Una anciana, una bandera soviética y un icono de propaganda
El símbolo más eficaz de esta guerra no lo diseñó ninguna agencia. Lo puso en pie, sin querer, una mujer mayor del Donbás que salió al encuentro de unos hombres en uniforme militar con una bandera de la Unión Soviética, convencida de que eran soldados rusos. Eran ucranianos. Le entregaron una bolsa de víveres, le arrebataron la bandera, la tiraron al suelo y la pisotearon. Ella les devolvió la comida y dejó la frase que acabó pesando más que cualquier comunicado: «Esta es la bandera por la que lucharon mis padres y tú la pisoteas con los pies».
Según varios participantes en el hilo, el vídeo lo grabaron los propios militares. Circuló subtitulado en español y en inglés, y lo que parecía una anécdota de trinchera se convirtió, a juicio de los participantes, en una pieza clave del relato ruso. La
babushka entró en esa categoría de símbolos que nadie diseña: aparecen.
¿Qué pasó después del vídeo de la abuela del Donbás?
La respuesta corta es «una campaña iconográfica». Aparecieron grafitis en Ekaterimburgo donde una anciana sostiene la bandera soviética y su sombra reproduce el contorno del monumento
«Llamadas de la Patria». Hubo murales en Moscú, un cartel en una parada de autobús de Lugansk y un parche de tela con su figura en el uniforme de un combatiente en
Mariupol, difundido con fotografía de RIA Novosti. En un taller de Voronezh se modeló la primera escultura. A la lista se sumaron camisetas y carteles, el paso natural del homenaje al catálogo.
El salto del vídeo al muro es lo que transforma un incidente en símbolo. Y el símbolo, una vez suelto, deja de obedecer a quien lo lanzó: cada imagen añade un significado que el original no tenía. La abuela pasó de ser testigo a ser bandera ella misma.
Un vídeo que graba el bando que sale mal parado
El detalle técnico más repetido es que quien graba también se retrata. Según se afirma en el debate, la escena no la captó un testigo neutral: la sostiene la cámara del propio grupo armado. Para quien la ve sin contexto, lo que queda es la fragilidad de una mujer frente a hombres uniformados y una bandera en el barro. Esa lectura atraviesa fronteras y simpatías, y explica por qué el material funcionó tan bien fuera del circuito donde nació.
El cálculo propagandístico se les giró. Cuando el objetivo era mostrar firmeza, el resultado fue una lección de dignidad ajena. Pocas veces una herramienta de comunicación se vuelve contra su dueño con tanta limpieza.
La bandera que la anciana defendía también tiene su contabilidad
Aquí se rompe cualquier acuerdo. Una parte del análisis sostiene que el gesto vale por sí solo, al margen de la enseña: lo que se aplaude es la dignidad de una mujer que rechaza comida antes que aceptar una humillación. Otra corriente recuerda que ese emblema no es inocente. En el intercambio se esgrime que
20 millones de civiles murieron bajo el régimen soviético entre 1922 y 1989, frente a los
14.000 civiles fallecidos en el Donbás desde 2014.
Las dos cifras no son comparables ni por método ni por periodo, y precisamente por eso funcionan: cada bando las usa para descalificar el símbolo del contrario. Hay también quien defiende que la bandera merece respeto por los
27 millones de rusos caídos en la Segunda Guerra Mundial, y quien avisa de que confundir comunismo con folclore nacional es el mejor favor que se le puede hacer a la propaganda rival.
¿Basta con ser anciana para ser heroína?
No, no basta, y el intercambio lo deja claro. Una corriente avisa de que la edad no canoniza a nadie y que una biografía larga puede acumular tanto dignidad como lo contrario. La respuesta mayoritaria es más simple: lo que se juzga aquí no es una vida entera, sino un minuto concreto en el que una mujer sin nada que perder se niega a aceptar el trato que le ofrecen.
Y ahí el episodio conecta con una discusión más doméstica. Aparece la tentación de usarlo como espejo de la política propia: la dignidad de una desconocida frente a la gestión de los dirigentes de turno. Es el viejo resorte de comparar a una persona real con una institución entera, y casi nunca sale bien parada la institución.
El giro: la abuela y un relato que se pelea
El asunto llega con un añadido que los participantes dan por hecho: según los mensajes del hilo, la anciana ya ha sido localizada y ha hablado. Ahí empieza el desorden. Una versión sostiene que la mujer no comulga con el bando ruso y que su historia se ha usado contra ella; otra afirma que lo que dice ahora se lo dictan las autoridades que la retuvieron. Ninguna de las dos se apoya en pruebas verificables dentro del material disponible.
A la galería se ha sumado una segunda figura, un niño que aparece admirando a los soldados, presentado como contrapunto de futuro. El montaje es deliberado: pasado digno y niñez ilusionada en el mismo paquete. La operación de imagen ya no necesita a la anciana para funcionar, y eso la deja en una posición incómoda.
¿Por qué apenas aparecen resultados de esta anciana en las búsquedas?
Hay quien sostiene que los buscadores devuelven pocos enlaces sobre el episodio y muchos, en cambio, sobre ancianas ucranianas criticando a la cúpula rusa. Es una acusación que circula sin datos que la respalden y que conviene leer como lo que es: una sospecha, no un hallazgo.
Y aquí llega el punto incómodo para quien hizo del vídeo su escudo. Si el símbolo ya no se controla, tampoco se controla su reverso.
El icono que se levantó para una trinchera puede acabar señalando a quien lo levantó. Con el material disponible, es previsible que las dos versiones sigan conviviendo sin árbitro: la que ve dignidad y la que ve uso. Faltan documentos, no faltan opiniones.