Escenarios futuros (5-10 años): ¿Deflación, Inflación o algo intermedio?
Llegamos a la pregunta crucial:
¿cómo terminará todo esto a medio plazo? No existe bola de cristal, pero podemos delinear varios
escenarios plausibles basados en la dinámica que hemos descrito. Los escenarios difieren en
cómo interactúan inflación, crecimiento, respuesta de políticas y confianza. Presentamos cuatro escenarios principales, desde el más disruptivo hasta el más benigno, pasando por casos intermedios:
Escenario 1: “Gran Recalibración” (Deflación de deuda seguida de revalorización del oro)
Resumen: Se produce una
crisis deflacionaria importante (similar a 2008 o peor) que purga los desequilibrios de deuda, seguida de una reacción monetaria masiva que deriva en inflación elevada. Es un escenario doloroso pero que
revalida el papel del oro al final.
Detonante: La inflación inicial resulta más persistente de lo deseado (por ejemplo, se mantiene en 4-5% en 2024). Los bancos centrales, temerosos de repetir los 70, siguen subiendo tasas y retirando liquidez (QT). Esto alcanza un punto de quiebre: algún eslabón del sistema financiero pint. Podría ser la quiebra de un gran fondo o banco expuesto a bonos (cuyos precios cayeron mucho con tasas altas), o una crisis de deuda soberana en un país muy endeudado (imaginemos Italia incapaz de refinanciar al 5-6% de interés, o una economía emergente grande suspendiendo pagos). El crédito se congela, los mercados entran en pánico.
Fase deflacionaria: Al desatarse la crisis, hay una
huida general a la liquidez. Todos venden lo que pueden para conseguir efectivo (dólares, euros). Esto provoca caídas abruptas en los precios de acciones, bonos corporativos, inmuebles, materias primas… incluso el oro inicialmente podría sufrir ventas (muchos inversores lo liquidan para cubrir pérdidas en otros sitios, como pasó en la fase inicial de 2008). En esta etapa reina la deflación de activos:
cash is king. El dólar probablemente se
fortalece temporalmente (sube su cotización, por demanda de refugio)
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. Las tasas de interés a corto plazo bajan rápidamente porque los bancos centrales giran 180º de política: de golpe recortan tipos para intentar contener el colapso. Aun así, la confianza está dañada y la economía entra en recesión aguda; el desempleo sube significativamente, la demanda se contrae y posiblemente los precios al consumidor dejan de subir o incluso bajan (deflación de precios de consumo moderada). Es un
“momento Exter” clásico: capital moviéndose en masa hacia la base de la pirámide (efectivo y oro).
Muchas entidades sobreapalancadas quiebran: empresas zombis no pueden refinanciarse y caen, bancos con mala gestión de riesgos se declaran insolventes, algunos gobiernos piden rescates al FMI o impagan parte de su deuda. La parte superior de la pirámide (derivados, etc.) sufre una contracción violenta de valor nocional.
Respuesta política: Los gobiernos y bancos centrales enfrentan un dilema extremo: dejar que la purga siga su curso (arriesgando una depresión prolongada estilo años 30) o
intervenir de forma aún más agresiva para “poner un piso”. Históricamente, optan por intervenir. Así que, tras algunos meses de caos, es de esperar un paquete de rescate sin precedentes: recortes de tasa a cero, reinstauración de QE pero multiplicado (por ejemplo, compra directa de acciones o bonos corporativos si hace falta, programas de crédito de emergencia), expansión fiscal coordinada (cheques de estímulo, gasto público en obras, etc.) financiada con la “maquinita” del banco central. En suma, vuelven a
inundar de dinero el sistema para frenar la caída libre.
Fase inflacionaria: Esta vez, sin embargo, la confianza en el papel moneda ha sido sacudida. La gente y empresas observan que ante cada problema, la solución es imprimir triliones… Empiezan a anticipar que eso erosionará aún más el valor del dinero. Por lo tanto, apenas se estabiliza la situación, hay un
reposicionamiento masivo hacia activos reales.
El oro despega como un cohete, alcanzando precios récord y subiéndolos día tras día. Ya no hay ventas forzadas sino compras desesperadas de oro como resguardo. Los bancos centrales de países con monedas débiles compran más oro aún (o activos como yuanes) para diversificar. Posiblemente también suben otros refugios alternativos como Bitcoin (al menos, en este escenario, criptomonedas podrían atraer a quienes buscan limitarse a oferta monetaria fija). La bolsa podría
rebotar desde mínimos gracias a la liquidez inyectada, pero ahora con alta inflación ese rebote nominal en términos reales quizá no signifique ganancias verdaderas. De hecho, en una hiperinflación histórica, las acciones pueden subir en nominal pero quedarse rezagadas del oro o de la inflación misma.
