Votar solo si cotizas: la nueva cruzada generacional
Hay una idea que circula con sorna pero que encierra una propuesta real: limitar el derecho al voto a quienes tengan saldo positivo con la Seguridad Social en los últimos tres años. En la práctica, eso dejaría sin voto a la mayoría de los pensionistas, a los parados y a buena parte de los funcionarios. La paradoja es inmediata: el sistema que ellos financiaron durante décadas se volvería en su contra justo cuando más dependen de él.
El argumento que sostiene esta ocurrencia es el clásico de los que se sienten expoliados: el Estado detrae a un joven con un salario de 1.700 euros netos entre el 30% y el 50% de su nómina entre impuestos y cotizaciones, mientras un pensionista de 75 años recibe 1.200 euros netos sin mover un dedo. Con ese diferencial, el joven no llega a fin de mes, y mucho menos a comprar una vivienda. De ahí a concluir que el mayor vota al partido que paga su pensión con el bolsillo del menor, hay un paso.
Democracia frente a agarradera fiscal
Frente a esa corriente, están los que recuerdan que la democracia no se negocia con la nómina. Si solo votan los que cotizan de forma positiva, el voto se convierte en un privilegio de los más solventes, y los mayores, que ya pagaron su parte, quedan silenciados precisamente cuando más necesitan que el sistema responda. El sufragio universal, añaden, es el blindaje de los débiles, no un premio a la productividad.
La conversación, que se ha desarrollado en un tono de bar y gorrilla, ha acabado en el esperpento: se acusa a los mayores de analfabetos y egoístas, se responde que a los jóvenes se les ha dado todo y no han sabido aprovecharlo. Entre medias, alguien recuerda a una vecina de 79 años que piensa exactamente igual que el que propuso la medida, y otro ironiza con que la pensión suba 60 euros y con eso ya vale todo.
El esqueleto del problema
Debajo del ruido, el problema es de matemáticas. Un sistema de reparto en el que cada vez hay menos cotizantes por pensionista no puede sostenerse si no se toman decisiones difíciles. La cuestión no es si los pensionistas deben votar, sino si el diseño institucional está preparado para que las generaciones se apoyen, no se pisen. Mientras tanto, alguien tendrá que pagar la factura. Y a juzgar por la bronca, el convite no será cordial.
¿Se llegará a plantear en serio la restricción del voto? A día de hoy es una boutade, pero el eco que encuentra es el verdadero termómetro del malestar. Cuando una ocurrencia así cosecha agarraderas, no es la ocurrencia lo que preocupa, sino el malestar que la hace plausible.