La marca blanca recorta 1.300 empleos en la industria alimentaria
¿Cuánto cuesta que el refresco de marca blanca cueste un tercio que el original? La factura la están pagando los trabajadores. La cuota de las enseñas de los supermercados ha escalado hasta casi el
50% del mercado y las cadenas han apretado a los fabricantes hasta obligarles a recortar costes. La última en mover ficha fue Coca-Cola Europacific Partners, que anunció un ERE para hasta
85 trabajadores de atención al cliente, la mayoría en Esplugues de Llobregat, y trasladará el servicio a Bulgaria, donde los costes laborales son mucho más bajos.
Una oleada de ajustes que arrancó en diciembre de 2022
El goteo empezó con Pepsico, que pactó con los sindicatos la salida de
545 trabajadores entre fábricas y oficinas centrales, el mayor ajuste del sector desde entonces. Un año después, Carrefour expulsó todas sus marcas en Francia, España, Italia y Bélgica tras denunciar una «subida inaceptable de los precios». El pulso entre fabricante y distribución no es retórica: es la mecánica que explica cada ERE posterior.
En enero, el juzgado mercantil número dos de Girona ordenó el cierre definitivo de Artigas Alimentària, cárnica histórica que entró en concurso de acreedores. Tras rechazar la oferta de la navarra Agotzaina, la empresa despedirá a sus
170 trabajadores. Días antes, Danone anunció el cierre de su planta de Parets del Vallès, con
157 salidas, y Bimbo comunicó el cierre de su factoría de El Verger (Alicante), de
90 empleados, justo cuando se quedaba fuera de los lineales de Dia por no alcanzar un acuerdo.
¿Por qué sube la marca blanca y bajan los precios al fabricante?
La respuesta corta: porque el diferencial de precio se ha convertido en el principal argumento comercial de las cadenas. Heineken confirmó en diciembre un ERE de
127 personas por «causas organizativas» dentro de un plan de eficiencias, y la cervecera presentó después un beneficio neto de
2.304 millones, un 14% menos que el año anterior pese a ingresar un 4,9% más, hasta 36.375 millones. El margen se defiende recortando plantilla, no precio.
Entre las alimentarias también aparecen Costa Food, con
126 despidos en la cárnica Roler de Terrassa, y Tastia, dueño de Muerde la Pasta y proveedor de salsas de Mercadona, con otros
124. El patrón se repite: la marca blanca gana cuota, el fabricante pierde músculo y quien paga el ajuste es la plantilla.
El ahorro real en la cesta de la compra
El cálculo que circula entre consumidores es contundente. Un bote de Heineken ronda los
0,80 euros frente a los
0,28 de la marca blanca; unas patatas fritas de marca se van a
3 euros cuando las blancas se quedan en
0,99 o
1,20; el pan de molde de marca cuesta
2 euros y el equivalente blanco
0,90; las natillas,
2 euros frente a
1. El desglose completo, producto a producto, deja un ahorro mensual que sorprende a quien lo hace por primera vez.
La comparación temporal es la que duele: según un cálculo que circula en el foro, dos donuts costaban
100 pesetas en 2001, unos 0,60 euros, y dos litros de cola no llegaban al euro. Hoy esos mismos dos litros se han triplicado mientras los salarios apenas se han movido. La marca blanca no es una moda: es la respuesta aritmética a una cesta de la compra que sube más rápido que la nómina.
Marca blanca, ¿misma calidad o peor producto?
Aquí el consenso se rompe. Una corriente sostiene que la calidad de las enseñas propias ya no difiere mucho de la de marca y que solo un puñado de categorías —atún en lata, pasta, café, aceite de oliva virgen extra— justifica pagar el sobreprecio. Otra mantiene lo contrario: que lo barato se paga en saborizantes, aditivos y producto retirado, y que el pan de molde o la cerveza de marca ya no saben como hace veinte años.
El detalle técnico que casi nadie mira es quién fabrica. Según los participantes en el debate, buena parte de las colas blancas salen de Refresco Iberia, en Oliva (Valencia), y de Font Salem, en la localidad valenciana del mismo nombre, que ajusta la fórmula según el cliente: la misma planta produce una cola decente para un supermercado y una aguada para otro. El sabor no depende del fabricante, sino de lo que pague la cadena.
El impuesto a las bebidas azucaradas y el trasfondo fiscal
Hay quien sitúa el origen del problema lejos de los lineales: la subida fiscal a los refrescos azucarados habría encarecido el producto, empujado al consumidor a la marca blanca o directamente a no comprar, y dejado a las multinacionales con menos volumen para repartir costes fijos. El precedente canario se cita como aviso: el AIEM gravó durante años los productos no manufacturados en las islas con tipos que iban del 10% al 75%, acumulables si el producto llevaba varios materiales, y el resultado fue un sobrecoste en cascada para el consumidor.
La explicación alternativa es más incómoda y menos técnica: la gente está más pobre. Con la presión fiscal al alza, un IPC que se percibe maquillado y sueldos que no acompañan, la marca blanca deja de ser una elección y pasa a ser la única opción. El paladar se adapta, el bolsillo manda y la marca de siempre se queda en la estantería.
Treinta años sin probar una Coca-Cola, una Pepsi, un Danone, un Bimbo o una Heineken es una decisión perfectamente defendible. Lo llamativo es que ahora resulte también la más barata.