El mito de "La Ronda de Noche" empieza por un malentendido de siglos. Ese barniz oscurecido que le pusieron en el XVIII hizo que la llamaran así, pero la escena es diurna. El nombre se quedó porque vende mejor que "La compañía del capitán Frans Banning Cocq".
Lo que la hace grande no es el retrato colectivo, que era un encargo corporativo de la milicia cívica. Es que Rembrandt se saltó el protocolo del retrato de grupo de la época. Los mecenas pagaban por salir todos en fila, como figuritas, y él les montó una escena con movimiento, sombras y una figura iluminada que no es el capitán. Los miembros de la milicia se quejaron. Ahí tienes al primer cliente insatisfecho de la historia del arte: pagaba y no salía como esperaba.
Innovaciones que pocos valoraron entonces: la profundidad de campo, la luz como protagonista absoluta y esa pincelada suelta que décadas después nadie entendía. El cuadro es famoso porque los críticos del XIX necesitaban un héroe romántico que hubiera plantado cara al cliente, y Rembrandt encajaba de perlas.
Luego viene la leyenda zaina con el cuchillo: lo recortaron en 1715 para que cupiera en una sala del Ayuntamiento de Ámsterdam, cortando dos figuritas. Ahora es famoso por lo que falta. Y el Rijksmuseum ha montado un espectáculo con la restauración frente al público, que es pura performance para turistas.
Al final es un cuadro que funciona, un icono nacional neerlandés y una máquina de vender postales. El Prado tiene mejores Rembrandts y nadie organiza peregrinaciones masivas.