Mussolini, la serie que reabre el debate sobre el fascismo
¿Se puede contar el fascismo sin convertirlo en espectáculo? Una serie sobre la llegada de Benito Mussolini al poder, desde su etapa socialista hasta el asesinato del líder socialista Matteotti, ha puesto sobre la mesa una discusión que va mucho más allá de la ficción televisiva. El planteamiento es ambicioso: retratar la sociopatía fascista, su criminalidad y el oportunismo de transformar el miedo de los más desfavorecidos en odio. La producción se detiene antes de la proclamación de la dictadura, que queda esbozada en un discurso final y en el silencio cómplice de quienes lo permitieron, con el rey Víctor Manuel III como figura clave.
La serie no ha tardado en generar reacciones encontradas. Hay quien la considera un biopic imprescindible con toques satíricos, y quien la acusa de parodiar y calumniar a Mussolini. El propio dictador, ironizan algunos, se parodiaba él solo de maravilla.
¿Era Mussolini socialista antes de crear el fascismo?
Uno de los puntos que más se repite es el origen político de Mussolini. Antes de fundar el fascismo, militó en el Partido Socialista Italiano, del que fue expulsado por su deriva nacionalista. Ese dato, lejos de ser una curiosidad, se ha convertido en el eje de un argumento recurrente: que fascismo y socialismo comparten raíces. «Mussolini era originariamente comunista», sostiene una parte del análisis, que añade que «fascistas, comunistas y socialistas estáis hechos de la misma mierda con diferente pelaje». La afirmación, repetida en distintos tonos, busca equiparar ambos regímenes.
Frente a esa tesis, otra corriente recuerda que a Mussolini lo expulsaron del partido socialista precisamente por nacionalista, cuando para ser de izquierdas había que ser internacionalista. La distinción no es menor: el fascismo convirtió el Estado en un fin en sí mismo, mientras que el socialismo, en teoría, aspiraba a superarlo. La discusión, sin embargo, no se cierra ahí. Hay quien sostiene que el fascismo es una variante del socialismo con nacionalismo, totalmente alejada del liberalismo. Y quien responde que el fascismo no se define por la violencia, sino por la estatolatría, una enfermedad que, a su juicio, padece el 99% de la población.
El asesinato de Matteotti y el silencio cómplice
La serie se detiene en un episodio clave: el asesinato del líder socialista Giacomo Matteotti, que precipitó la crisis del gobierno de Mussolini. El relato muestra cómo el dictador llenó el congreso de diputados afines, muchos de ellos, ironizan algunos, sin ninguna talla política. «Un momento impresionante de la serie es cuando tiene que llenar el congreso de sus diputados y no encuentra entre los suyos a ninguno que no sea monguer total», comenta un participante, que traza un paralelismo con la elaboración de listas electorales en la actualidad.
El silencio de los cobardes que permitieron el avance fascista es otro de los ejes. La serie lo esboza en su discurso final, con el rey Víctor Manuel III dando su beneplácito. Ese momento, según varios análisis, conecta directamente con la España de la Segunda República y la Guerra Civil. «La república persiguió estos actos, el franquismo los alentó entre sus filas junto con la violación. Hay diferencias, pero para verlas debes de ser humano», señala un mensaje.
¿Por qué se compara a Mussolini con Trump?
La serie incluye un personaje que, según el planteamiento inicial, sirve de trampantojo del mismísimo Trump. La comparación no es gratuita: ambos construyeron su discurso sobre el miedo de los más desfavorecidos y el desprecio a las instituciones. La diferencia, apuntan algunos, es que Mussolini llegó al poder por la vía democrática antes de dinamitarla desde dentro.
Esa lectura ha provocado reacciones airadas. «¿Pretendes que veamos una serie que tú promocionas y en la que el thumbnail aparece el protagonista poniendo cara de loco para parodiar y calumniar al Duce?», espeta un mensaje. La respuesta no se hace esperar: «El Duce se parodiaba él solito de maravilla». La discusión deriva hacia el papel de Italia en la Segunda Guerra Mundial, que algunos atribuyen más a sus generales que al propio Mussolini.
La represión y el uso político de las víctimas
El debate también aborda la represión. Un participante recuerda que dos de sus antepasados murieron en la Segunda Guerra Mundial por culpa de Mussolini y Hitler. Otro relata que a su bisabuela le rompieron crucifijos y cuadros por ser de temática religiosa. La respuesta no se hace esperar: «Muchos de los represaliados eran unos hijos de puta y bien que los propagandistas los tratáis a todos como inocentes mártires». La discusión sobre quién era víctima y quién verdugo sigue abierta.
Lo que sí parece claro es que la serie ha conseguido algo poco habitual: que se hable de Mussolini sin caer en la hagiografía ni en el panfleto. Al menos, de momento.
La serie, disponible en plataformas, ha generado un volumen de respuestas que supera el centenar y medio. Entre los mensajes más valorados, uno resume el sentir general: «La vida del tío Benito contada por fabadas. Ni con tus hogos». Otro, más ácido, sentencia: «Mussolini era originariamente comunista. Como todos los fascistas».
El debate, 556 días después de su apertura, sigue vivo. Y no parece que vaya a cerrarse pronto.