La OMS avisa de que no tiene fondos para futuras pandemias, pero pocos se lo creen
La Organización Mundial de la Salud ha lanzado una advertencia: su financiación actual es insuficiente para prepararse ante la próxima pandemia. Pero el mensaje, lejos de generar solidaridad, ha sido recibido con una oleada de escepticismo que cruza el espectro político. El momento no podía ser peor: Estados Unidos, su principal contribuyente histórico, se ha retirado bajo la presidencia de Donald Trump, y el director general Tedros Adhanom Ghebreyesus ha sido visto en España junto a Pedro Sánchez en una gira que muchos interpretan como una operación de recaudación.
El agujero que dejó Trump
La salida de EE.UU. de la OMS, consumada en 2025, supuso un tijeretazo directo de cerca del 20% del presupuesto total del organismo. Desde entonces, la organización ha intentado cubrir el boquete con aportaciones voluntarias de otros países y fundaciones privadas, pero el déficit persiste. Según el propio Tedros, sin un aumento estable de las contribuciones obligatorias, la capacidad de respuesta ante una nueva emergencia sanitaria global está en riesgo. Sin embargo, la narrativa oficial choca con la percepción ciudadana: para muchos, el problema no es la falta de dinero, sino la gestión del que ya reciben.
Sueldos y desconfianza
Uno de los datos que más ha circulado en el debate es el salario de altos cargos de la OMS. Se ha llegado a mencionar la cifra de 300.000 dólares anuales para un director, lo que alimenta la idea de que el organismo es una maquinaria burocrática cara y poco eficiente. A esto se suma la percepción de que durante la pandemia de COVID-19 la OMS actuó con falta de independencia, especialmente respecto a China, y que sus recomendaciones fueron más políticas que científicas. La combinación de estos factores explica por qué la petición de más fondos es recibida con ironía o abierta hostilidad.
¿Falta de autoridad o de recursos?
Hay quien sostiene que el verdadero problema no es el dinero, sino la ausencia de autoridad real para imponer medidas. Durante el COVID, la OMS se limitó a recomendar, mientras cada gobierno hacía lo que quería. Sin capacidad de veto o de coordinación efectiva, más presupuesto no serviría de nada. Otros, en cambio, defienden que sin fondos suficientes ni siquiera se puede mantener la vigilancia epidemiológica básica, y que el desmantelamiento de la OMS dejaría al mundo ciego ante la próxima amenaza.
Sea como fuere, la brecha entre el relato oficial y la opinión pública es enorme. Mientras la OMS insiste en que necesita más dinero, amplios sectores consideran que lo que realmente necesita es una reforma profunda. O, directamente, desaparecer.
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