Beber «lo normal»: el limbo de los que no tocan fondo
Para una mayoría silenciosa, el alcohol no es un problema hasta que alguien lo pone por escrito. En España, el
93,2% de la población de 15 a 64 años ha probado la sustancia, el 64,5% ha bebido en el último mes y más del 16% se ha emborrachado en ese periodo, según la Encuesta sobre alcohol y otras drogas (EDADES). El dato incómodo no es cuánto se bebe. Es que casi nadie se reconoce en la estadística.
El asunto tomó forma pública en abril de 2024, cuando un reportaje firmado por Patricia Gosálvez describió la «zona gris» del alcohol: ese limbo vasto y borroso entre quien bebe
de higos a brevas y quien recibiría un diagnóstico clínico. Sin fondo, sin epifanía, sin susto de salud. Solo inercia. Y una pregunta que descoloca: ¿qué significa beber «lo normal»?
Cuánto alcohol es «de bajo riesgo», según Sanidad
Menos de lo que sugiere cualquier barra libre. Sanidad fija en
10 gramos de etanol al día el techo de consumo «de bajo riesgo» para una mujer —una caña, media copa de vino, medio chupito— y el doble para un hombre. A partir de ahí, advierte la autoridad sanitaria, «se produce un aumento significativo de la mortalidad». La comida de sábado prototípica —vermú, media botella de vino y gin-tonic de sobremesa— multiplica esa tasa casi por diez.
¿Compensa haber estado seco el resto de la semana? No. «Al revés», subraya Mercè Balcells, psiquiatra y jefa de la Unidad de conductas adictivas del Hospital Clínic de Barcelona: los atracones de fin de semana añaden problemáticas por la toxicidad aguda y por los accidentes, las caídas o la violencia que arrastran. La cuenta no se paga de lunes a jueves.
El bebedor social que nunca dejó de beber
Montse Collado, coach de 41 años, lleva casi un año sin probar el alcohol. Podía pasar semanas sin beber, pero cuando lo hacía, tomarse solo una era impensable. «Más que dependencia, lo mío era inercia», resume. Bebía igual que sus amigas; el grupo de WhatsApp se llamó un tiempo
Las Sue Ellen, por el personaje de Dallas siempre con la copa en la mano. No tocó fondo porque no había fondo que tocar.
El caso de Messner, carpintero navarro de 49 años, es el reverso tranquilo del mismo patrón. Seis o siete cañas entre semana, repartidas entre el almuerzo, la comida y la partida de mus. Ni una pelea en su historial, dos vómitos en toda una vida. «No te emborrachas, no te da ningún chungo, en tu cuadrilla es lo normal», admite. «Pero si lo piensas, es una pasada». Ha empezado por quitarse la caña del almuerzo.
¿Por qué nadie pregunta cuánto bebe el paciente?
Porque la respuesta incomoda a los dos lados de la mesa. La OCDE incluye entre sus medidas recomendables aumentar la vigilancia en atención primaria, y las guías de Sanidad piden explorar el consumo «como mínimo cada dos años» en toda persona mayor de 14 años. La práctica va por otro camino: a Bob Pop, con una enfermedad neurodegenerativa diagnosticada a los 20, nadie le preguntó nunca cuánto bebía.
El divulgador Oihan Iturbide, adicto recuperado y editor de Yonki Books, lo explica sin rodeos. Un alcohólico en sentido clínico tiene motivos evidentes para dejarlo; quien habita la zona gris es funcional y no recibe ningún estímulo para cambiar. En torno al
10% de la población desarrolla un Trastorno de Uso del Alcohol, la enfermedad que coloquialmente se llama alcoholismo. El resto bebe. Ahí está el nudo.
La batalla cultural: libertad individual contra moralismo
La reacción al reportaje dibujó dos bandos que no discuten sobre datos, sino sobre quién manda en la mesa. Una corriente defiende el consumo como territorio de libertad personal: si uno no molesta a nadie, que beba lo que le apetezca. Otra exige directamente erradicar lo que considera un vicio y recuerda que hay quien paga las consecuencias sin haber elegido beber. La discusión sanitaria degenera en pocos minutos en discusión sobre la libertad.
En medio aparecen los matices incómodos. Están los que no beben y no quieren dar explicaciones: quien no prueba el alcohol soporta que le insistan con eso de
pero una copita sí. Y circula un argumento que rebota entre ambos lados: si el etanol fuera un cancerígeno tan potente, los países con consumo más intenso deberían mostrar tasas muy superiores, y la relación no es tan simple. La anécdota del bisabuelo que bebió vino con las comidas desde los 14 y murió con 104 años siempre gana en una sobremesa.
El chato mañanero y el alcohólico funcional
Hay un escalón que el lenguaje común no distingue. El par de tintos a media mañana antes de entrar al tajo, el chato de después de comer y la ronda al salir del turno dibujan un perfil que algunos análisis colocan ya abiertamente en la dependencia: alcohólicos funcionales que rinden y socializan sin
montar el espectáculo. La frontera con la zona gris es de grado, no de naturaleza. Ese es el perfil que, según relatan algunos foreros, aparece en los controles de alcoholemia de primera hora, cuando los agentes paran a quienes desayunan un
sol y sombra antes de fichar.
Dónde se atasca la conversación
La brecha entre la evidencia y la costumbre no se cierra con información. El propio Iturbide propone preguntas para romper el hielo: ¿has elegido amigos por el alcohol?, ¿ha estado presente en tus relaciones?, ¿dejas de hacer cosas que te gustan por la resaca? Nadie las responde en voz alta. La zona gris sigue ahí, cómoda, funcional, sin fondo que la delate. Y con un dato que descuadra a cualquiera: el
39% de los hombres de 15 a 24 años se emborrachó en el último mes. Para muchos, eso seguirá siendo «lo normal».