El consumo se frena, la recaudación cae y el dinero se esconde
Hay un punto en el que cada euro extra de presión fiscal deja de llenar las arcas y empieza a vaciarlas. Sobre esa sospecha se ha construido el análisis que abre el asunto: un artículo de
libremercado.com según el cual
la recaudación de impuestos se hunde y España va camino de Venezuela. El respaldo no es fiscal, sino de bolsillo. La renta real per cápita de los hogares está
un 0,7% por debajo de la de 2007, el tercer peor registro de la OCDE.
¿Por qué subir impuestos deja de recaudar más?
La respuesta que circula tiene un nombre viejo: la curva de Laffer. Un razonamiento la reduce a geometría elemental —si recaudar el 0% produce cero y recaudar el 100% también, el máximo cae en algún punto intermedio— y otro lo retrotrae hasta Ibn Jaldún, en el siglo XI. La conclusión se repite: pasada cierta línea,
la presión fiscal se come su propia base.
Contra eso se alza la versión oficial y su coro: que la curva de Laffer es «un bulo de conspiranoicos» y que, si la recaudación baja, lo prudente es subirla otra vez para no acabar como Venezuela. El otro lado no compra el argumento. Aunque el próximo ejercicio se recaudara un
40% más que el anterior, el dinero se quemaría igual en la caldera del gasto, y encima con déficit.
Ahí entra un matiz que rompe la simetría: ingresar más no equivale a gastar mejor. Y el dique que evita el desastre, cuando se mira a España, no es interno, sino europeo. Hay margen mientras el BCE y Bruselas sostengan el tinglado. Sin ese paraguas, el recurso sería imprimir moneda y devaluarla, con intereses por las nubes.
El gasto público que se traga cada euro extra
Una corriente sostiene que el problema no es cuánto se ingresa, sino en qué se convierte. La nómina de estructuras que se citan es interminable: ministerios, consejerías autonómicas, diputaciones, concejalías, observatorios, fundaciones, sindicatos, organizaciones subvencionadas y empresas privadas que sobreviven a base de presupuesto público.
El ejemplo más repetido es el del empleo: ministerio, consejerías, oficinas provinciales, concejalías y un enjambre de organismos creados para «fomentar» puestos de trabajo. El resultado, según este diagnóstico, es que ninguno de esos entes genera empleo privado por sí mismo; el puesto lo crea o lo destruye quien arriesga su dinero, no quien firma subvenciones.
A la lista se suman las cifras de deuda.
La deuda pública alcanza ya el billón y medio de euros tras añadir
75.267 millones en 2022. Cada subida fiscal iría directa a tapar ese agujero antes que a mejorar nada. Con el mecanismo de las pensiones subiendo una décima al año y el impuesto de solidaridad, la sensación de que nunca es suficiente se instala. Y una capa más: otra línea compara con Roma, donde el erario se vació por falta de recaudación, aunque la analogía se corrige al momento —hoy el dinero no es oro ni plata, es una anotación en un sistema informático, infinita para quien manda y cada vez más finita para el resto—.
Sueldos altos que hacen las maletas
Hay un fenómeno que no aparece en las estadísticas hasta que ya es tarde: la gente que se va. Profesionales de alta cualificación con sueldos por encima de
100.000 euros empiezan a marcharse. Si esa fuga se generaliza, el propio Estado notará la caída en la recaudación el ejercicio siguiente, porque quienes se van son justamente los que más aportan.
La reacción de quien se queda tampoco es pasiva. Se describe un goteo de decisiones pequeñas: no comprar coche, no pisar bares, llenar garrafas de gasolina cuando está barata, comprar por adelantado aceite y productos básicos, tirar de efectivo sin factura, recurrir al fontanero del barrio, comprar en huertos locales y en plataformas de segunda mano para juguetes y menaje. La lista completa, desglosada partida a partida, funciona como un manual de resistencia que no se reproduce aquí entero.
El resultado llega por dos caminos distintos: menos consumo declarado y más actividad sumergida. En un país que ya destaca por la circulación de
billetes de 500 euros, la consecuencia no es ningún misterio.
Argentina, Venezuela y el aviso que nadie firma
Comparar España con Argentina o Venezuela es el recurso fácil, y también el que más se repite. El argumento que lo sostiene: cuando gobiernan los mismos perfiles que en esos países, el final se parece; no hay que inventar nada, basta con mirar el patrón. La deuda, el gasto desbocado y la caída de la renta per cápita se colocan como las tres piezas que encajan.
Detrás asoma la referencia histórica. Se recuerda que la crisis de 2008 fue la más grave vivida bajo la democracia y que el punto de partida actual guarda más parecido con entonces de lo que gustaría admitir. No es una predicción con fecha. Es una advertencia que nadie firma.
¿Qué queda sin cerrar?
La dirección de la recaudación no la discute nadie. Lo que se discute es el mecanismo, la culpa y el remedio. Unos ven una máquina de gasto sin freno; otros, un relato interesado para justificar recortes que nunca llegan. Con la renta de los hogares un 0,7% por debajo de la de 2007 y la deuda en el billón y medio, el análisis se atasca siempre en el mismo punto: qué se recorta, a quién y desde cuándo.