La selección femenina gana el Mundial y veta a sus entrenadores
España conquistó el Mundial de fútbol femenino y, lejos de capitalizarlo, el equipo entró en conflicto abierto con su federación.
Jorge Vilda fue destituido como seleccionador y la entrenadora llamada a sustituirle tampoco ha logrado el respaldo del vestuario. La paradoja es difícil de digerir: el grupo que tocó el techo del deporte español discute ahora quién se sienta en el banquillo y con qué criterios. El pulso afecta a las convocatorias, al proyecto deportivo y al negocio que sostiene toda la estructura.
¿Por qué las jugadoras rechazan también a la nueva entrenadora?
El vestuario ya había forzado la salida de Vilda y ahora repite el gesto con su sustituta. En el centro del conflicto está quién decide las convocatorias y con qué criterio. Hay quien resume el problema con una ironía afilada: es el único caso en que las seleccionadas escogen a la que selecciona. La federación, mientras, apenas ha articulado una respuesta pública que ordene el desconcierto.
Conviene recordar cómo se presentó el título. El Mundial se ganó
con todo en contra, según el relato que circuló durante el conflicto, incluidas las diferencias con parte de la plantilla. El éxito llegó pese al clima interno, no gracias a él. Y eso, en cualquier organización, es una bomba de relojería.
El banquillo ya se vetó antes: de Clemente y Michel a Aragonés y Raúl
El fútbol español tiene precedentes de entrenadores que impusieron su criterio frente a clubes, prensa y estrellas.
Javier Clemente se negó a convocar a Michel y a Buyo pese a las presiones, y Luis Aragonés mantuvo su pulso con Raúl. La diferencia está en la dirección del choque: entonces el entrenador plantaba cara al entorno; ahora es el vestuario el que planta cara a la federación. En el primer caso se discutía la autoridad del técnico. En el segundo, directamente, se discute quién puede ser técnico.
Esa inversión de roles explica por qué el episodio se percibe como un esperpento institucional. No hay precedente en el deporte profesional de un grupo de jugadoras condicionando la elección del seleccionador, y menos aún justo después de haber ganado el torneo más importante.
¿Cuánto cuesta sostener el fútbol femenino?
El argumento económico sobrevuela cada capítulo de la crisis. Una parte del análisis sostiene que la competición vive de subvenciones y de una visibilidad construida desde los medios más que de ingresos propios. La propia plantilla convocó una huelga para exigir mejores salarios, con las retribuciones del primer nivel masculino —las cifras de Messi se citan como referencia— en el horizonte de la comparación.
Si el producto no genera ingresos suficientes, cualquier pulso con el público o con los patrocinadores deja de ser una anécdota y se convierte en un problema de caja. La pregunta que se hace el sector es incómoda: ¿cuánto tiempo aguanta una competición que depende de dinero ajeno a su propia taquilla?
La cantera sub17, sub19 y sub21, el activo que está en juego
En medio del ruido, el argumento deportivo aguanta. Las categorías
sub17, sub19 y sub21 aparecen como el relevo natural: bien gestionadas, permitirían aspirar a todo hasta el siguiente Mundial. El aviso que se repite es que el conflicto institucional quema ese activo. Un tropiezo como el
4-0 ante Japón pesa el doble cuando el mensaje que traslada la selección es de desorden interno.
La percepción pública también es parte del negocio. Y aquí el fútbol femenino se juega algo más que un banquillo: se juega la credibilidad de un producto que, sin resultados y sin orden, no sostiene la taquilla.
El conflicto, en su punto
El relevo en el banquillo sigue sin resolverse del todo y el pulso entre jugadoras y federación continúa abierto. Nadie lo ha desactivado. Lo que está en juego no es una persona, sino la capacidad del fútbol femenino español de convertir un título en un proyecto sostenible. ¿Puede crecer un deporte cuando cada cambio de entrenador se convierte en una guerra de poder?