Carlismo: cinco contradicciones que su propia doctrina no resuelve
Hay una escena que resume el problema entero, y no es de un manual de historia: es un rey francés, Felipe V, firmando en 1713 un reglamento sucesorio que introducía la agnación rigurosa —solo varones, sin excepción— en una Corona donde Alfonso X había dejado escrito, en las
Siete Partidas, que las mujeres podían heredar. Quinientos años de práctica hispánica, incluida Isabel la Católica, quedaban de un plumazo por debajo de una costumbre importada de un país, Francia, donde ni siquiera existían fueros. Ese es el nudo que, según sus críticos, el tradicionalismo nunca desató del todo, y que reaparece cada vez que se discute el origen dinástico del carlismo.
El reglamento de 1713 y la tradición que venía de antes
La paradoja es de manual. El bando carlista sostiene que el Auto Acordado de Felipe V es la norma legítima, pero esa misma norma cambia lo que había sido costumbre durante cinco siglos. Hay quien lo resuelve diciendo que unas Cortes pidieron al monarca ese cambio; los críticos replican que otras Cortes lo derogaron después y que unas Cortes no pueden alterar la tradición por mayoría. La pregunta que queda flotando es por qué el modelo francés se convirtió en el baluarte de la españolidad.
La Pragmática de 1789: ¿quién manda, el rey o una camarilla?
El segundo frente es más enrevesado. La Pragmática Sanción de 1789 fue aprobada por el rey y por las Cortes, y ratificada en 1830. Para el carlismo era ilegítima. El problema, según se argumenta, es que Floridablanca cerró aquellas Cortes a toda prisa por miedo al contagio revolucionario francés, dejando en el aire si la ley sálica quedaba abolida o no. Esa ambigüedad —no un acta limpia— es la que esgrimirían los carlistas medio siglo después. Y sin embargo, para uno de los participantes, la cuestión de fondo nunca fue jurídica: quien defendía la Pragmática defendía, en la práctica, las reformas liberales que el carlismo rechazaba de raíz.
El heredero que nunca fue príncipe de Asturias
Hay un detalle que descoloca a los más doctos: el infante Carlos nunca fue Príncipe de Asturias, pese a presentarse como heredero natural. Y aceptó inicialmente la Pragmática Sanción en 1830. Su posterior rebelión contra su hermano le costó la exclusión de la sucesión por real decreto confirmado por las Cortes, lo que abre la pregunta incómoda de por qué esa exclusión vale para él y no para otros. Lo que complica el relato del «rey legítimo despojado», apuntan desde el debate, es que el propio despojado reconoció al principio al usurpador.
Felipe II, Portugal y los derechos de Farnesio
El problema se extiende hacia atrás. Si Felipe II encarna la Tradición, ¿cómo se quedó con el trono de Portugal atropellando los derechos de Ranuccio Farnesio y reconoció a reinas gobernantes? La coherencia del modelo se agrieta en cuanto se sale del siglo XIX. Y en el presente, la paradoja se agudiza: el segundón que actúa como «regente» se atribuye derechos de su hermano y sobrinos, por encima de otras líneas, mientras la dinastía que reclama los derechos imaginarios se extinguió con Alfonso Carlos en 1936.
No era la sucesión: era el mundo que se caía
Una de las lecturas que se defienden en el debate es que la cuestión dinástica era la excusa. El carlismo fue, en esa clave, un movimiento antiliberal de un orden que se moría, con una base social concreta: pequeños propietarios del norte del Duero, donde la Reconquista dejó otro régimen de propiedad. En el Antiguo Régimen, según se sostiene, la Corona «vivía de lo suyo» e imponía menos carga fiscal que un Estado liberal posterior, más eficaz a la hora de recaudar y de hacer la guerra, aunque uno de los participantes cifra los impuestos de las monarquías absolutas en torno a un 12 %. Para muchos, esa era la verdadera libertad: pocos impuestos y comunes a mansalva.
El cierre lo da un contraejemplo que nadie responde. Si el carlismo brotaba del minifundismo, Galicia —la tierra con más minifundismo de España— debería haber ardido en carlismo. No ocurrió. Y en 1936, los herederos de aquel movimiento acabaron alineados con los nacionales, centralistas acérrimos. Y la tradición, aun así, seguía sin cuadrar con su propio mapa.