La nuclear no se apaga: el pulso por alargar reactores
El debate sobre la energía nuclear vuelve a la primera línea con una paradoja que descoloca: mientras unos países la demonizan y programan el cierre de sus reactores, otros la mantienen como columna vertebral de su mix eléctrico. La discusión, que se prolonga durante más de un año, arranca con un vídeo que defiende la energía nuclear como «lo más seguro, fiable y limpio que hay» y deriva en un choque frontal entre quienes exigen apagarla cuanto antes y quienes advierten de que hacerlo disparará el consumo de gas y encarecerá la factura.
El primer frente es el de los residuos. Un participante propone construir búnkeres en el desierto español para almacenar los desechos, convencido de que tardarán siglos en llenarse. La réplica llega rápida: según se sostiene en el debate, desde 1957 se han registrado cinco accidentes nucleares graves y el ejemplo de Chernóbil se usa como recordatorio de que una nube radiactiva no entiende de fronteras. La contraofensiva técnica no se hace esperar: se argumenta que aquel reactor no era de producción eléctrica sino de uso militar, con un diseño defectuoso y errores humanos en la prueba de estrés.
¿Por qué España cierra nucleares y Francia las mantiene?
La incoherencia entre países es el eje que más incomoda. Se pregunta por qué España demoniza una tecnología que Francia, China o Estados Unidos mantienen y amplían. La respuesta que se abre paso en el intercambio es que el mix energético responde a decisiones políticas, no solo técnicas: los partidos verdes en Alemania y sus equivalentes en España presionan para desincentivar la nuclear, mientras el gas se consolida como respaldo, con más emisiones y más coste.
El caso alemán se cita como advertencia. Tras renunciar a la nuclear, Alemania ha tenido que construir centrales de carbón y quemar gas a mansalva para mantener la estabilidad de la red. El argumento que se repite es que la nuclear depende del entorno socioeconómico: con seguridad jurídica, cultura de prevención y desarrollo industrial, funciona; sin ellos, el riesgo se dispara.
El almacenamiento, la pieza que nadie quiere pagar
Aquí el debate se vuelve técnico y se rompe en dos. Un bando sostiene que mantener abiertos los reactores viejos bloquea la inversión en renovables y almacenamiento. El otro responde que instalar más potencia renovable sin baterías dispara las horas de precio cero o negativo, es decir, desperdicia energía. El bombeo hidráulico ya está en uso y aun así se han alcanzado precios negativos: señal de que falta capacidad de inyección.
La cifra que ordena la discusión es la de Almaraz: según un cálculo que circula en el debate, un reactor puede producir 7.000 GW al año. Para unos, esa cantidad es sustituible con renovables y almacenamiento en dos años y medio. Para otros, sin baterías que trasladen la producción a las horas de demanda, cada megavatio renovable adicional solo añade caos al sistema. El cálculo completo, desglosado partida a partida, deja una brecha que sorprende.
El coste oculto: pagar lo que no se construyó
La factura es otro campo de batalla. Se denuncia que en España se ha pagado durante veinte años por centrales nucleares que nunca se levantaron y que ahora se pagará por desmantelar las que sí existen y están amortizadas, para después construir otras que quizá nunca produzcan. A eso se suma el déficit de tarifa, ese mecanismo que financia a las eléctricas que venden por debajo de coste y que no impide beneficios récord año tras año.
La conclusión que flota es incómoda: da igual si se quema carbón, gas o barras de uranio, lo que no puede ser es que el consumidor pague siempre la fiesta. La pregunta queda abierta: ¿cuánto de este pulso responde a criterios técnicos y cuánto a pura demagogia política?