Del Fortuna de 30 pesetas al paquete de 6 euros: la inflación que nadie quiere mirar
Un paquete de Fortuna costaba 30 pesetas en 1980. Hoy, ese mismo paquete ronda los 6 euros. La cuenta la lanzó un participante nada más abrir el asunto: si 6 euros equivalen a 1.000 pesetas, el precio del tabaco se ha multiplicado por 33 en 43 años. La pregunta que siguió —¿se han multiplicado por 33 los sueldos?— es la que ha mantenido viva la discusión durante más de tres años y 116 respuestas.
La respuesta corta es no. La respuesta larga es que el tabaco es, probablemente, el peor termómetro posible para medir la inflación. Y eso lo saben hasta los que lo usan para medirla.
El tabaco como termómetro: por qué el ejemplo se rompe
El primer problema es fiscal. En España, alrededor del 80% del precio del tabaco son impuestos, según el cálculo que manejan los propios participantes. Eso significa que el precio final no responde a costes de producción, logística o competencia, sino a decisiones políticas. Cuando el Estado sube la fiscalidad del tabaco, el precio sube. Cuando endurece la persecución al fumador, el precio sube. Cuando ambas cosas se combinan durante cuatro décadas, el resultado es un producto cuyo precio refleja más la política sanitaria que la economía real.
El segundo problema es que el tabaco tiene un mercado paralelo. Un participante lo ilustra con datos propios: un saco de un kilo de tabaco de liar le costaba 25 euros en el mercado estatal hasta el año pasado, y hoy le cuesta 30. En el mercado oficial, ese mismo kilo saldría por unos 370 euros. La diferencia no es inflación: es fiscalidad y prohibición.
El tercer problema es la comparación internacional. Otro participante compra cartones en Alemania: 25 cigarrillos por paquete, más baratos que los 20 cigarrillos que compra en el estanco español. Misma marca, mismo producto, distinto precio. La explicación no está en la economía, está en el BOE.
¿Cuánto se ganaba en 1980 y cuánto se gana ahora?
La comparación de sueldos es el corazón del asunto. Un participante apunta que en 1980 el sueldo medio rondaba las 15.000 pesetas al mes. Otro aporta un dato más preciso: en 1983, el salario medio anual era de unos 9.000 euros, es decir, 1.400.000 pesetas al año, o 116.000 pesetas al mes. Traducido: unos 700 euros mensuales.
Con esas cifras, la cuenta del tabaco cambia de signo. Si en 1983 se ganaban 116.000 pesetas al mes y un paquete costaba 30 pesetas, un trabajador medio podía comprar casi 3.900 paquetes con su salario mensual. Hoy, con un salario medio que ronda los 2.000 euros, se compran unos 333 paquetes. La proporción se ha desplomado, pero no solo por el tabaco: también porque el salario medio no ha crecido al ritmo de los precios.
Otro participante aporta el sueldo de un albañil en 1981: 35.000 pesetas al mes. Y un tercero recuerda que en los 90 ganaba 65.000 pesetas mensuales. La evolución salarial, en pesetas corrientes, parece espectacular. En términos reales, mucho menos.
La vivienda, la alimentación y la energía: lo que sí ha subido
El consenso más amplio del debate no está en el tabaco, sino en qué partidas se han encarecido de verdad. La vivienda encabeza la lista. Un participante lo resume: lo que ha subido es la vivienda, una barbaridad respecto al salario que se cobraba en los 80. Hoy es casi prohibitiva. La alimentación también: en los folletos de precios de la época, la mayoría de los alimentos no llegaban ni al euro, y eso contando marcas. La gasolina y el diésel completan el trío.
La paradoja es que lo que más ha subido es lo que más se gasta y lo que es necesario. Mientras tanto, la ropa, la informática y la electrónica se han abaratado. Un participante lo ilustra con su primer ordenador: 250.000 pesetas en 1990. Hoy, por 750 euros, hay portátiles que para aquella época eran ciencia ficción. Otro añade que a finales de los 90 un ordenador de 133 MHz costaba 120.000 pesetas y a los tres años no tiraba ni para atrás.
El problema de usar la tecnología como termómetro es que no es comparable. Un participante lo explica: el pan, el vino y el aceite siguen siendo los mismos que hace 30 años, pero una televisión puede regalarse con los paquetes de cereales porque los costes de producción electrónica se han desplomado. Los productos básicos ya arrastran costes mínimos. Hay poco margen de mejora.
El transporte público y el coche: dos ejemplos que sí cuadran
Hay datos que permiten comparaciones más limpias. La tarjeta de metro y bus de 10 viajes en Barcelona costaba 175 pesetas en 1982, es decir, 1,06 euros. Hoy cuesta 11,35 euros, o 1.888 pesetas. La multiplicación es de más de diez veces en cuatro décadas, muy por encima del IPC oficial pero muy por debajo del tabaco.
El automóvil ofrece otra serie. Un utilitario costaba 200.000 pesetas en 1975 y 650.000 pesetas en 1985. En solo diez años, el precio se multiplicó por más de tres. Un participante recuerda que un Seat León salía por 18.000 euros a principios de los 2000, y que hace cuatro años había una versión FR promocionada por 15.000. La pandemia rompió esa tendencia, pero el ejemplo sirve para mostrar que no todo sube siempre.
El debate de fondo: ¿inflación o impuestos?
La discusión deriva, inevitablemente, hacia la política. Una parte de los participantes sostiene que el encarecimiento del tabaco, la luz o el aceite no es inflación, sino impuestos. Otros responden que la inflación existe, que es una obviedad, y que 43 años es un periodo demasiado largo para sacar conclusiones alarmistas. La época de expansión monetaria de la última década no volverá a pasar, apunta uno.
El intercambio se calienta. Hay insultos, amenazas y algún participante que anuncia que se marcha. La discusión pierde el hilo económico y entra en el terreno personal. No es el mejor ejemplo de debate, pero sí el más honesto: la inflación es un asunto que toca el bolsillo y, cuando toca el bolsillo, la conversación se vuelve visceral.
La libertad como precio oculto
Hay una derivada que aporta un participante y que rara vez aparece en los análisis económicos: el precio del tabaco no solo ha subido en euros. También ha subido en libertad. Se podía consumir un producto legal y, progresivamente, se ha ido restringiendo dónde y cómo consumirlo. Desde ahí, sostiene, encerrar a la población en casa por cualquier razón era cuestión de tiempo y de tragaderas.
Es una tesis discutible, pero apunta a algo real: el tabaco no es solo un bien de consumo. Es un instrumento de política pública. Y como instrumento, su precio no lo fija el mercado. Lo fija el Estado.
La conclusión que deja el debate es incómoda. El tabaco se ha multiplicado por 33 en 43 años. Los sueldos, no. La vivienda, la alimentación y la energía también se han disparado. La tecnología y la ropa se han abaratado. Y en medio de todo, la pregunta inicial sigue sin respuesta: ¿cuánto tendría que ganar hoy un trabajador para comprar las mismas cosas que compraba en 1980? Nadie ha hecho la cuenta completa. Probablemente porque el resultado no le gustaría a nadie.