La guerra no pregunta por tu nómina: la lección ucraniana
Según un participante del debate, cualquier conflicto abierto con Rusia terminaría tocando a quien hoy se cree a salvo. En Ucrania también se pensaba que la guerra era cosa de otros, y, según ese relato, el reclutamiento aplicado allí no ha distinguido por patrimonio ni por código postal. El país acumula, siempre según ese relato, más casas de campo que España, y ni eso ha librado a nadie de la movilización.
La mecánica se repite y el detalle está en el relato que circula estos días: furgonetas que salen a buscar reclutas, fuerza si hay resistencia, retención incomunicada de entre 10 y 20 días en un cuartelillo y, después, el frente. De fondo, una pregunta que recorre medio continente: ¿y si mañana pasa aquí?
Cómo funciona el reclutamiento forzoso que aplica Ucrania
El caso ucraniano funciona como espejo en ese relato. Se describe un sistema en el que la captación forzosa alcanzaría a hombres con piso propio y empleo estable, y la retención se alargaría entre 10 y 20 días antes de cualquier instrucción militar. Tras esa fase, el destino sería la línea de contacto.
Ese modelo genera dudas sobre su propia eficacia. Una guerra la gana el ejército con soldados motivados, ya sea por engaño o por fidelidad, sostiene un participante; secuestrar a quien no quiere combatir lograría una limpieza de población, añade, pero no ganar la guerra.
¿Por qué muchos creen que la próxima guerra no iría con ellos?
Aquí aparece el núcleo de la discusión. Un participante sostiene que la clase media española se cree a salvo de un conflicto, que sería cosa de militares profesionales o de países vecinos, no suya. Rusia no ha atacado España, se repite, así que el problema no sería propio, y otro participante advierte de que sería un problema para quien desde España plantee enviar tropas no profesionales ni voluntarias a defender Polonia o el Báltico.
En contra juega la lección ucraniana: los conflictos rara vez respetan el mapa previsto. Otro participante defiende que a Rusia no le harían falta más tropas que los ejércitos profesionales de la OTAN, e incluso duda de que lanzando todas sus armas nucleares pudiera dañar seriamente a esa fuerza militar. El optimismo y el miedo, sin embargo, no comparten datos, solo convencimiento.
Los misiles Zirkon y el mapa de los ataques sobre Dnipropetrovsk
El pulso se mide también sobre el terreno. El recuento que circula atribuye a Rusia un ataque coordinado contra áreas industriales del óblast de Dnipropetrovsk: tres Zirkon y cinco Banderol en Kremenchuk; dos Zirkon y dos K-23 en Pavlograd; dos Zirkon y un K-23 en Dnipro; y dos Zirkon, un K-23 y cinco Kalibr en Kryvyi Rih.
La lista de ciudades y de sistemas de armas da una idea de la intensidad, aunque no la fecha exacta ni el balance de daños. Sirve, eso sí, para lo que importa al debate: el coste no lo fijan los despachos, lo fijan los misiles.
Si el patrón ucraniano se repite, la próxima leva europea tampoco preguntará por la nómina. Ocurriría, con toda probabilidad, solo si el conflicto llega a extenderse más allá de donde hoy empieza. Nadie, a estas alturas, firma un billete de ida con la seguridad de quien se cree a salvo.