La moral del esfuerzo no paga: el talento importa más que el sudor
El Fary nunca habría jugado en la NBA. No por falta de horas de entrenamiento, sino porque medía lo que medía. La paradoja, repetida hasta el cansancio en cualquier sobremesa, resume una tesis incómoda: hay caminos que suben y caminos que bajan, y la moral del esfuerzo empuja a elegir siempre el que sube aunque los dos lleven al mismo destino. Quien sostiene esta idea defiende que todo el mundo tiene facilidades para unas cosas y dificultades para otras, y que la guía razonable de una vida no es el sacrificio, sino el
talento natural y el camino que a cada uno le resulta sencillo.
El detonante es doméstico: una conversación sobre requisitos de oposición —un B2, un máster de enseñanza, una licenciatura— zanjada con un «nada es fácil». De ahí salen el enfado y algo más grande. Porque en España el esfuerzo no se reparte igual que su recompensa, y
la moral del esfuerzo funciona a menudo como coartada de quien ya tenía el camino allanado.
¿Por qué el talento natural no garantiza ingresos?
La primera respuesta es la menos romántica: porque el mercado no paga lo mismo por cada habilidad. Tener algo que se te da bien no implica que ese algo vaya a reportar beneficio económico. Eso ya es mucho suponer.
La objeción llega rápido y por dos flancos. Uno:
la mayoría de la gente no tiene ningún talento reseñable, o no uno que el mercado remunere. Dos, más duro: talento es lo que no pueden hacer millones de personas a la vez; si lo hace cualquiera, no es talento, es una destreza común. Entre ambos argumentos queda un hueco enorme, y ahí es donde se pelea: ¿basta con ser bueno en algo o hace falta además que ese algo escasee?
El tercer flanco lo pone la suerte.
Hay gente a la que las cosas le vienen a la mano: nació con una flor en un sitio concreto. No es una tesis sobre el destino, es una descripción de cómo funciona el acceso a determinados puestos.
La plaza de 1990 y el profesor de 2.200 euros
Para entender el cabreo hay que mirar una generación. Según el relato que se hace en el hilo, quien se sacó las oposiciones en
1990, cuando había pocos candidatos, lleva desde entonces con el puesto asegurado y un sueldo estable de alrededor de
30.000 euros anuales. No sería un caso aislado, sino un grupo entero.
El retrato que se hace de esa hornada es implacable: docentes desconectados de la disciplina que imparten, cobrando
2.200 euros al mes, que «se cayeron de un guindo» y desde entonces no han vuelto a examinarse de nada. Ninguna de esas afirmaciones procede de una auditoría, sino de la experiencia directa de quien las cuenta; conviene leerlas como lo que son, una queja, no un censo.
Lo que sí es un hecho verificable es la asimetría de la puerta de entrada. Hoy el mismo acceso exige credenciales acumulativas y compite mucha más gente.
17 comunidades autónomas generan cada una su propio texto legislativo, y ahí hay que rebuscar, tener paciencia y aceptar que nadie regala las claves. La dificultad no está en el trabajo, está en el laberinto.
¿Cuánto se queda el sistema de lo que produces?
Aquí aparece el argumento más afilado del asunto, y el que más incomoda porque no apela a la suerte sino a la aritmética. Se parte de una analogía mecánica: si el sistema fuera ideal, el rendimiento del esfuerzo sería del 100%; tanto te esfuerzas, tanto obtienes.
En el mundo real baja. Y en un sistema parasitado, el cálculo que circula es que
el rendimiento del esfuerzo cae hasta el 15%. La traducción que se hace es todavía más cruda: de la riqueza que se genera, siete octavos se van en forma de extracción y queda un octavo para subsistir, entretenerse y poco más.
Esfuerzo implica gasto energético: vitalidad, tiempo, transporte, recursos. Si el retorno no compensa el desgaste, no hablamos de virtud, hablamos de mala inversión.
El corolario es una frase que se repite con sorna: el pan te lo ganarás con el sudor de tu frente, salvo si eres cura, que entonces te lo ganas con el sudor de la frente ajena.
El contraataque: voluntad, idiomas y maleta
Ninguna de estas tesis se queda sin respuesta. La más contundente es la que apela a la voluntad: todo el que ha hecho algo relevante lo ha hecho a base de voluntad, y eso es precisamente lo que separa a los grandes de los mediocres. Sin autocontrol, sostiene esta corriente, alguien te controlará desde fuera.
La versión práctica de ese argumento es una hoja de ruta conocida: estudiar, trabajar, coger experiencia, aprender idiomas y, si en España no se paga por tu formación, irse. Quien la defiende apunta a una supuesta comodidad generacional: preferir subsidios, trabajos mal pagados y jefes insoportables antes que moverse. Del otro lado, la respuesta es que hoy todo el mundo estudia con la idea de irse y que en las escuelas oficiales de idiomas hay
tortazos para entrar al menos desde 2008. No se emigra por gusto.
Y hay un dato que se lanza como prueba:
3.600 ofertas de empleo en un sector concreto en Estados Unidos frente a un páramo en España, con empresas que sobreviven a mínimos y autónomos reventados. Para unos, eso es una oportunidad que exige esfuerzo. Para otros, la demostración de que el mercado laboral no premia el sudor, premia la geografía.
El sentido común por encima del esfuerzo
Otra corriente rebaja el tono épico. Por encima del esfuerzo y del conocimiento está el sentido común, y también la evidencia evolutiva: los seres vivos buscan el hábitat donde sus condiciones son más aptas, no se esfuerzan por adaptarse a un entorno hostil.
De ahí sale la propuesta más pragmática del conjunto: si algo no te resulta sencillo, si no hay una curva de aprendizaje razonable,
déjalo pasar. No es para ti. Aplicado a la formación y al empleo, eso significa elegir por aptitud y no por penitencia. Quien defiende lo contrario, dice esta parte, confunde el mérito con el martirio.
¿Y si el sacrificio no trae recompensa al final? Es la pregunta que nadie ha respondido todavía sin echar mano de la fe.