Tractores contra la Agenda 2030: el campo corta carreteras
Cortes que dejan atrapados a los conductores, la entrada a Madrid taponada y centenares de tractores plantados ante
Mercazaragoza. La protesta agraria que recorre España tiene un pliego concreto —derogación de la
Agenda 2030, revisión de las medidas agroambientales, menos burocracia y freno a la competencia de terceros países—. Según un participante, la movilización estaba prevista para el día 13 y los cortes se adelantaron. Por eso mismo hay quien sostiene que lo que está sobre el asfalto es, directamente, un bloqueo ilegal.
Qué reclaman los agricultores en las tractoradas
El pliego que se repite al pie de cada tractor cabe en cuatro líneas: derogar la Agenda 2030, cambiar las medidas agroambientales, recortar la burocracia y frenar la competencia desleal de países terceros. El resumen que da un agricultor aragonés es explícito —«nos mueve poder vivir del campo»— y sirve para entender de qué va el asunto: no se pide un cheque, se pide poder seguir trabajando.
Una de las peticiones que se repiten es otra: que el producto importado cumpla
la misma normativa que el español. Si aquí no se puede aplicar un herbicida concreto y fuera sí, el coste de producir lo mismo deja de ser el mismo. Ahí está el núcleo del enfado, más que en las subvenciones, que al menos uno de los participantes dice que quitaría de buena gana.
Mercazaragoza, el puerto de Málaga y los camiones con producto de fuera
En Aragón, centenares de tractores cerraron los accesos al mercado de abastos. En Málaga, el puerto quedó bloqueado casi por completo —con una grieta que nadie esperaba y que se explica al final de este texto—. Y a eso se suma la escena que ha corrido por todas las pantallas: un camión cargado de tomates de importación detenido en la carretera y vaciado de contenido.
El bloqueo no es uniforme. Depende del día, del nudo de carreteras y de cuántos tractores se presenten. Lo que sí es constante es el efecto sobre quien no tiene nada que ver con el campo: atascos de horas, rutas alternativas colapsadas y mercancía que llega tarde.
¿Son trabajadores o empresarios del campo? La fractura sindical
La respuesta de una parte del sindicalismo no tardó: desde CCOO se sostiene que quien se está movilizando no son trabajadores, sino
empresarios del campo. El golpe no es menor para un sector que se presenta como primer eslabón de la cadena alimentaria, y la contrarréplica fue inmediata y muy dura: se acusó al responsable sindical de no haber doblado el lomo jamás y de vivir a sueldo del Gobierno.
Entre medias queda un país partido en dos miradas. Quien mira al tractor y ve al
autónomo asfixiado por la burocracia. Y quien mira al tractor y ve a un titular de ayudas con la PAC como colchón. La consecuencia práctica de esa división es la de siempre: jornaleros y asalariados discutiendo entre ellos mientras la decisión se toma en otro sitio.
Cuánto ingresa de verdad una explotación media
Aquí los números se pelean. Hay productores que detallan su patrimonio real:
doscientos olivos, cien almendros, tres huertos que suman mil metros cuadrados, gallinas, patos y conejos, y un calendario que se come casi dos meses al año solo en podar y triturar restos, más otro mes de recolección y elaboración del propio aceite.
Frente a ese retrato, la otra versión: explotaciones donde el heredero es profesor de instituto en otra comunidad y cultiva las tierras los fines de semana, y compraventas que, según varios relatos personales, se cierran con pagos parciales fuera del circuito formal. Son testimonios particulares, no una práctica acreditada, pero circulan con nombre y apellidos y alimentan la desconfianza.
Y una cifra que se usa como ejemplo del coste de una sola regla:
500 euros por hectárea para quitar las hierbas a mano con una cuadrilla cuando se renuncia al herbicida.
El glifosato, la tecnología y la amenaza de cierre
El herbicida más polémico del campo es hoy una discusión abierta, no un hecho zanjado. Una parte sostiene que el glifosato es cancerígeno y saca a relucir el historial de compuestos organoclorados de su fabricante. La otra recuerda que fue la tecnología aplicada al campo, y no las tractoradas, la que quitó el hambre de la España de los años cincuenta y sesenta. Dos relatos incompatibles sobre la misma tierra.
La predicción más sombría que circula apunta a que hasta el
80% de las explotaciones acabarán cerrando si no cambian las reglas, igual que se fue al desguace la industria textil. Sin datos oficiales encima de la mesa, esa cifra funciona como horizonte, no como pronóstico.
El coste para el resto del país y el miedo a lo que viene
Bloquear la entrada a la capital no sale gratis a nadie. Hay quien admite sin rodeos que las razones le dan igual porque el corte le ha costado la mañana, y quien responde que en esta ocasión toca aguantarse, porque los agricultores defienden a todos, incluido quien nunca cortó nada cuando tuvo un problema.
El precedente es lo que preocupa. Si un bloqueo que limita la circulación se normaliza, el siguiente puede ser otro. Y el siguiente, según se insinúa en las convocatorias y los comentarios que circulan, ya se apunta: transportistas, cortes frente al Congreso —por eso está prohibido rodear la sede— y concentraciones ante actos públicos, como la gala de los Goya en Valladolid.
¿Se puede infiltrar una protesta espontánea?
La pregunta planea sobre todo el conflicto. La respuesta que dan quienes conocen el terreno es que no: son grupos comarcales, se conocen todos, quedan por teléfono o en el casino del pueblo. Infiltrar algo que no tiene sede, ni portavoz, ni calendario fijo se antoja complicado. Lo que no quita para que el movimiento acabe absorbido, o abandonado, cuando pase el pico de atención.
Y queda un dato para el final. Según el relato de un participante, las tres puertas principales del puerto de Málaga quedaron cerradas: no había tractores suficientes y el resto de la ciudad no se sumó. Los camiones salieron igual, por la cuarta, la de la terminal de cruceros, entre turistas de cruceros paseando y comprando. La protesta fue casi total. Casi.