El suicidio demográfico que ya golpea la economía española
¿Cuántos nacimientos hacen falta para sostener un país que envejece sin remedio? En el debate público se maneja una caída sostenida de la natalidad en España desde hace décadas, con una tasa que, según un cálculo que circula en el foro, llegó a situarse entre 1,1 y 1,4 hijos por mujer en el tramo 1985-1995. El resultado no es solo una pirámide de población desequilibrada: es un efecto en cadena que toca pensiones, sanidad, vivienda y mercado laboral. La discusión no es si el fenómeno existe, sino quién lo provocó y qué se puede hacer cuando, según algunos participantes, el punto de no retorno parece superado.
De 1,4 hijos por mujer a la sustitución ordenada
La secuencia que se repite en los análisis es conocida: generaciones que renunciaron a tener hijos en los años ochenta y noventa, educación posterior de sus hijas en la misma dirección y una inmigración que llega para cubrir los puestos que esos nacimientos no ocuparon. El diagnóstico más duro sostiene que el
suicidio demográfico ya no tiene arreglo y que solo cabe una sustitución ordenada. Otros cálculos rebajan el dramatismo: la baja natalidad es común a todos los países avanzados y no implica extinción, sino una población más pequeña y más vieja.
Lo que nadie discute es el punto de partida. La tasa de reemplazo está en 2,1 hijos por mujer; España lleva décadas muy por debajo. La consecuencia mecánica es que cada año hay menos cotizantes y más pensionistas, una ecuación que no cuadra con ningún sistema de reparto.
Vivienda, sueldos y el coste real de tener hijos
El argumento económico más repetido apunta al precio de la vivienda como causa directa de la baja natalidad. Con sueldos que no acompañan la productividad y una vivienda inaccesible para buena parte de los jóvenes, tener hijos deja de ser una decisión neutra y pasa a ser un lujo. Hay quien sostiene que la economía española, y en concreto el mercado inmobiliario, tiene un efecto en cadena sobre la natalidad que se pasa por alto cuando se culpa solo a factores culturales.
La réplica desde otras posiciones es que el problema no es solo material. Se argumenta que décadas de políticas que no favorecieron la natalidad, unidas a la destrucción del modelo familiar y a la educación sentimental de las nuevas generaciones, han creado una mentalidad hedonista que no se revierte con cheques bebé.
El choque entre natalidad y migración
El punto de mayor tensión llega cuando se discute el papel de la inmigración. Una parte del análisis sostiene que la llegada de trabajadores extranjeros es la única forma de sostener el sistema mientras la natalidad nativa no se recupera. Otra parte lo ve como una sustitución de población que agrava el problema de fondo en lugar de resolverlo. Las cifras de natalidad de los países de origen, con tasas muy superiores a las españolas, alimentan ambas lecturas.
El dato que descoloca a los dos bandos es que los países con demografía más negativa, como China, Corea, Japón o Polonia, no están llenando sus sociedades de población migrante, mientras que los países con natalidad alta son también los de menor renta. La correlación entre riqueza y baja natalidad es una de las más sólidas de la economía.
¿Qué medidas se han propuesto para revertir la natalidad?
Las propuestas que circulan van desde ayudas directas a las familias autóctonas hasta campañas de concienciación en sentido contrario a las actuales, pasando por políticas de vivienda social y estabilidad laboral. El precedente que se cita con más frecuencia es el de los años del desarrollismo, cuando España tenía tasas de natalidad muy superiores con niveles de renta mucho menores. La objeción inmediata es que aquel contexto no es reproducible.
Ninguna de las medidas que se mencionan ha demostrado funcionar a gran escala en países comparables. Los cheques bebé han tenido efectos marginales y transitorios. La vivienda social tarda décadas en notarse. Y la prohibición del aborto, que algunos plantean, no eleva la natalidad de forma sostenida en los países donde se ha probado.
El envejecimiento que ya está aquí
Mientras se discute el diagnóstico, el efecto en cadena avanza. Una población que envejece aceleradamente presiona el gasto sanitario, reduce la base de cotizantes y tensiona las cuentas públicas. La calificación crediticia de los bancos españoles, que las agencias han mejorado en función de la fortaleza económica del país, no resuelve el problema de fondo: una economía con menos trabajadores jóvenes y más dependientes.
El escenario que dibujan los más pesimistas es una España con menos población, más vieja y con una cultura transformada por la llegada de población de otros países. El escenario de los optimistas es una adaptación gradual con productividad y automatización compensando la caída de la mano de obra. Ninguno de los dos está escrito.
La única certeza es que los nacimientos que no se produjeron en las últimas cuatro décadas no se recuperan con un decreto. Y que la próxima generación de españoles, si llega, será más pequeña que la anterior.