El papeleo que devora las aulas: 34 años de docencia y ganas de irse
A sus 59 años y con 34 de servicio, este docente piensa en jubilarse el curso que viene. Pasó por las escuelas de Lalueza, Calatorao y Novillas antes de recalar en Zaragoza, y reconoce con una sonrisa que todavía no ha empezado «a mirar en serio los papeles». Su caso es el detonante de una queja más amplia: varios intervinientes sostienen que
el profesorado no da abasto para tanto como se le exige. En la misma conversación caben el papeleo, los
2.000 euros de nómina, las vacaciones, el acoso entre alumnos y la autoridad que se perdió por el camino.
¿Cuántas horas trabaja de verdad un profesor a la semana?
La cifra que se maneja es contundente:
20 horas lectivas semanales, y las otras 20, sobre el papel, para preparar clases y corregir exámenes. Ese reparto es el que se pone en duda. Hay quien sostiene que el trabajo de tarde se concentra en una semana de cada tres meses, en plena temporada de exámenes, y quien responde que la jornada real se estira mucho más allá del horario del centro.
Lo cierto es que el oficio cambió de naturaleza sin que el sueldo lo acompañara, según se repite. La comparación con la empresa privada aparece una y otra vez:
dame pan y dime tonto, resumía uno de los intervinientes al preguntarse cuántos docentes aguantarían el ritmo del temario repetido durante 34 años seguidos.
La burocracia que se come las clases
Aquí es donde la conversación se vuelve más concreta. La última ley educativa conlleva
tanta carga administrativa que las horas disponibles para esas gestiones y para preparar las clases no llegan. El resultado, se apunta, son clases peor preparadas y una enseñanza que se degrada por la vía del formulario. Informes, actas, adaptaciones curriculares y un largo etcétera que nadie niega que sean útiles, pero que se consideran excesivos para el fin último: dar clase.
El caso de los
planes individualizados es el ejemplo que más se repite. En un aula de 30 alumnos puede haber diez con plan personalizado, y atenderlos al nivel que exige la norma consume un tiempo que no existe. La crítica que más circula señala que esos recursos acaban desviándose hacia los alumnos conflictivos, mientras los que de verdad necesitan apoyo específico se quedan sin él.
¿Cuánto cobra un profesor? Las cifras sin fuente oficial
En el terreno salarial las cifras van y vienen sin respaldo documental. Se habla de
2.000 euros netos al mes como suelo, de una horquilla que ronda los
2.600-2.800 con 34 años de servicio, y de hasta
5.000 euros en el mes que se cobra paga doble. Son estimaciones lanzadas al aire en la conversación, no datos oficiales, y conviene tratarlas como lo que son.
El contexto macroeconómico que se cita tampoco es menor:
160.000 millones de gasto anual en sueldos de
funcionarios y políticos, una cifra que supera en 8,5 puntos la media de la OCDE. Con ese telón de fondo, la discusión deriva hacia si el colectivo docente está sobrerretribuido o si simplemente es el chivo expiatorio de un sistema educativo mal diseñado.
Vacaciones: el punto que enciende cualquier conversación
Dos meses contando festivos, tres si se suman sábados y días de asuntos propios, hasta cuatro según las cuentas más generosas. La horquilla es tan amplia como la indignación que genera. Frente a ella, la comparación con otros oficios duros se abre paso: un trabajador con
25 años en tareas de extinción de incendios relata achaques por sobreesfuerzo, sol, humo y vehículos mal mantenidos, y explica que unos compañeros se jubilaron a los 62, otros a los 65 y a él le tocará a los 67.
Ese contraste es el que tensa la cuerda. Porque el problema de fondo no es solo cuánto se descansa, sino
cuándo se puede uno ir. Y ahí las reglas del juego llevan años cambiando en función de quién gobierna.
Del aula sin autoridad al bullying sin respuesta
El último tramo de la conversación vuelve al sitio donde todo ocurre. Se describe un aula con alumnos que insultan, agreden o destrozan mobiliario, con casos de acoso entre iguales tratados tarde y mal, y con un marco legal que deja a los menores prácticamente intocables. La queja se repite: la autoridad del profesor se ha diluido y sin ella no hay clase posible.
Hay quien recuerda que esto no es nuevo. Los institutos de los noventa, en zonas de frontera, también tenían alumnos problemáticos, docentes desbordados y episodios que hoy serían impensables. La nostalgia del castigo ejemplar aparece en varios mensajes, aunque también hay quien avisa de que el cerebro tiende a olvidar lo desagradable del pasado.
Como curiosidad, uno de los intervinientes afirma que el instituto del caso se llama «Hermanos Marx». Nadie ha sabido decir si es guiño o maldición. Mientras tanto, la pregunta que queda sin cerrar es la de siempre: por qué las reglas de jubilación cambian según el oficio y el momento, y aun así hay quien pide que un docente con 34 años de tajo se aguante
un ratito más.