La inteligencia artificial no entiende, pero ya sustituye empleos
Un interlocutor respondía en cursiva, con viñetas impecables y párrafos de manual. Varios contertulios le replicaron como si fuera una persona. Era
ChatGPT. El episodio resume el pulso: si la
inteligencia artificial es una revolución tecnológica en curso o un
pufo. Una parte de la conversación sostiene incluso que solo alimenta el ocio de los más jóvenes.
Lo cierto es que, dos años después de que un modelo conversacional diera el salto al gran público, la discusión ya no va de si la máquina escribirá bien, sino de si quedará trabajo humano que valga algo. Y hay argumentos en las dos direcciones.
¿Por qué hay quien dice que la IA es solo un juntapalabras?
El argumento más duro no discute los resultados: discute la palabra inteligencia.
La IA no tiene nada de I, resume una de las posturas. Lo que se ofrece hoy sería un
juntapalabras potenciado con estadísticas, sin comprensión profunda ni superficial, solo coocurrencia lingüística sobre corpus masivos.
Con esa premisa, los ejemplos se multiplican. Un sistema no capta la ironía de que alguien llegue tarde del trabajo «y no temporal precisamente»; tampoco el chiste de si se frena antes en el espacio o en el tiempo. Etiquetar una imagen no es comprender la historia que hay detrás. Un contertulio recuerda que Hubert L. Dreyfus ya sostuvo en los noventa argumentos como estos, que a su juicio siguen siendo válidos.
De ahí el diagnóstico de algunos: no es que falte comprensión «profunda», es que no hay ninguna. El modelo ordena probabilidades. Acierta a menudo, que no es lo mismo que saber.
Dónde la IA ya sustituye tecnología y empleo
Frente al escepticismo conceptual, hay un catálogo de usos que ya no son demostración. Tratamiento de vídeo (reescalado y generación de fotogramas), ciberseguridad y análisis de macrodatos. Hay contertulios que sostienen que empresas de cierto tamaño han incorporado estas herramientas para su productividad, y que quien no las domine tendrá menos sitio.
El ejemplo más citado no es literario sino científico: una IA ha descubierto
cómo se pliegan las proteínas, un problema atascado durante décadas. En el terreno militar, hay quien afirma que Rusia ya usa drones con apoyo de estos sistemas para observar objetivos en tiempo real. Y en la trinchera de oficina, un manual técnico de mil páginas en inglés deja de ser un muro: se interroga en lenguaje natural y responde.
Ahí está el detalle incómodo. La herramienta puede ser un loro gigante y, aun así, ser un loro que ahorra horas. El desglose completo de ese ahorro, partida a partida, es lo que convierte la discusión en algo con consecuencias reales.
¿Va a desaparecer el 60% de los puestos de trabajo?
Hay quien pone cifra a la amenaza: el fin, ya mismo, del
60% de los trabajadores. La proyección no se sostiene con datos, solo con analogías.
El contraargumento clásico es histórico. El boom de la informática iba a arrasar el empleo y no lo hizo; quien escribe esto empezó con un
Amstrad 128. La pregunta trampa que acompaña es sencilla: si la tecnología destruye empleo, por qué hay más paro en Mauritania que en Japón.
Otras voces rebajan el dramatismo: son herramientas que aumentan la productividad, pero necesitan expertos humanos que validen el resultado. Con un matiz que no tranquiliza a nadie: cuando su uso se generalice, el precio de ese informe tenderá a cero.
Lo que una IA no puede oler ni recordar
Aquí el argumento deja la técnica y entra en la biografía. Alguien de
55 años cuenta que un olor, un sonido o una imagen lo devuelven a su pupitre de parvulitos. El olor de las ceras
DACS, los diccionarios Iter Sopena con banderitas y láminas de anatomía, los críos buscando palabras prohibidas para reírse.
Ninguna máquina sabe a qué huele eso. Le faltan recuerdos propios, recuerdos compartidos y la emoción aplicada a ambos. La percepción —viene a decir otra intervención— no es acumular datos, sino ver relaciones invisibles para el ojo interno. Eso, si existe, es previo a los datos.
Se puede discutir si hace falta todo eso para llamarlo inteligencia. Lo que no se discute es que hay quien sostiene que morirá sin ver un sistema con la curiosidad, la emotividad y la capacidad de aprendizaje de un niño de diez años.
La burbuja, la energía y el dinero impreso
El último frente es financiero. El consumo energético de estos sistemas es elevado y la factura, incómoda. Se compara el momento con otras promesas recientes —el metaverso, que duró menos que una moda— y con tecnologías que iban a curarlo todo, como el descifrado del código genético o el coche eléctrico.
La lectura más agria sostiene que todo esto son nichos de mercado para mover dinero recién impreso y que no se caiga el
chiringuito. La lectura pragmática responde que una burbuja y una tecnología útil no son excluyentes: se puede inflar el precio de las acciones y, al mismo tiempo, cambiar la forma de trabajar.
Entre medias queda un detalle que descoloca. Ya en
1994 se podía consultar una base de datos hecha en
Prolog con lenguaje natural. Treinta años después, la pregunta sigue siendo la misma: si ordena palabras con estadística, ¿es inteligencia o es fontanería?