La Semana Santa pasa de denigrada a fenómeno viral
¿Cómo es posible que la misma tradición que hace dos años servía para ridiculizar a los andaluces por tierra, mar y aire hoy se venda en redes como el súmmum de la superioridad estética y espiritual del catolicismo? El cambio de relato es tan brusco que desconcierta. En cuestión de meses, los vídeos de procesiones españolas se han convertido en un fenómeno global: cuentas en varios idiomas los comparten como ejemplo de identidad frente a la islamización de Occidente. Y mientras tanto, aquí seguimos con la misma pelea de siempre.
El giro en las redes: de la burla al elogio
La escena que describe el arranque del debate es elocuente: publicaciones en inglés, francés, italiano y polaco que presentan fragmentos de procesiones españolas como una suerte de
mascarón de proa frente a la islamización. Hasta hace poco, esa misma imaginería servía para disparar contra los andaluces con los tópicos de siempre: vagos, paletos, incultos, adoradores de muñecos de madera. La campaña era transversal: la iniciaba cierta izquierda, pero no pocos de derechas se sumaban cuando la lluvia arruinaba la procesión y los medios servían imágenes de menores llorando.
Uno de los argumentos más repetidos era el del complejo de inferioridad: «¿qué pensará un europeo de luz viendo un espectáculo tan atrasado y oscurantista?». La respuesta real, a juzgar por los comentarios que se citan, es más bien «wow, ojalá tuviéramos algo así en mi país». Se menciona incluso el caso de un estadounidense evangélico que, tras visitar Sevilla en Semana Santa, habría abrazado el catolicismo. El dato no es verificable, pero ilustra el vuelco.
El público extranjero y la estética del catolicismo popular
El fenómeno tiene una explicación que va más allá de la fe. Para un observador no fanatizado, el catolicismo popular español ofrece una imagen vitalista que contrasta con el calvinismo, el luteranismo mayoritario o el islam más rigorista. Las procesiones son, antes que nada, un despliegue artístico: pasos que son obras maestras de la imaginería, cofrades como soldados de Dios, una puesta en escena que no tiene equivalente en el norte de Europa. Eso es lo que se comparte y lo que engancha.
Hay quien sostiene que ese atractivo es puramente estético y no religioso. Los datos de práctica religiosa en España siguen una tendencia descendente que no se discute. Pero el debate no es ese: es por qué algo que se presentaba como símbolo de atraso se ha convertido en símbolo de identidad. La respuesta corta: porque el marco de referencia ha cambiado. Ya no se compara con la modernidad europea, sino con otras tradiciones que también reivindican su espacio público.
La batalla política: de la prohibición al escaparate
El trasfondo político es ineludible. Se argumenta que la izquierda ha tenido como objetivo histórico impedir la devoción popular, desde la destrucción de templos e imágenes en los años treinta hasta las campañas más recientes. Enfrente, la derecha cultural ve en las procesiones una seña de identidad nacional que hay que defender. El resultado es un tira y afloja que convierte cualquier detalle en campo de batalla.
Un ejemplo concreto que se cita: la polémica de las mamparas instaladas detrás de los palcos. Una noticia tendenciosa las presentó como un mecanismo para que los pobres no vieran la procesión. La realidad, según se corrige, es que esas mamparas se colocan siempre en zonas de evacuación para evitar avalanchas. Varios participantes picaron el cebo y arremetieron contra la tradición sin comprobar el dato. La anécdota resume el modus operandi: primero el titular, luego la indignación.
Los números que desmienten el relato del declive
Frente a la idea de que la Semana Santa se apaga, se aporta un dato llamativo: cada vez hay más cofrades. En Sevilla el debate ya no es si hay pocos, sino si hay que poner un máximo de nazarenos porque no caben. En San Sebastián se han recuperado procesiones después de cincuenta años. Y en Madrid, aunque no tenga la tradición andaluza, la Semana Santa es pujante gracias a la influencia del sur, con devociones como la del Medinaceli, cuya talla estuvo cautiva en Marruecos y fue rescatada por los trinitarios.
Eso no significa que la religiosidad crezca en términos generales. La tensión entre práctica religiosa y participación cultural es real y no se resuelve con titulares. Lo que muestran los datos de participación es que la tradición tiene un arraigo que no se mide solo en misas. Y que ese arraigo, guste o no, se está convirtiendo en un activo de imagen exterior.
El ruido de fondo: insultos y trincheras
Como era previsible, el intercambio se degrada por momentos. Hay quien acusa a los críticos de ser analfabetos y traidores por no defender una tradición española. Otros responden con descalificaciones personales que no aportan nada. Y aparecen los habituales reproches cruzados sobre identidad, inmigración y religión. En medio de ese ruido, se pierde lo interesante: por qué una manifestación cultural que hace nada se ridiculizaba hoy se exporta como marca España.
La respuesta más honesta es que el relato lo escriben los que ganan la batalla de la atención. Durante años, esa batalla la ganó quien presentaba las procesiones como un anacronismo. Ahora la gana quien las presenta como un espectáculo único. La tradición no ha cambiado. Ha cambiado el público.
Y así estamos: discutiendo si la Semana Santa es
basada mientras los extranjeros hacen cola para verla.