Marruecos: la Generación Z sale a la calle por sanidad y empleo
Miles de jóvenes marroquíes han salido a la calle en varias capitales para denunciar la falta de hospitales y la
corrupción del régimen, según los mensajes difundidos en redes sociales. Las marchas estudiantiles, que arrancaron tras la muerte de ocho mujeres embarazadas en un hospital de Agadir, se han convertido en las mayores movilizaciones contra el Gobierno en años, según las informaciones que circulan. Más de cien detenidos y una pregunta incómoda: ¿por qué ahora?
El detonante no fue un discurso ni una consigna política. Fue un hospital. La muerte de ocho mujeres embarazadas en Agadir encendió una mecha que llevaba tiempo acumulando combustible: listas de espera, falta de camas, médicos que emigran y una sanidad que en las zonas rurales es poco más que un cartel. La Generación Z marroquí —la que se supone que debía heredar la tierra— ha decidido que no quiere esperar a heredarla.
¿Qué ha pasado en Marruecos y quién protesta?
Las protestas, bautizadas como «generación Z», comenzaron en varias capitales y se han extendido con una velocidad que ha sorprendido al propio régimen, según los relatos difundidos en redes. Los manifestantes no piden la caída de la monarquía, al menos no de forma explícita: piden hospitales, escuelas y que la corrupción deje de ser el sistema operativo del país. En los carteles se lee lo mismo que en las redes: no quieren el Mundial, quieren una vida digna.
La respuesta oficial ha sido la de siempre. Más de cien detenidos, según las informaciones que circulan, y una censura que convierte cualquier micrófono en un riesgo. «En Marruecos están deteniendo a cualquier ciudadano que le hable a un micrófono», denunciaba una cuenta saharaui. No son arrestos, son secuestros, añadía. El régimen de Mohamed VI ha entendido que el problema no es la protesta, es el relato que la acompaña.
El Mundial como cortina de humo
Marruecos lleva años vendiendo una imagen de modernidad que no resiste una visita a cualquier hospital público, según los mensajes difundidos. El Mundial de 2030 —organizado junto a España y Portugal— debía ser la puesta de largo de esa imagen. Los jóvenes han respondido con una frase que resume el cabreo: no quieren el Mundial, quieren una vida digna. La contradicción es brutal: un país que gasta millones en estadios y armamento no tiene camas para embarazadas.
Hay quien sostiene que el régimen intentará comprar el silencio con más obra pública y menos represión visible. El cálculo más optimista asume que las protestas se desinflarán solas. El escenario pesimista parte de lo que ya ha pasado otras veces: detenciones selectivas, desapariciones y una calma que tarda años en romperse. La doctrina Gatopardo —cambiar todo para que nada cambie— es la apuesta más probable, según algunos de los mensajes del debate.
¿Por qué la sanidad marroquí está en el centro de la protesta?
Porque es el fracaso más visible. Marruecos forma médicos que luego emigran a España, Francia o Alemania. Los que se quedan trabajan con medios precarios y salarios que no compiten. La sanidad pública se ha convertido en una máquina de expulsar talento: el país invierte en formar profesionales y los exporta. Los manifestantes lo saben y lo gritan: se les han ido los mejores, los más valientes.
La corrupción agrava el problema, según los mensajes difundidos. No es solo que falte dinero, es que el dinero que hay se pierde por el camino. Los hospitales se construyen con sobrecostes, las listas de espera se gestionan con criterios que nadie explica y las plazas se reparten por contactos. La muerte de ocho mujeres embarazadas en Agadir no fue un accidente aislado: fue la prueba de un sistema que lleva años fallando, según los relatos difundidos en redes.
El efecto llamada que nadie quería
La diáspora marroquí en España juega un papel que el régimen no había calculado, según algunos de los mensajes del debate. Los jóvenes que se fueron cuentan a sus familias que aquí hay sanidad, comida de Cáritas, pagas y subvenciones. Al otro lado del Estrecho, esa información se convierte en una comparación insoportable: si ellos lo tienen, ¿por qué nosotros no? El tiro le ha salido por la culata al régimen, que ahora ve cómo sus propios emigrantes alimentan la protesta, según esa versión.
España mira con inquietud. Ceuta y Melilla son la frontera más desigual del Mediterráneo: a un lado, un Estado del bienestar; al otro, un país que exporta jóvenes. Hay quien teme que Mohamed VI, si se ve acorralado, busque una crisis diplomática para unir al país contra un enemigo exterior. La historia de las dictaduras ofrece ejemplos suficientes: cuando el pueblo se rebela, se saca una guerra patriótica de la manga.
¿Qué puede pasar ahora en Marruecos?
Nadie lo sabe, y quien diga lo contrario miente. Las protestas pueden crecer, pueden ser reprimidas o pueden diluirse en promesas de reforma que no lleguen a nada. Lo que está claro es que la Generación Z marroquí ha roto un tabú: ha puesto la corrupción y la sanidad en el centro del debate público. Eso ya no se puede deshacer.
La predicción más prudente es que el régimen combine gestos simbólicos —alguna dimisión, algún anuncio de inversión— con una represión selectiva que no genere mártires. Si eso funciona, las protestas se apagarán. Si no, Marruecos podría entrar en un ciclo de inestabilidad que afectaría a toda la región. Y España, que tiene ahí su frontera sur, haría bien en no mirar hacia otro lado.