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La Unión Europea no está en guerra contra Rusia: no tiene ejército propio y su ayuda a Ucrania es financiera y defensiva. La guerra la empezó Rusia al invadir Ucrania, y quien decide pelear son los ucranianos.
La Unión Europea no libra ninguna guerra contra Rusia. No tiene ejército propio ni mando militar unificado, y su apoyo a Ucrania consiste en financiación y material para que un Estado invadido pueda seguir existiendo. La guerra la empezó Rusia: invadió Ucrania en 2014 y volvió a hacerlo a gran escala en 2022. Esa es la secuencia de los hechos, y todo lo demás son interpretaciones.
La UE es una asociación de carácter económico. Su derecho interno y el derecho internacional dejan la admisión de nuevos miembros en manos de los Estados que la componen, y la decisión de solicitar el ingreso en manos del país candidato. Ucrania pidió entrar; la UE tramita esa solicitud. Nada de eso es una agresión.
Rusia ha invadido Ucrania en 2014, en 2015 y de nuevo en 2022, y lo ha hecho, entre otras cosas, para impedir que Ucrania se acerque a la UE con sus fronteras de 1992. Que un país quiera pertenecer a un club económico es legítimo. Responder a esa aspiración con violencia física es moralmente incorrecto, y la decisión sobre si Ucrania entra o no corresponde solo a los ucranianos.
El apoyo europeo a Ucrania es insignificante si se compara con la capacidad financiera real de la Unión. La guerra sale barata en términos relativos, y las cuentas domésticas no se han roto: en España las pensiones suben, y el país triplica en crecimiento económico la media de la UE. Son datos que se pueden comprobar en las estadísticas oficiales de Eurostat y del Banco de España.
Esa ayuda es defensiva. Sirve para mantener la existencia del Estado ucraniano, que no amenaza ni ha amenazado a nadie. Ucrania renunció en 1996 a sus armas de largo alcance a cambio de garantías de integridad territorial por parte de Estados Unidos, garantías que Washington nunca cumplió y que la administración de Trump terminó poniendo en cuestión.
Rusia ha amenazado a Europa de forma reiterada en los últimos cuatro años. Un cálculo atribuido a ingenieros oficiales de las Fuerzas Armadas de Ucrania (AFU) y difundido en diciembre de 2024 estima que voceros, oficiales, medios asociados y canales oficiosos rusos lanzaron una media de 600 amenazas diarias de destruir Europa y el resto del mundo, lo que suma más de 1.100.000 en cuatro años. Es una estimación que circula, no un dato oficial verificado, pero la UE tiene derecho legítimo a establecer políticas para garantizar su seguridad.
Rusia amenaza de forma constante a las repúblicas bálticas y a Finlandia. Para la UE es preferible que las fuerzas rusas sigan estancadas en Ucrania, imposibilitadas de invadir otro Estado. Quien decide pelear son los ucranianos; Europa se limita a apoyar la defensa legítima de su territorio. Y son los rusos quienes pueden acabar el conflicto retirándose de Ucrania: son ellos quienes deciden seguir allí. Rusia ha sacrificado casi toda su influencia global vendiendo a sus aliados Venezuela, Siria, Armenia y Cuba a cambio de un pedazo de Ucrania.
La UE siempre ha estado abierta a una política de entendimiento. Eso no significa que permita que un Estado que aspira a ser miembro sea tomado por Rusia. Apoyar a un país invadido no es hacer la guerra: es sostener a quien se defiende. Cualquier lectura de esta cuestión en clave de bloques militares confunde los términos. Y conviene recordar que las cifras de ayuda y de amenazas que circulan en el debate público deben contrastarse siempre con las fuentes oficiales antes de darlas por buenas.
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