La confianza en la consulta tiene límites y una podóloga los habría cruzado
La confianza en una consulta podológica no debería incluir que te froten el pie contra el pecho. Según relata un paciente con una dolencia temporal en el pie derecho, eso es exactamente lo que habría hecho la profesional a la que acudió. El gesto, narrado en primera persona, no respondía a ninguna maniobra clínica explicada.
El episodio ha desatado un cruce de acusaciones: entre quienes lo toman como un hecho real y quienes lo descartan como una invención sin sustancia. Los escépticos no aportan pruebas, pero insisten en que la historia carece de enjundia. Los que la creen apuntan a algo más incómodo: gestos similares se repiten en otros oficios con contacto físico, como dentistas y peluqueras, para fidelizar clientela. La conclusión implícita es que la necesidad de mantener clientes justifica el exceso.
El autor del relato responde a las dudas con una pregunta directa: qué gana inventándose una historia así. Nadie da una respuesta. El asunto queda en un terreno incómodo entre la anécdota grotesca y la normalización del contacto físico no solicitado en profesiones sanitarias y de estética.
Si lo ocurrido es cierto, el problema no es el gesto aislado, sino el contexto que lo hace verosímil. La presión por fidelizar en un sector con tarifas ajustadas difumina la frontera profesional. Probablemente la anécdota se diluya sin testigos ni denuncia. Pero la duda razonable ya ha quedado encima de la mesa: cuando la atención al cliente se confunde con la confianza física, alguien acaba pagando el precio. No siempre el cliente.