«Si su sangre es italiana, ganaremos la guerra en tres días. Si su sangre es española… que San Jorge nos asista». La frase, atribuida a Margaret Thatcher durante la guerra de las Malvinas, resurge en foros de historia como ejemplo de guerra psicológica británica. La ironía es que la propia Inglaterra dependió de mercenarios alemanes y holandeses en sus conflictos, mientras que los tercios italianos –luego absorbidos por España– fueron temidos en los campos de batalla europeos.
El comentario circula con frecuencia en ambientes hispanohablantes, siempre con el mismo escepticismo. No hay registro oficial de que Thatcher pronunciara esas palabras exactas; algunos historiadores las consideran apócrifas, una invención de propaganda para dividir a los argentinos. La mención a la sangre italiana y española busca explotar tensiones identitarias en un país con fuerte inmigración de ambos orígenes. La realidad es que Argentina mantuvo una cohesión inesperada durante el conflicto, pese a las dificultades económicas y militares.
Un dato curioso: la misma lógica de estereotipos militares se usó siglos antes. El duque de Alba, al reclutar para Felipe II, pedía expresamente «italianos, por amor de Dios, no enviéis, que será dinero perdido; alemanes… aunque se venda la capa es necesario traerlos». La paradoja de que los italianos fueran considerados poco fiables en el siglo XVI y temibles en el siglo XX dice mucho sobre cómo se construyen los mitos bélicos.
El análisis completo, con los datos sobre deserciones italianas en Ostende y Rocroi, ofrece una perspectiva menos maniquea de la historia militar. Pero lo esencial es que la frase de –supuesta– Thatcher sigue siendo un arma de doble filo: refleja la guerra psicológica más que la realidad del combate.