Una batalla tras otra: el taquillazo que enfrenta al público
Entradas a 12 euros, tres horas de metraje y un 8,6 inicial en las primeras críticas de usuarios. Con esos mimbres, «Una batalla tras otra» se estrena en dos semanas y ya genera una división que va más allá del gusto cinematográfico. Hay quien sale del cine con un 8 bajo el brazo y quien pide la devolución del dinero. La película, dirigida por Paul Thomas Anderson y con Leonardo DiCaprio, Sean Penn y Benicio del Toro en el reparto, se ha convertido en el campo de batalla de una discusión más amplia: qué se considera cine hoy y quién tiene autoridad para decirlo.
Qué película es y por qué se discute tanto
El argumento oficial es una historia de acción con presupuesto alto, escenas rodadas con oficio y un reparto de primer nivel. Lo que se discute no es la factura técnica, sino el mensaje. Una parte del público la lee como una pieza abiertamente ideológica: mujeres negras en roles de poder, hombres blancos retratados como incapaces y villanos caricaturizados. Otra parte sostiene justo lo contrario, que la cinta se ríe de ese mismo discurso y lo parodia. El resultado es que nadie se pone de acuerdo ni sobre qué está viendo.
Lo llamativo del caso es que la discusión no se libra en las páginas de crítica especializada, sino en las puntuaciones de usuarios. Ahí está el 8,6 que se cita como aval y ahí está también la desconfianza hacia ese mismo dato. Un veterano del análisis lo resume con crudeza: según su opinión, las puntuaciones altas vienen de un público joven sin formación cinematográfica y las bajas, de críticos que tampoco inspiran confianza. Cuando el crítico de referencia del país la destroza, según ese mismo usuario, la cosa se complica.
El reparto: de DiCaprio a un Sean Penn irreconocible
DiCaprio sale bien parado en casi todas las valoraciones. Se le reconoce un trabajo «aseado», aunque el personaje que le han dado no ayude. El caso de Sean Penn es distinto: hay quien habla de sobreactuación y quien directamente considera que su papel da vergüenza ajena. Benicio del Toro aparece poco, pero cuando aparece cumple. La escena final, según varias opiniones, debía haberla resuelto el personaje de Penn y no el de la actriz joven, lo que alimenta la tesis de que la película prioriza un mensaje sobre la coherencia narrativa.
La comparación con el resto de la filmografía del director es inevitable. Un sector la sitúa por debajo de «Boogie Nights» y «Magnolia», y la emparenta con «Licorice Pizza» por su tono y su estructura. Otro sector rechaza esa comparación de plano: «Licorice» es un tostón con buen ambiente, dicen, y esta está muy por encima. La discusión sobre si es un peliculón o un ejercicio pretencioso sigue abierta.
El público que ya no va al cine por gusto, sino por costumbre
Hay un dato que trasciende la película: la entrada cuesta 12 euros y hay quien los ha pagado con la sensación de haberlos tirado. La queja no es solo por la calidad, sino por la duración. Tres horas de metraje con escenas de acción que empiezan bien y se cortan para saltar a otra cosa. La música, compuesta con una intención que muchos no comparten, se lleva palos en casi todas las reseñas negativas.
El trasfondo es una discusión más vieja que el cine mismo: qué merece la pena verse en pantalla grande. Un sector del público reconoce que cada vez consume menos estrenos actuales y recurre al cine anterior, que sigue funcionando como el primer día. No es nostalgia, es selección. Cuando el producto nuevo no convence, el catálogo viejo gana por goleada.
Al final, la película hace algo que no estaba en el guion: obliga a posicionarse sobre qué es el cine y quién decide qué es bueno. El 8,6 de las primeras críticas de usuarios sigue ahí. También el 8 que le pone quien la ha visto dos veces. Y los 12 euros que no vuelven.