La economía rusa que resiste a las sanciones que iban a tumbarla
Las sanciones iban a asfixiar a Rusia en cuestión de meses. Llevamos dos años largos de guerra y el escenario prometido no ha llegado. La resistencia económica rusa, esa que a Occidente le resulta
inexplicable, ha roto todas las previsiones, y el desconcierto no es solo de balances: es de relato. Quien anunció el colapso en el verano de 2022 tiene hoy delante un frente que no se ha movido donde se prometió.
No es magia. Rusia vende lo que el mundo sigue necesitando —petróleo, gas, grano, minerales— y lo coloca, directa o indirectamente, a quien no piensa renunciar a comprarlo. Ese es el punto de partida que buena parte del análisis occidental ignora cuando habla de milagro.
¿Por qué resiste la economía rusa a las sanciones?
El primer factor es estructural: un país que exporta materias primas y alimentos tiene demanda garantizada aunque cambie de socios. India y China siguen necesitando ingentes cantidades de energía y minerales, y las sanciones no han cerrado esa puerta, solo la han hecho más cara y más larga.
Rusia exporta e importa a través de países intermediarios, con sobrecostes, pero exporta.
El segundo es la reconversión. Rusia lleva años preparando este escenario y ha volcado su industria hacia la producción militar. Fabricar armas y munición a destajo hincha el PIB, sobre todo en términos de paridad de poder adquisitivo. Ahí está el núcleo del espejismo: una economía de guerra produce cifras altas y calidad de vida baja.
Y el tercero es el control. El Estado ha intervenido el rublo, ha levantado un cepo cambiario de facto y ha inflado los salarios en los sectores ligados a la guerra. Con el desempleo en mínimos y los salarios reales al alza, la foto macro sale brillante. La letra pequeña la paga el resto de la sociedad civil.
El PIB que sube mientras se quema medio país
Aquí está la trampa que más se repite. El PIB mide gasto, no riqueza real. Si un país entero se pone a construir pirámides de piedra, el PIB sube y la gente sigue comiendo lo mismo. Con la guerra pasa igual: destruir refinerías, tanques y barcos puede sumar a la contabilidad y, a la vez, empobrecer al país que los pierde.
Una intervención del debate que cita la prensa rusa sostiene que
Rusia es ya un país importador de gasolina y que las ventas de antidepresivos baten marcas. El detalle importa: un exportador de crudo que compra carburante fuera tiene un problema de refino, no de yacimientos.
Sobre el terreno, los analistas de
Allianz sitúan la inflación rusa en torno al
6,5% de media este año, tras el 7,4% interanual de diciembre y enero, y anticipan que el Banco Central de Rusia mantenga una política monetaria restrictiva. Con salarios reales que crecieron casi un
8% en 2023, el cóctel es previsible: tipos altos y una economía que corre sobre una deuda pública del 17% del PIB, la envidia de media Europa.
Los precios que sí cuadran con la cesta rusa
Si algo descoloca es comparar la cesta básica. En el ranking de precios de 2024, Rusia aparece con los valores más bajos en varios productos, muy por debajo de España y de buena parte de Occidente:
- Aceite de cocina: 1,4 dólares en Rusia frente a 3,36 en España y 7,14 en Hong Kong
- Harina: 0,55 dólares en Rusia, 1,71 en España y 3,62 en Estados Unidos
- Pollo: 1,9 dólares por kilo en Rusia, 4,77 en España y 11,80 en Alemania
- Tomates: 2,23 dólares en Rusia, 3,78 en España y 6,24 en Estados Unidos
La contención de la cesta rusa explica por qué una parte de la población no percibe la guerra como un desastre económico inmediato. La otra lectura es la contraria: si el Estado fabrica y compra, el PIB sube aunque el país se queme por dentro.
El perjudicado que nadie quería nombrar
Hay una corriente que sostiene que el verdadero daño colateral no es ruso.
Europa es la que está pagando la factura: energía más cara, industria que se apaga y una Alemania que ya no es el rival temible que fue. La tesis que circula es que Washington buscaba precisamente eso, romper la entente industrial entre Europa y Rusia antes de que se volviera imparable. No hay prueba de tal plan; sí hay resultado.
El otro flanco es España. Cae menos, rebota antes y presenta datos que no encajan con los de Francia o Alemania. Se argumenta que la clave está en haber hundido el PIB durante la pandemia para luego vender el rebote como crecimiento, y que quien menos cae, antes toca techo.
Qué mide de verdad el PIB de un país en guerra
La discusión de fondo es metodológica. El PIB dejó de ser un buen termómetro de riqueza real en economías con déficit público permanente y Estado hipertrofiado, porque contabiliza el gasto como si fuera creación de valor. Un país que gasta más en armas puede mostrar crecimiento mientras sus ciudadanos pierden poder de compra.
De ahí la conclusión incómoda: las cifras rusas pueden ser discutibles, pero el hecho de que las sanciones no hayan tumbado la economía es verificable a pie de calle. Y eso, en términos de relato, pesa más que cualquier informe.
El rublo sigue sin ser refugio, el yuan no desplaza al dólar y Rusia depende cada vez más de China. Pero dos años después, la pregunta que muchos se hacen ya no es cuándo cae Rusia, sino cuánto aguanta Europa antes.