La odisea de quedar en paro a los 50: «te hacen sentir que no vales»
En España, cumplir cincuenta años y perder el empleo deja de ser un accidente para convertirse en una condena estadística. De los 2,7 millones de desempleados que recoge la última Encuesta de Población Activa, 839.200 —el 30%— superan esa edad. Pero el dato que hiela la sangre aparece cuando se mira solo el paro de larga duración: el 42% de quienes llevan más de un año buscando trabajo son mayores de 50. Es decir, 457.900 personas de un total de un millón. En esa franja, más de la mitad —el 54,6%— encadena doce meses sin encontrar nada, frente al 19% de los menores de 25 o el 43% de los que tienen entre 45 y 49.
La historia de Áurea Notario, albaceteña de 50 años, resume ese callejón sin salida. En 2017 tuvo que dejar el supermercado donde había trabajado veinte años. Con una hija menor a cargo, empezó una ronda de entrevistas en las que siempre le decían que no. «Con cincuenta años estás apartado. Tú te sientes joven, pero te hacen sentir que no vales», explica. Ocho años después, tras encadenar trabajos de cuidadora sin contrato y una depresión, ha vuelto a casa de sus padres. «Me casé con diecinueve años y desde entonces he sido independiente. Al volver a casa piensas: ¿a qué ha llegado mi vida?».
¿Por qué el paro de larga duración castiga más a partir de los 50?
El patrón no es casual. Andreu Cruañas, expresidente de la patronal de empresas de trabajo temporal, lo atribuye a un cóctel de cargas y rigideces. Los mayores de cincuenta suelen tener hipoteca, hijos estudiando o padres a su cargo, de modo que difícilmente aceptan puestos mal pagados o contratos fijos discontinuos —que en las estadísticas del Ministerio cuentan como ocupados aunque pasen meses sin trabajar—. A eso se suma la menor movilidad geográfica: no pueden dejar una ciudad con hijos matriculados o una pareja con empleo.
Hay quien añade el edadismo, la discriminación por estereotipos de edad en los procesos de selección, y la falta de capacitación en nuevas tecnologías. El resultado es una paradoja incómoda: los sénior son hoy el único motor neto del mercado laboral. En veinte años, los mayores de cincuenta económicamente activos han pasado de 4 a 8,7 millones, un 116% más, mientras los menores de 25 caían un 27,3%. Sectores como construcción, hostelería, salud o tecnología digital buscan personal sin encontrarlo. «Mientras no trabajan, no pagan impuestos y no contribuyen. La capacidad de España para resolver este reto definirá el futuro de las pensiones», zanja Cruañas.
El caso de Juan Antonio: 39 años cotizados y vuelta a casa de los suegros
Juan Antonio Gil, zaragozano de 60 años, tenía todo hecho cuando la vida lo devolvió a la casilla de salida. A los 55, casado y con un hijo emancipado, se vio obligado a irse a vivir a casa de sus suegros. Su mujer cuida de ellos y no puede trabajar, así que los cuatro sobreviven con la pensión de los suegros, el subsidio de 480 euros que él cobra y la ayuda de Cáritas. En 2021, en plena pandemia, tuvo que cerrar la cafetería en la que llevaba trabajando desde los dieciséis. «Todos me dicen que ya me llamarán pero nunca lo hacen», relata.
La conversación derivó pronto hacia un territorio más áspero: la competencia por los puestos de baja cualificación. Una parte de los intervinientes sostiene que la contratación de trabajadores migrantes —en muchos casos dispuestos a aceptar condiciones que un español con cargas rechaza— desplaza a los sénior de la hostelería y el comercio. Otra corriente responde que el problema no es la mano de obra extranjera, sino la precariedad estructural y la falta de políticas activas de empleo para reconvertir a los mayores. El cruce de argumentos se encona, pero debajo late una pregunta legítima: ¿por qué un sector que dice no encontrar personal descarta sistemáticamente a quien lleva veinte años haciéndolo?
«A partir de los 40 tacos, si pierdes el curro, pintan bastos»
No todos los diagnósticos coinciden. Hay quien rebaja la edad crítica: a partir de los 37 o 38 años, quedarse sin trabajo ya tiene bastantes probabilidades de convertirse en ese infierno. Otros recuerdan que la generación de Áurea y Juan Antonio trabajó veinte y treinta y nueve años seguidos, algo que muchos jóvenes de hoy no han conocido. Y no falta quien invierte el relato: gente con cincuenta años deseando que la despidan para cobrar indemnización y subsidio. La foto es plural y contradictoria, como casi todo.
El sistema, argumentan algunos, está mal montado de raíz: mantener a personas trabajando hasta los 65 —y más— en fábricas, limpieza o construcción cuando el cuerpo ya no responde. La jubilación se aleja mientras la criba por edad se adelanta. «Jubílate a los 71 años pero a los 37 ya te descartamos en todas las ofertas», resume una de las intervenciones más repetidas. La consecuencia macroeconómica es la que señalaba Cruañas: cada sénior inactivo es un contribuyente menos y una presión mayor sobre las pensiones. La capacidad de España para recolocar a este colectivo definirá, más pronto que tarde, la sostenibilidad del sistema. Con estos números, la reconversión debería ser prioritaria. Sigue siendo marginal.