El miedo cotidiano de las trabajadoras en Zaragoza
Un grupo de compañeras de trabajo en Zaragoza ha dejado de sentirse segura a plena luz del día. No ha habido agresión, ni amenaza, ni denuncia. Solo la presencia, cada vez más visible, de hombres africanos que deambulan en pareja o en grupos por las calles de la ciudad sin ocupación aparente. El miedo, dicen, no viene de un hecho concreto, sino de una percepción que se ha instalado en la rutina: la de que algo puede pasar y nadie lo va a impedir.
El asunto, planteado en un foro de economía, ha derivado en un cruce de reproches que dice menos de la anécdota que del debate sobre seguridad e inmigración. Unos sostienen que ese temor es racismo puro, porque no hay delito que lo justifique. Otros responden que la seguridad no se mide en denuncias, sino en la sensación de caminar sin mirar atrás. Y una tercera corriente, la más amarga, resume la situación en una frase que se repite como un estribillo:
disfruten de lo votado.
Qué se sabe del miedo que describen las trabajadoras
El relato original es sencillo y por eso mismo incómodo. Las mujeres no hablan de ataques, sino de una incomodidad que se ha vuelto constante. La presencia de grupos de hombres, sin actividad visible, a cualquier hora, ha modificado su forma de moverse por la ciudad. Han empezado a evitar ciertas calles, a no mirar a los ojos, a calcular rutas. No hay parte de lesiones. Hay, según cuentan, una tensión nueva.
La respuesta que reciben en su entorno es un manual de autoprotección casero:
spray de defensa personal, alarmas sonoras, cursillos de autodefensa. Lo poco que, según se argumenta, permite la ley en España. La conversación no tarda en virar hacia la política: si el problema es real, ¿por qué se ha llegado aquí? Y la respuesta que se impone en una parte del debate es que el electorado que hoy se queja votó a quienes facilitaron la situación.
El argumento que lo reduce todo a racismo
Una corriente del análisis sostiene que el miedo descrito no se apoya en ningún hecho objetivo. Si esas mujeres no han sufrido ningún incidente concreto, su temor solo puede explicarse por un prejuicio. Es la tesis que resume una intervención:
¿algún negro de esos les ha hecho o dicho algo? No. Pues entonces están dando por sentado cosas que no han ocurrido. Bajo esa lógica, el miedo no sería una reacción a la realidad, sino una construcción ideológica.
El contraargumento llega rápido y con datos de experiencia personal. Varios participantes aseguran haber tenido encontronazos recientes y describen a los implicados como personas que
no se achantan fácilmente, incluso frente a hombres de complexión fuerte. Si eso ocurre con un varón adulto, sostienen, la percepción de vulnerabilidad de una mujer no es una fantasía, sino una estimación razonable de riesgo. La discusión se atasca en ese punto: ¿la seguridad se mide en denuncias o en la libertad con la que se camina?
El cálculo que nadie quiere hacer: qué pasa si se corta la ayuda
El mensaje que abre el debate introduce una hipótesis económica que recorre todo el hilo. Si llega una crisis fuerte y los recursos públicos dejan de cubrir a quienes hoy están en una situación de dependencia, la convivencia puede deteriorarse. El razonamiento es crudo:
personas con una dureza forjada en la penalidad pasada no van a aceptar pasivamente quedarse sin nada. No es una predicción, es un escenario. Y como escenario, no se puede refutar con datos, solo con confianza en las instituciones.
Ese es el punto donde el debate deja de ser sobre Zaragoza y se convierte en un pleito sobre el modelo. Hay quien recuerda que la misma estampa se ve en Irlanda y ya en Polonia, y lo interpreta como una tendencia continental, no como un problema local. Otros responden que la comparación es tramposa, porque cada país tiene su mercado laboral, su parque de vivienda y su política migratoria. La discusión se repite sin avanzar.
La brecha de género que atraviesa el asunto
Una parte del debate deriva hacia una tesis incómoda: que las mujeres, como bloque electoral, sostienen a los partidos que, según esta lectura, han favorecido la llegada de inmigración en situación irregular.
Sin el voto femenino no gobernaría la izquierda ni el centroizquierda, se argumenta. De ahí a culpar a las mujeres de su propio miedo hay un paso que algunos dan sin pudor, y que otros rechazan de plano.
La respuesta desde el otro lado es que ese razonamiento es una trampa lógica: votar a un partido no equivale a aprobar cada una de sus consecuencias no deseadas. La discusión se encona y pierde cualquier utilidad analítica. Lo que queda es una fotografía de un debate donde la seguridad ciudadana se ha convertido en un tema de conversación cotidiano, sin que ninguna institución haya ofrecido una respuesta que convenza a todos.
Qué se puede hacer, según el propio debate
Las propuestas que circulan van del pragmatismo al exabrupto. En el lado práctico, se recomienda a las mujeres que se protejan por su cuenta, porque el Estado no va a llegar a tiempo. En el lado político, se sugiere votar a opciones que prometen endurecer el control migratorio, aunque el propio debate reconoce que
ningún partido ha frenado la tendencia cuando ha tenido ocasión. Y en el lado más extremo, se mencionan soluciones que ninguna democracia europea ha aplicado y que nadie con responsabilidad pública defiende en voz alta.
La conclusión que se impone, si es que hay alguna, es que el problema no tiene una solución técnica disponible. Es un asunto de convivencia, de confianza y de expectativas. Y las expectativas, en Zaragoza como en el resto de España, están por los suelos. ¿Alguien cree de verdad que la próxima legislatura va a cambiar algo?