Franco no inventó la represión: la firmó en 1954
En 1933, con gobierno republicano, España aprobó la
Ley de Vagos y Maleantes. Su redactor principal fue el socialista Luis Jiménez de Asúa. El texto castigaba a mendigos, rufianes y proxenetas, pero no mencionaba la homosexualidad. Veintiún años después, el 15 de julio de 1954, el régimen franquista reformó esa misma ley para incluir expresamente a los homosexuales entre los sujetos peligrosos. La pregunta que abre el asunto no es menor: si la homosexualidad era legal desde el Código Penal de 1822, ¿por qué se penalizó más de un siglo después?
Qué decía exactamente la reforma de 1954
El artículo segundo, número segundo, quedó redactado así: «Los homosexuales, rufianes y proxenetas». El artículo sexto añadía a los mismos sujetos al régimen de medidas de seguridad. No era una condena penal al acto sexual privado, sino una declaración de peligrosidad social que habilitaba internamiento en establecimientos de reeducación. La ley no tipificaba el acto: clasificaba a la persona.
Ese matiz importa. La reforma no creó un delito nuevo, sino que insertó un colectivo en el catálogo de «peligrosos» que la República había diseñado para otros fines. El resultado práctico fue el mismo: detención, expediente y encierro sin garantías ordinarias.
Por qué la República no lo incluyó y Franco sí
La ley de 1933 no mencionaba la homosexualidad porque el término ni siquiera operaba como categoría jurídica en el Código Penal de 1822, vigente en parte hasta 1928 y sustituido luego. La estigmatización social existía, pero la respuesta legal era otra: se perseguía el escándalo público, no la orientación.
Con Franco, el cálculo cambió. La Iglesia católica, pilar del régimen tras la guerra, empujó la moralización de las costumbres. El Estado necesitaba chivos expiatorios visibles y la homosexualidad encajaba en el relato de degeneración que el franquismo atribuía a la República. Hay quien sostiene que fue una imposición eclesiástica pura; otros apuntan a que el régimen ya tenía su propia pulsión disciplinaria. Las dos cosas no se excluyen.
No fue un fenómeno solo español
La cronología europea desmonta la idea de excepcionalidad española. Inglaterra despenalizó la homosexualidad en 1967, Alemania en 1969, Austria en 1971, Escocia en 1981, Portugal en 1983 e Irlanda en 1993. Argentina la había abolido en 1903 y la Rusia soviética en 1922. La España de Franco no iba contracorriente: iba en el pelotón de los países que mantuvieron la penalización hasta bien entrada la segunda mitad del siglo.
El caso de Alan Turing, condenado en la democrática Inglaterra y sometido a castración química, se cita como prueba de que la homofobia legal no fue patrimonio de dictaduras. La diferencia estuvo en el grado y en la duración.
Qué se discutía en la calle y qué se perseguía de verdad
Una parte del análisis sostiene que lo prohibido no era el acto privado, imposible de vigilar, sino la ostentación pública: la pluma, el travestismo, la visibilidad. La ley de vagos y maleantes servía para retirar de la circulación a quien resultara incómodo, no para auditar dormitorios.
Otros recuerdan que la aplicación fue desigual. Hay testimonios de homosexuales que se libraron del servicio militar en los años ochenta por su condición, y otros de detenciones y palizas en cuarteles. La norma no garantizaba nada.
El dato que descoloca: la ley que metió a los homosexuales en el catálogo de peligrosos sociales no fue una creación franquista desde cero, sino una reforma de una norma republicana redactada por un socialista. Franco no inventó el instrumento. Lo giró hacia un blanco que su antecesor no había señalado.