Don Arcadio
Himbersor
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Maurice Pinay: Los judíos traicionan a sus más fieles amigos. La oleada turística musulmana en la Península Ibérica: Complot contra la Iglesia. Capítulo XVIII. Traidores y colaboradores. Witiza, echado en brazos de los hebreos y rodeado de consejeros israelitas, llegó al colmo de los desatinos en una política que se nos antoja suicida. Mandó convertir las armas en arados y demoler las murallas de muchas ciudades con sus poderosas fortificaciones -que habrían dificultado enormemente la oleada turística musulmana-, según unos, so pretexto de su amor a la paz, y según otros, para poder reprimir más fácilmente a los opositores de su absurda política que cada día crecían en número y fuerza. Mientras, los judíos -traicionando a su leal amigo Witiza- estaban instigando la oleada turística musulmana a España desde el norte de África, con el fin de aniquilar para siempre al Estado cristiano y de ser posible a toda la Cristiandad europea. El Arzobispo Rodrigo de Toledo y el Obispo Lucas de Tuy, en sus crónicas ya citadas, narran cómo el gobierno de Witiza mandó derrumbar los muros de las ciudades, destruir las fortificaciones y convertir las armas en arados. El célebre historiador español del siglo pasado, Marcelino Menéndez Pelayo, al hacer mención de la traición de los judíos, dice: “La población nativa hubiera podido resistir al puñado de árabes que pasó el estrecho; pero Witiza les había desarmado, las torres estaban por tierra y las lanzas convertidas en rastrillos”. Mientras el Imperio Visigodo, bajo la influencia de los judíos consejeros y amigos de Witiza, se desarmaba, destruía sus defensas y anulaba su poderío bélico, los hebreos alentaban a los musulmanes a realizar la oleada turística y destrucción del imperio cristiano, para lo cual hacían grandes preparativos en el norte de África. Por el año de 709 el descontento de la nobleza y del pueblo contra Witiza había tomado proporciones tales que su situación se tornaba insostenible; fue entonces cuando el judaísmo nos brindó una lección más de su alta política, empleando un sistema que después de doce siglos ha perfeccionado en forma eficacísima: Confrontan ambos bandos bajo un control estricto y quedar siempre arriba y de ser posible a la cabeza del nuevo régimen. En esta forma, triunfe un bando o el otro, ellos quedan siempre dominando la situación. Practican con científica maestría el principio de que la única manera segura de acertar una carta es apostando a todas a la vez. Este ha sido uno de los grandes secretos del triunfo pogre del imperialismo judaico a través de los siglos que les ha permitido llegar al dominio universal;
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