Congelar óvulos se multiplica por 30 en una década en España
El relato oficial dice que las mujeres retrasan la maternidad por la carrera y la precariedad. Los datos de las clínicas de reproducción asistida y los estudios sobre vitrificación apuntan a un factor menos cómodo: muchas mujeres heterosexuales no encuentran una pareja masculina dispuesta a comprometerse con la crianza en los años en que su fertilidad todavía aguanta. La investigadora Sara Lafuente lo resume sin paños calientes: el margen de edad en que se considera «normal» quedarse embarazada se ha estrechado tanto que es casi imposible que ahí cuadren la economía, la relación y la corresponsabilidad.
Las mujeres que congelan óvulos se han multiplicado casi por 30 en una década en España. No es un dato menor. Detrás de cada tratamiento hay una decisión económica —entre 6.000 y 7.000 euros por dos rondas, según el caso que recoge el material— y una decisión relacional que casi nunca se cuenta.
¿Por qué las mujeres retrasan la maternidad si no es solo el dinero?
La tesis que se impuso hace una década, cuando empresas como Facebook o Apple empezaron a ofrecer la congelación de óvulos a sus empleadas, era que las mujeres priorizaban su carrera. La investigadora estadounidense Marcia C. Inhorn rebate ese marco en
Maternidad congelada: según su trabajo, la congelación no la hacen mujeres con una carrera para posponer la fertilidad, sino mujeres que intentan preservarla hasta el final de su vida reproductiva porque no encuentran parejas estables y comprometidas, aunque lo deseen.
Los testimonios que recoge su libro hablan de una dificultad concreta: establecer relaciones que cumplan con expectativas actuales, que pasan por mantener la vida profesional mientras el compañero no solo se dedica al empleo o el ocio, sino que cuida y sostiene. La socióloga Teresa Castro añade otra pata: en las clínicas de reproducción asistida el personal detecta que ni mujeres ni hombres tienen conciencia real de cómo cae la fecundidad pasados los 35, y ellos todavía menos.
El resultado es una secuencia que se repite. Mujeres que congelan durante la treintena «a ver si aparece el padre» y, pasado el tiempo, deben decidir estén o no en pareja. Otras vitrifican después de una ruptura, cuando el compañero no estaba convencido de tener hijos, y vuelven a por sus óvulos años después, tras asumir e ilusionarse con un proyecto de maternidad en solitario.
El caso de Irene: 6.000 euros y dos rondas a los 35
Irene, nombre ficticio, a punto de cumplir 37 años, es una de esas mujeres. Sabía que quería ser madre, pero la relación no funcionaba. Él tenía cuatro años más y decía que quería ser padre joven; ella le hacía las gestiones y un día se dio cuenta de que tenía un hijo de casi 40 años, no un compañero. Cuando lo dejó, lo primero que pensó fue en congelar. Con 35 años aprovechó el dinero de una herencia para gastar entre 6.000 y 7.000 euros en dos rondas de tratamiento.
Ahora se plantea una maternidad en solitario mientras calcula recursos y red de apoyo. Su frase resume el cruce de factores: «No sé si me cabrea más la situación económica, lo difícil que es conciliar, lo difícil que es encontrar hombres corresponsables o todo junto».
Hay quien sostiene que el problema es de expectativas: que se busca una pareja que cumpla un estándar imposible y que el mercado relacional no da para tanto. En contra pesa un argumento más prosaico: si la crianza sigue recayendo de hecho sobre la mujer, la disposición del hombre a comprometerse con el cuidado no es un capricho, es una condición material para que el proyecto sea viable.
El coste económico de criar: por qué el divorcio entra en la ecuación
Una parte del análisis desplaza el foco del mercado relacional al marco legal y económico. Se argumenta que las condiciones de vida creadas por los estados modernos han degradado la posición de cualquier hombre que intente formar una familia: solo quien tiene varias propiedades e ingresos holgados puede criar hijos sin arruinarse, porque en caso de ruptura se enfrenta a pensión, vivienda e hijos. El cálculo, desglosado partida a partida, da una diferencia que sorprende.
Ese temor no es exclusivo de los hombres. También hay mujeres que quieren una familia convencional y no la consiguen, y que quedan atrapadas entre una economía que no acompaña y un calendario biológico que no espera. La investigadora Lafuente insiste en que las condiciones materiales se entrelazan con las dificultades relacionales: precariedad laboral, incertidumbre socioeconómica y relaciones que no cuajan en el mismo tramo de edad.
El resultado agregado es una paradoja: se habla de crisis de natalidad como problema de país, pero la decisión se toma en un margen de pocos años y con muy pocos márgenes de error. Quien congela tarde porque le daba apuro hacerlo estando en pareja puede llegar a los 38 con muchas menos posibilidades de éxito. Y quien espera a que cuadre todo —piso, sueldo estable, pareja corresponsable— puede descubrir que el calendario ya no da.
La espera y el muro: lo que dicen los datos de fertilidad
La fertilidad en las mujeres baja pasados los 35 años, y mucho más cruzada la cuarentena. Ese es el dato duro que ninguna política de conciliación revierte. La consecuencia práctica es que la decisión de congelar o no congelar se toma con información incompleta y bajo presión social: hacerlo en pareja genera reparos, hacerlo sola obliga a asumir un proyecto monomarental con red limitada.
En el terreno de las opiniones, la conversación se parte. Una corriente sostiene que el problema es de incentivos legales y económicos, y que mientras el divorcio siga siendo una ruina para quien más aporta, muchos hombres evitarán comprometerse. Otra apunta al desajuste entre lo que se ofrece y lo que se busca en el mercado relacional. Y una tercera, más incómoda, señala que la corresponsabilidad real sigue siendo la asignatura pendiente: sin ella, tener un hijo con pareja puede salir más caro —en tiempo, dinero y salud— que tenerlo sola.
Con estos mimbres, la pregunta no es por qué las mujeres retrasan la maternidad. Es por qué el sistema sigue dando por hecho que encontrar pareja, piso y sueldo en el mismo trienio es lo normal.