Sardinas congeladas de Lidl: se pueden comer, con el sabor en duda
Una bolsa de sardinas congeladas en el congelador, una sartén al fuego y una pregunta incómoda: ¿aguanta el pescado azul el paso por el congelador sin arruinarse? La respuesta corta es que sí, se puede congelar. La respuesta honesta es que el resultado divide a quien lo ha probado. Hay quien sostiene que basta con
esperar a que se descongelen, quitarles cabeza y tripas y freírlas sin echarles sal. Y hay quien asegura que la grasa llega a saber a rancio.
Cómo se preparan las sardinas congeladas
El procedimiento que circula es de manual: descongelar, retirar cabeza y tripas y pasar por la sartén. Sin sal, según quienes defienden que el propio pescado ya trae lo que necesita. La cocción no es el escollo. El escollo es si el resultado justifica el desembolso frente a una simple lata, que no necesita congelador ni paciencia.
De qué mar salen y a qué precio
Sobre la procedencia, las hipótesis apuntan al
banco sahariano, a Marruecos o a Senegal, sin que ninguna quede confirmada. Se reclama foto del etiquetado, mar de origen y registro sanitario; la respuesta que llega es que eso importa menos que el sabor. Y en medio de todo eso,
la cifra no aparece. Ni un precio, ni un formato, ni una comparación por kilo.
La grasa, el olor y la comparación con la lata
El punto flaco que más se repite es la grasa: la sensación de que al congelar se vuelve rancia. A eso se suma la queja doméstica de que freírlas deja la casa oliendo. Frente a eso, la sardina en lata aparece como rival difícil, con partidarios que no ven motivo para
pasar frío por un producto que consideran inferior. Otros no han comido una sardina congelada en su vida y lo dicen sin pudor.
Con todo, el dato que descoloca no es de sabor ni de origen: en toda la discusión sobre las sardinas congeladas de Lidl
no hay un solo precio. Se discute el aroma, la textura y la grasa. La factura, nadie la pone.