Uno de cada cinco españoles no convivirá nunca en pareja
La soltería ya no es un paréntesis. Es un destino estadístico.
Uno de cada cinco españoles adultos no convivirá nunca en pareja, y el porcentaje va a más. El demógrafo Pau Miret revisó
más de 10,5 millones de datos trimestrales de la EPA entre 1976 y 2023 y concluyó que el llamado celibato definitivo —no haber convivido con una pareja antes de los 39 años— pasó de representar un
11% de la población a finales de los setenta a un 20% en 2018. La soltería, resume, ha alcanzado «niveles inusitados».
Lo llamativo no es que haya más solteros. Es que las razones se reparten de forma asimétrica:
la falta de empleo empuja a los hombres fuera del mercado de pareja; el exceso de formación hace lo propio con las mujeres. Dos curvas que se cruzan mal.
El dato: de 25 y 22 años a 29,5 y 27
La formación de la primera pareja se ha ido retrasando temporada tras temporada. En los años ochenta se dejaba de estar soltero por primera vez a los
25 años ellos y 22 ellas; para 2018, a los
29,5 y 27 respectivamente. El matrimonio formalizado llega aún más tarde: la media pasó de
33 años en 2011 a 36,8 en 2022, y aunque el número de bodas repuntó tras la pandemia, sigue en cotas mínimas históricas.
Miret identifica dos circunstancias como precursoras de una mayor soltería: un alto nivel de instrucción en las mujeres y la falta de empleo en los varones. Su lectura es que la formación de pareja masculina está muy vinculada a tener una relación laboral estable, mientras que en las mujeres opera al revés.
Por qué el paro masculino rompe el emparejamiento
Un hombre sin trabajo estable no compite en igualdad de condiciones, y el efecto se nota en la estadística antes que en el discurso. La emancipación en España sigue ligada mayoritariamente a la formación de la primera pareja: si esa pareja no se forma, tampoco se sale de casa. Se produce así un embudo del que es difícil escapar, porque la falta de empleo retrasa la convivencia y la convivencia tardía retrasa la natalidad.
Hay quien añade a esa ecuación el peso de las aplicaciones de citas y la ampliación del catálogo potencial. El argumento, repetido con distintas fórmulas, sostiene que una parte de los perfiles más demandados acapara la mayor parte de la atención, mientras el resto queda en segundo plano. Es una hipótesis con mucho recorrido y poca verificación disponible en los datos oficiales.
Por qué a más formación femenina menos pareja
El segundo vector es más incómodo de contar, porque no apunta a un problema de dinero sino a un cambio de expectativas. El estudio constata que, cuanto más estudian las mujeres, más tarde y menos forman pareja estable para la convivencia. Una definición de hipergamia que repiten algunos participantes del debate sostiene que un médico no tiene problemas en emparejarse con una enfermera, mientras no se ve a doctoras con puestazos emparejándose con albañiles.
La crítica habitual a esa lectura es que confunde pareja estable con relaciones esporádicas, y que la gente sin convivencia no está sin vida afectiva. El propio Miret lo apunta: pasamos más tiempo solteros que nunca, pero no necesariamente más tiempo sin relaciones. La diferencia entre convivir y emparejarse es la que decide el titular.
El alquiler que bloquea la primera pareja
Entre las causas del cambio social, el análisis enumera años más largos de formación, falta de estabilidad laboral, escasez de vivienda accesible y una pérdida de peso de la familia como proyecto vital frente a otros costes personales. La frase que resume la parte económica la firma una mujer de 40 años que asegura no haber conocido a nadie que le haga pensar que la situación va a estar mejor que la actual.
El otro testimonio del reportaje es aún más concreto: vivir sola, sí, pero no
gastándose el 70% del sueldo. Cuando el alquiler se come esa porción de la nómina, la convivencia deja de ser un proyecto romántico y pasa a ser una operación financiera.
Quién investiga el fenómeno y quién se reproduce
El Centro de Estudios Demográficos de Barcelona ha puesto dinero en la pregunta: una investigación que se extiende cinco años y varios países europeos, España incluida, para medir soltería en todas las fases de la vida —rupturas, divorcios, viudedad y relaciones sin convivencia—. El marco ya no es la familia, es la ausencia de ella.
En paralelo, una parte del público arrastra un debate más duro: la idea de que el relevo generacional lo están cubriendo los entornos con mayor fe religiosa y que el resto de la sociedad se queda por el camino. Es una tesis que se repite en los márgenes del análisis demográfico, sin respaldo en los datos que aporta el estudio original.
Conclusión
Con estos mimbres, cabe esperar que la tasa de celibato definitivo siga subiendo unos años más, sobre todo si la vivienda y la estabilidad laboral no cambian. La reserva es obvia: el mismo retraso que hunde la convivencia puede revertirse si el alquiler se modera, y nadie ha medido aún cuánto de este fenómeno es cultural y cuánto es simplemente caro.