Puente pone Aena como espejo para Renfe: gestora internacional y en Bolsa
El ministro de Transportes y Movilidad Sostenible, Óscar Puente, ha dejado caer que
Renfe debe mirarse en el espejo de Aena: un gestor con proyección internacional, capacidad de inversión y que se mida con las grandes del Ibex 35. Aena es la sexta empresa por valoración en la Bolsa española, con 31.000 millones, gracias a los 87 aeropuertos que suma, la mitad fuera de España. La comparación no es inocente: Aena está parcialmente privatizada y Renfe, de momento, es 100% pública. El anuncio ha caído como una bomba entre quienes ven en cada paso hacia la gestión empresarial una antesala de la venta.
Qué ha dicho exactamente el ministro y por qué importa
La frase es de Puente: «Vamos a plantearnos hacer de Renfe una Aena en no mucho tiempo». El espejo elegido no es casual. Aena gestiona aeropuertos, cotiza y tiene una capitalización que la sitúa entre las mayores del mercado español. Renfe, en cambio, arrastra pérdidas, presta servicio público y depende de los Presupuestos. El paralelismo abre la puerta a una futura entrada de capital privado, a una salida a Bolsa o a ambas cosas. No hay fechas, no hay hoja de ruta, pero el marco mental ya está puesto.
De la sospecha a la certeza: el plan oculto que denuncian los críticos
Una parte del análisis sostiene que esto no es una improvisación. Se argumenta que el deterioro del servicio —cercanías, media distancia, trenes convencionales— es deliberado: se deja caer la calidad, se desinvierte en mantenimiento y se prepara el terreno para justificar la privatización. «Ese era el plan desde el primer día que la banda criminal puso los billetes a 0 y dejó de invertir un duro en mantenimiento», resume una de las intervenciones más aplaudidas. La tesis es que primero se destruye el servicio público y luego se vende a precio de saldo a fondos extranjeros.
Aena como precedente: quién ganó y quién pagó la fiesta
El recuerdo de Aena pesa. Se recuerda que las acciones salieron a 50 euros y al día siguiente ya valían 100. Quien entró, multiplicó. Quien no, mira desde fuera. La pregunta que sobrevuela es si con Renfe pasará lo mismo: una empresa pública saneada con dinero de todos, vendida a un precio que no refleja su valor real, con plusvalías para unos pocos. «Pienso comprar acciones», dice un mensaje. «Caerá en manos de fondos extranjeros», responde otro. El patrón se repite: primero el Estado asume el coste, después el inversor privado recoge el beneficio.
El argumento liberal: España salió de la miseria cuando liberalizó
Frente al relato de la expoliación, hay quien reivindica el Plan de Estabilización de 1959 como prueba de que la apertura y las políticas liberales sacaron a España del atraso. Se cita el caso chino de los 80 y se contrapone a la Argentina de las últimas décadas, ejemplo de intervencionismo y desastre. La discusión deriva hacia si la privatización ferroviaria es una oportunidad o una condena. El ejemplo británico se usa en ambos sentidos: unos recuerdan el fracaso de British Rail, otros celebran el retorno de los servicios al control público en Inglaterra.
El estado real del servicio: trenes sucios, cercanías al límite
Más allá de la ideología, hay experiencia directa. Un viajero relata un trayecto Madrid-Valencia en Navidad: aseos atorados, falta de limpieza, trenes abarrotados. «Dan ganas de cogerse un Alsa», sentencia. La media distancia y las cercanías se describen como un «cagarro» que roza el problema de salud pública. La alta velocidad, en cambio, se señala como deficitaria y absorbente de recursos, mientras el transporte de mercancías por ferrocarril —mucho más competitivo que el camión— sigue sin despegar. La paradoja es que se privatiza lo que funciona mal y se mantiene lo que no se usa.
Quién se sentará en el consejo: los mismos de siempre
La sospecha no es solo económica, también de puertas giratorias. Se apunta a que cualquier expolítico encontrará acomodo en una Renfe privatizada como asesor con sueldo millonario, igual que ocurre en otras grandes empresas del Ibex. «Muchos sociatas ya están preparando el camino para esos puestos de asesores con sueldos millonarios», se lee. La privatización no eliminaría los enchufes: los trasladaría del sector público al privado, con la diferencia de que ya no responderían ante el contribuyente.
El precedente británico y la pregunta que queda abierta
El caso del Reino Unido se cita como espejo incómodo: treinta años de privatización ferroviaria, servicios devueltos al control público por su mal funcionamiento. El comunicado oficial británico habla de transformar los ferrocarriles en un sistema «más fiable, asequible y accesible». Si el modelo privado fracasó allí, ¿por qué aquí se presenta como la solución? La respuesta oficial no ha llegado. Solo hay una frase de Puente, un espejo llamado Aena y una empresa pública que, de momento, sigue siéndolo. ¿Hasta cuándo?