Colas en el Aldi: cuando comprar comida se convierte en un acto de resistencia
En un barrio de Manhattan, la gente hace cola para entrar en un Aldi. No es una inauguración con degustación. Es la rutina de quienes ya no pueden permitirse la comida no procesada a precios razonables en los supermercados convencionales. La escena se repite en ciudades de medio mundo: la inflación alimentaria ha convertido la cesta de la compra en un lujo.
Mientras tanto, en España, el debate sobre los márgenes de las grandes cadenas se calienta. Mercadona, con su discurso de ahorro, ha visto cómo su fundador, Juan Roig, se ha blindado con un pabellón deportivo de 500 millones de euros. Carrefour, por su parte, no hace ostentación pero su margen es igual de jugoso. Los supermercados no son ONG, cierto, pero la comida es un bien de primera necesidad y el desfase entre precios y salarios se vuelve inmoral.
Lo curioso es que las colas en Aldi no son solo por precio. En algunas localidades con alcalde socialista, las filas se han convertido en un espectáculo: gente que hace cola por entretenimiento y luego lo publica en TikTok. Pero el dato que descoloca es que, pese a la crisis, muchos siguen prefiriendo el plástico de los ultraprocesados a la verdura fresca. El ahorro tiene su precio.