Catedrales sin curas: el plan para convertirlas en templos del saber
Imaginen una catedral gótica sin altar, sin santos y sin sermones sobre el pecado. En su lugar, un catedrático disertando sobre astronomía ante una nave llena de vecinos, y en las capillas laterales, en vez de reliquias, estanterías con libros y mesas de estudio en silencio pulcro. Esa es la propuesta que un participante lanza en un extenso intercambio: sustituir el culto religioso por el
culto a la razón y reutilizar los grandes templos europeos como centros de cultura, bibliotecas y gimnasios.
La idea parte de una premisa más ambiciosa: que la civilización grecorromana ya había alcanzado un nivel de excelencia que la llegada del cristianismo truncó. Según este planteamiento, Europa debió vivir en el siglo V un proceso de
ilustración y reforma que nunca llegó, y las catedrales deberían haberse convertido en templos laicos donde se adorara a los padres de la civilización —Tales de Mileto, Sócrates, Aristóteles, Platón— en lugar de a santos inventados. El autor imagina incluso una Atenas que nunca fue invadida, con una
catedral de Sócrates presidiendo la plaza Sintagma.
El choque entre dos relatos de Europa
La discusión derivó rápidamente hacia un terreno más áspero: si el cristianismo fue un lastre o, por el contrario, el motor que permitió a Europa salir de la Prehistoria. Frente a la tesis del lastre, varios intervinientes recuerdan que en la Edad Media se inventaron las herraduras, los molinos de agua y viento, los relojes mecánicos, las gafas, el arado de vertedera y la rotación trienal de cultivos, y que media Europa —la de los germanos y los eslavos— salió entonces de la Prehistoria. Se argumenta también que la esclavitud, institución inmemorial, fue combatida por el cristianismo, y que en el mundo grecorromano un esclavo no tenía derechos ni su madre podía evitar que lo vendieran de niño.
La defensa del legado clásico recibió otra andanada: los filósofos griegos no eran ateos. Sócrates afirmaba poseer una voz interior de origen divino; Aristóteles es base de la teología católica; Platón hablaba de un mundo de Formas ideales. Es decir, el panteón que se quiere entronizar en las catedrales no era precisamente materialista.
¿Qué se conservó realmente del saber clásico?
Uno de los puntos más sólidos del intercambio es el papel de Bizancio. Se sostiene que el saber clásico se conservó principalmente en el Imperio Romano de Oriente y pasó a Occidente con los sabios que huyeron de Constantinopla, un trasvase que, junto con la imprenta y el descubrimiento de América, marca el fin de la Edad Media. También se menciona que los trabajos del emperador Claudio sobre los etruscos fueron destruidos, ejemplo de pérdidas irreparables.
El propio autor del planteamiento original insiste en que los edificios grecorromanos siguen en pie 2000 años después, mientras que otras construcciones no han resistido el paso del tiempo. La discusión sobre qué se perdió y qué se conservó queda abierta, sin que ninguna de las partes logre imponer una cifra definitiva.
Del culto a la razón al culto a la belleza física
La propuesta inicial no se limita a bibliotecas y discursos. El autor pide que los templos sean también lugares donde se adore la
perfección mitológica del hombre, con gimnasios coronados por estatuas de Hércules y catedrales llenas de estatuas de guerreros hercúleos. «Los hombres blancos adorando al dios mañaco perfectito con el rabo duro», escribe, en una formulación que varios participantes celebran con entusiasmo y otros consideran directamente una excusa para llenar el hilo de imágenes de torsos desnudos generadas por inteligencia artificial.
La deriva estética provocó pullas sobre el supuesto trasfondo del planteamiento. Un participante sentencia que lo que molesta del cristianismo es que condena la sodomía, y que la defensa de la cultura grecorromana se debe a que en ella la homosexualidad estaba bien vista. La respuesta no se hizo esperar y el intercambio subió de tono.
La sombra de Robespierre y el culto a la Diosa Razón
La objeción más repetida tiene que ver con los precedentes históricos. Se recuerda que la última vez que se quiso adorar a la Diosa Razón se puso a una prostituta en la catedral de Notre Dame y los ríos de sangre corrieron por París. Es decir, el experimento ya se intentó y terminó en el Terror. Otros ven en la propuesta una simple reedición de la masonería: el culto a la Razón fue bandera de Robespierre y del materialismo racionalista.
El autor del planteamiento responde con frustración: «Me siento a diario así, en todo. No lo soporto. Y aun soporto menos ver cómo el dolor que a mí me produce es inversamente proporcional a como se la suda todo a todos los demás». El desahogo personal se mezcla con la propuesta arquitectónica y con la trifulca sobre santos, curas y catedrales.
Qué pasaría con los santos y los templos actuales
El autor propone sustituir las estatuas de santos por las de los creadores de las matemáticas, y los altares coronados por el hijo de un carpintero por Sócrates, Aristóteles y Platón. Considera que muchos santos eran personajes del medievo, a menudo inventados, venerados por haber sido ejecutados o por milagros que nunca ocurrieron. Frente a esto, se reivindica que San Jorge o Santiago son «ultra épicos», y se recuerda que en el mundo grecorromano también había muchas miserias.
La discusión se cierra, de momento, con un dato que descoloca: los edificios grecorromanos siguen en pie 2000 años después, mientras que otras construcciones no han dejado piedra sobre piedra. La pregunta de si Europa sería mejor con catedrales de filosofía en lugar de templos religiosos queda sin respuesta, pero el intercambio deja claro que la herida entre ambos relatos sigue abierta.