De Aníbal a los almohades: la hipótesis bereber del pueblo vasco
Dos pueblos que nunca se vieron, una misma manera de contar. Las listas circulan desde hace años:
bat, bi, hiru, lau junto a
yiwet, sin, kraḍ, kuẓ. De ese parecido fonético nace la hipótesis más incómoda sobre el
origen de los vascos: que no serían un pueblo milenario del Pirineo, sino los descendientes de las tropas que desertaron de Aníbal antes de cruzar la cordillera. La tesis lleva décadas alimentando discusiones de sobremesa y algún que otro incendio identitario. Y de momento no ha encontrado el respaldo que necesita.
El ejército que se deshizo en el Pirineo
La reconstrucción parte de una cifra concreta. Aníbal cruzó los Alpes con
60.000 hombres y la caballería después de haber partido de Cartago con
90.000. La diferencia, sostiene esta lectura de las crónicas de Tito Livio, Polibio y Estrabón, se explica por la deserción masiva que se produjo cuando las tropas supieron que marchaban contra Roma: al menos
20.000 hombres habrían abandonado antes de pasar los Pirineos, en el
219 aC.
Cuarenta años más tarde, los romanos se topan en la zona con una tribu que describen como
guerreros salvajes de razas varias, de lengua y costumbres distintas a los celtas del entorno. Para el relato que defiende esta hipótesis, el encaje es perfecto: los fugitivos se habrían instalado en las cumbres navarras y de ahí el nombre que les dieron los celtas,
barscunes, los de lo alto. La coincidencia entre el itinerario de Aníbal y la localización posterior de los vascones es, para sus defensores, demasiado precisa para ser casualidad.
¿Por qué la genética complica el relato norteafricano?
El primer escollo aparece en el ADN. Según un forero, el haplogrupo dominante en la cornisa cantábrica no coincide con el del norte de África: el R1b, mayoritario en el País Vasco, sería prácticamente ausente en el Magreb. Lo resume un argumento repetido con sorna:
si los vascos carecen de genética africana, la teoría se queda sin cimiento. Frente a eso, los defensores de la hipótesis bajan el listón y hablan del factor Rh, de la endogamia y del aislamiento como motores de una fisonomía propia.
Y aparece la contrapropuesta del Cáucaso. Hay quien ve más parecido entre vascos y georgianos que entre vascos y magrebíes, tanto en rasgos físicos como en la estructura del idioma. Georgia entra así en una pelea que, en el fondo, es la de siempre: buscar un origen remoto que justifique un relato presente.
Las palabras que se parecen y las que se rompen
El argumento lingüístico es el más socorrido y el más frágil. Existen coincidencias llamativas en toponimia —Amaya, Areitio, nombres que se atribuyen al amazigh— y una ristra de palabras en las que se quiere ver la raíz común:
borroka junto a
abarraka,
aker junto a
akir. También se citan los paralelos entre las lenguas bereberes y los nombres guanches de Canarias, como Gomera, Adeje o Tacoronte.
Los escépticos responden que dos milenios de deriva convierten cualquier parecido en anécdota. Encontrar coincidencias sueltas entre el euskera y el amazigh no demuestra parentesco: del mismo modo, hallarlas con el georgiano tampoco lo demuestra.
Huesca, 1349: multa por vender en euskera
Uno de los datos que más circula en este terreno es la ordenanza del Concejo de Huesca de
1349, que prohibía a los corredores públicos hacer mercaderías «en algaravía ni en abraych nin en basquenç», con multa de
30 sueldos para quien lo hiciera. La prohibición se repitió en ordenanzas posteriores hasta el siglo XVII.
Para unos, esto demuestra que el euskera llegó a hablarse en el Alto Aragón y refuerza la tesis del origen oscense, ligado a la raíz de
Huesca y de los auscos aquitanos. Para otros, solo constata que una minoría lingüística se colaba en los mercados de una ciudad tetralingüe, con el latín del clero y las comunidades hebrea y árabe de fondo.
Vascones no serían lo mismo que vascos
Hay una tercera vía que esquiva la pelea por la puerta de atrás: separar a los vascones antiguos de los vascos actuales. La génesis del pueblo vasco tal y como se entiende hoy arrancaría con la caída del Imperio Romano, con las revueltas bagaudas como telón de fondo, y no con un contingente cartaginés perdido por el monte.
Los vascones ocupaban el Pirineo y zonas de Navarra, pero emparentarlos con un solar fijo también chirría: hay rastro de su presencia incluso en la actual Cataluña. La discusión sobre el
saltus vasconum y el
ager vasconum añade otra capa: la expansión demográfica desde la montaña al valle se fecha en el
184 aC, cuando los suesetanos desaparecen de las fuentes.
Del inmenso cruce que fue la península quedan topónimos, ruinas y una montaña de hipótesis que nadie ha logrado cerrar. La pregunta que sigue en pie no es de dónde vinieron los vascos, sino por qué una tesis sin respaldo genético continúa encendiendo ánimos veintiún siglos después.