Liz Parrish dice tener 21 años biológicos: ningún organismo lo avala
En 2015, Liz Parrish viajó a Colombia para someterse a una terapia génica que, según su propio relato, la rejuveneció cuatro décadas. Una década después, la empresaria estadounidense mantiene el titular:
52 años cronológicos y 21 biológicos. Esa brecha entre el DNI y los telómeros es hoy el activo central de un negocio, el de la longevidad, donde ya hay dinero de
Jeff Bezos y de
Bryan Johnson y donde el consenso científico es, siendo generosos, esquivo. Su caso no ha sido validado por ningún organismo internacional: solo se ha presentado en foros especializados, de la mano de la propia protagonista.
¿Qué es la edad biológica y por qué nadie se pone de acuerdo?
La etiqueta se ha colado en el vocabulario de la industria sin una definición aceptada. Una parte la mide con fórmulas como
Phenoage, que combina más de media docena de analíticas —albúmina, creatinina, glucosa en ayunas, proteína C reactiva, linfocitos, volumen corpuscular medio y ancho de distribución eritrocitaria— y devuelve una cifra con apariencia de veredicto. El problema es que oscila: un mismo cálculo daba
47,1 años a alguien con 44,7, cuando el año anterior, por esas mismas fechas, le había salido
61. Trece años de diferencia sin que el sujeto hubiera cambiado gran cosa.
Para otra corriente, la expresión es directamente humo. Se sostiene que la edad biológica no existe, que es una forma elegante de decir que alguien quiere parecer lo que no es, y que la única edad real son los años que llevas sobre la tierra, punto. Entre esos dos extremos se mueve casi todo lo demás, y no hay organismo que haya puesto orden.
La telomerasa, la folistatina y el klotho: qué se inyectó Parrish
El cóctel de
BioViva Science, la compañía que dirige, apunta a tres dianas. La telomerasa, que mejora la estabilidad genómica, reduce la senescencia y, según se afirma, puede llegar a prevenir el cáncer. La folistatina, que aumenta la masa muscular y mengua la fragilidad. Y el klotho, una enzima que optimiza las funciones cerebrales y combate el daño del estrés oxidativo. Parrish reprogramó sus propias células con inyecciones de genes procedentes de bancos genéticos de humanos y de otras especies.
Cuando empezó, con
44 años, la longitud de sus telómeros indicaba una edad biológica de
65. Un año después, decía, ya era la de su DNI. Antes había probado en ratones: con dieta y ejercicio óptimos, su esperanza de vida pasó de 8 a 18 meses; con restricción calórica, hasta 30. Cambiando un solo gen, los roedores doblaron su vida.
El negocio: millones al año y sangre de un hijo adolescente
El caso Parrish no flota solo.
Bryan Johnson, fundador de Kernel, sostiene un régimen de rejuvenecimiento de varios millones de euros anuales y, según las informaciones publicadas,
se inyecta sangre de su hijo de 17 años para acortar su edad biológica. Bezos ha invertido en Altos Labs, biotecnología centrada en la programación del rejuvenecimiento celular. La inteligencia artificial ha entrado con sistemas como Blueprint, que promete frenar el envejecimiento. Y por debajo, las llamadas zonas azules.
Todo eso convive con una duda razonable: ¿cuánto hay de
ciencia y cuánto de producto? La respuesta se estrella contra la falta de datos publicados. Se trata, dicen las voces más críticas, de vender una terapia génica por miedo, por imagen o por ego, y de hacerlo sin una sola revisión independiente.
Lo que sí se ha medido: seis mujeres y cinco años en ocho semanas
Frente al caso individual está el estudio con una muestra de
seis mujeres que lograron reducir casi
cinco años de media su edad biológica en
ocho semanas. Es el dato más citable del expediente, aunque la muestra sea minúscula y no equivalga a un ensayo con garantías. La investigación, eso sí, sostiene que revertir el envejecimiento es posible. Nadie la ha replicado a gran escala.
Y luego está lo que no se mide. ¿Es fértil como una mujer de 21? El relato del rejuvenecimiento habla de telómeros y de masa muscular, pero se calla en los órganos que no salen en la foto.
¿Tiene efectos secundarios? Nadie puede saberlo a veinte años
La pregunta incómoda no es cuántos años aparenta, sino qué pasa dentro de dos décadas. Nadie ha seguido a los pacientes de terapias génicas de este tipo el tiempo suficiente para responder. La única postura honesta es la del
ya lo veremos, y esa no vende conferencias.
La letra pequeña: maquillaje, retoque y una foto que no cuadra
La imagen que acompaña el relato no ayuda. Hay quien la señala como antigua y retocada, y quien exige verla sin maquillar y con buena luz antes de hablar de 21 años. El veredicto más repetido es otro: se conserva bien para sus 52, pero representa unos 30.
Con la ciencia sin validar y el negocio en marcha, el único dato firme es el precio. Los 21 años, los telómeros y la promesa quedan a la espera de que alguien publique los análisis completos.