Don Juan implica, como mínimo, que existía una duda razonable sobre la intencionalidad. Y esa duda, nunca aclarada, es el corazón del asunto.
Hay quien sostiene que Don Juan conocía el carácter de su hijo mayor y sabía de su afición a las armas. Otros apuntan a una razón más prosaica: el contexto dinástico. Don Juan era el jefe de la Casa Real en el exilio, pero Franco había designado a Juan Carlos como su sucesor a título de rey en 1969, trece años después del incidente. En 1956, la sucesión estaba abierta.
El tío de los hermanos, Jaime de Borbón, sordomudo desde los cuatro años por una otitis mal curada, había renunciado a sus derechos dinásticos en 1933 presionado por su padre, Alfonso XIII.
La sordera lo eliminaba de la línea sucesoria en una época en que la imagen del rey lo era todo. Pero Jaime mantenía ciertas aspiraciones y, según algunas versiones, vio en la muerte de Alfonso una oportunidad para reabrir el debate sucesorio.
Las versiones contradictorias que nunca se han aclarado
El caso acumula relatos que no encajan entre sí. La versión oficial del entorno de Juan Carlos sostiene que el arma se disparó accidentalmente y que la bala rebotó en una pared antes de alcanzar a Alfonso. Otra versión asegura que Alfonso entró en la habitación con comida y que, al abrir la puerta, golpeó a su hermano, lo que provocó el disparo. Una tercera afirma que Juan Carlos disparó creyendo que el arma estaba descargada.
La periodista Pilar Eyre, en su libro
Franco confidencial, aporta un detalle que complica aún más el relato:
las balas las habría comprado el propio Alfonso, de casi quince años, en una armería de Lisboa. La caja llevaba la advertencia de mantenerlas fuera del alcance de los niños. Ninguno de los dos hermanos era un niño, pero el dato desmonta la idea de un arma cargada por descuido.
Sobre el origen de la pistola también hay discrepancias. Unos sostienen que se la regaló Franco. Otros, que el conde de los Andes. Otros, que salió de la Academia Militar de Zaragoza, donde Juan Carlos estudiaba.
Lo que sí parece claro es que era una pistola semiautomática del calibre .22, no un revólver. Ese detalle importa: en una semiautomática, si el cargador está puesto y hay un cartucho en la recámara, el arma dispara al apretar el gatillo aunque no se haya montado manualmente.
El impacto emocional y la versión de la caza
Durante años circuló una versión alternativa: que Alfonso había muerto en un accidente de caza. Es la historia que muchos españoles escucharon en su infancia. La realidad es que el infante murió en una habitación, de un disparo a bocajarro, y que la confusión sobre las circunstancias ha sido la norma, no la excepción.
Juan Carlos quedó profundamente afectado, según quienes lo trataron entonces. Durante tres días se especuló con la posibilidad de que fuera procesado por homicidio accidental.
Su tío Jaime habría alentado esa vía para restablecer la línea dinástica que él consideraba legítima. Al ser menor de edad, Juan Carlos se libró del procesamiento. Franco no le dio mayor importancia. Una semana después, el joven príncipe estaba de nuevo en España.
Hay quien señala un detalle que, visto en perspectiva, resulta llamativo:
Juan Carlos mantuvo toda su vida una afición intensa por la caza y las armas. Para algunas corrientes de análisis, esa persistencia resulta difícil de encajar con un trauma genuino. Para otras, es precisamente lo contrario: una forma de normalizar lo que nunca pudo procesar.
Lo que el paso del tiempo no ha resuelto
El caso sigue abierto en el terreno historiográfico.
Juan Carlos I abdicó en 2014 y abandonó España en 2020 en medio de investigaciones sobre su fortuna. Su figura pública ha pasado de la veneración al escarnio, y eso ha reabierto el interés por episodios como la muerte de su hermano.
La pregunta que Don Juan dejó flotando en el aire de Estoril sigue sin respuesta. ¿Qué sabía el padre que el resto no sabíamos? ¿Por qué exigió un juramento en lugar de un abrazo?
La hipótesis más repetida es que Don Juan simplemente reaccionó como jefe de una casa real en crisis, protegiendo la institución por encima de todo. Es posible. También es posible que supiera algo que nunca contó.
Con Juan Carlos aún vivo, las versiones seguirán siendo incompletas. Cuando muera y se abran los archivos, quizá se aclare algo. O quizá no.
La historia de España tiene una larga tradición de dejar sus episodios más oscuros sin cerrar del todo.