Este escenario termina con una especie de
“reset”: tras el caos, el valor de muchas deudas se habrá evaporado (por defaults en la fase 1 y por inflación en la fase 2). El oro posiblemente se habrá revalorizado varios múltiplos, restaurando en parte su rol monetario. Podría darse incluso una
reforma del sistema monetario internacional, por ejemplo, un nuevo acuerdo tipo Bretton Woods donde las monedas vuelvan a alguna referencia (no necesariamente patrón oro clásico, tal vez un patrón oro-divisas o una canasta de commodities). La pirámide de Exter se “reinicia” con un oro mucho más caro sirviendo de base más amplia, y capas superiores contraídas.
En resumen, es un escenario de
crisis severa pero purgativa. La inflación final podría incluso degenerar en hiperinflación en algunos países si se pierde totalmente la fe en la moneda (no es descartable que alguna potencia caiga en dinámica estilo Weimar durante la fase de rescate descontrolado). Para el inversor, este escenario validaría al oro como protección suprema: en la fase 1 (deflación) su precio en dólares pudo bajar algo, pero su
poder adquisitivo relativo subió (porque todo lo demás cayó más); y en la fase 2 (inflación), su precio nominal subiría drásticamente. Quien mantenga oro a través del ciclo conservaría o incrementaría su riqueza real, mientras muchos activos financieros convencionales tendrían pérdidas reales enormes.
Escenario 2: “Tormenta Inflacionaria” (Inflación descontrolada y colapso fiduciario)
Resumen: Las autoridades optan por
evitar la deflación a toda costa desde el inicio, inyectando liquidez ilimitada ante cualquier atisbo de crisis. Se sacrifica por completo la estabilidad del valor de la moneda, llevando a una inflación fuera de control o incluso hiperinflación. En última instancia, el sistema monetario fiat colapsa y debe ser reemplazado.
Detonante: Similar al escenario 1, podría haber un evento de estrés financiero (por ejemplo, un país importante entrando en recesión con mercados inestables), pero en este caso la respuesta de bancos centrales y gobiernos es inmediata y preventiva:
no dejan que quiebre lo grande, intervienen enseguida con salvatajes monetarios y fiscales masivos. Básicamente, deciden “inflar las penas” en lugar de permitir quiebras y contracción. Es posible que este enfoque se tome por motivos políticos (pánico a desempleo masivo, presión social, etc.). Un ejemplo hipotético: imaginemos que en 2024 la economía de EE. UU. entra en recesión antes de que la inflación haya vuelto al 2%. La Fed podría dar prioridad al crecimiento y revertir las tasas a la baja rápidamente, mientras el Tesoro lanza algún programa de estímulo financiado con la emisión de más deuda comprada por la Fed. Todo para evitar un mal mayor en el corto plazo.
Dinámica: Al principio, esta inundación de liquidez detiene la caída de mercados –celebración en Wall Street– y quizá la economía evita una recesión profunda. Pero la
inflación repunta con furia, porque las causas subyacentes (exceso de dinero) no solo no se corrigen sino que se agravan. El público percibe que cada vez que hay problemas, se “imprime dinero”, de modo que las expectativas de inflación a largo plazo se disparan. Se pierde la confianza en que el banco central mantenga alguna disciplina. Podríamos ver inflación de dos dígitos por varios años seguidos. La situación deviene en
estanflación severa: los estímulos evitan una depresión inmediata, pero la incertidumbre y la erosión de poder adquisitivo hacen que el crecimiento real sea nulo o negativo.
Pronto, los inversores extranjeros y locales huyen de los bonos gubernamentales denominados en esa moneda, forzando al banco central a comprarlos todos (
monetización total de la deuda, también llamado
control de la curva de rendimientos). Es decir, el banco central se compromete a imprimir lo que haga falta para que el Tesoro pueda financiar sus déficits a tasas bajas. Esto sella la suerte de la moneda: la oferta monetaria crece ya sin freno y sin demandantes genuinos, solo sostenida por decreto.
Clímax: En poco tiempo, la moneda fiduciaria principal sufre una
crisis de confianza global. Podría verse en la cotización del dólar (u otra moneda central) desplomándose en mercados FX, o en la cotización del oro disparándose en esa moneda. Por ejemplo, el oro podría pasar a valer no miles sino decenas de miles de unidades monetarias, en un movimiento parabólico que refleje la huida general desde el dinero papel hacia activos reales. Si el dólar es el protagonista de esta crisis, se desencadenaría un caos internacional dada su condición de moneda reserva: se tendrían que recalibrar contratos, reservas, etc. (Recordemos que en los 70s, tras la perdida de confianza en el dólar, se tardó casi una década –y Volcker– en restaurar un orden; en este escenario 2, la pérdida de confianza sería aún mayor, al punto de romper el sistema vigente).
Para el ciudadano, este es el peor escenario: los ahorros en moneda local se evaporan en valor real día a día. Aparecen comportamientos de huida de dinero (
“Gresham’s law”): la gente gasta el dinero
malo lo más rápido posible para deshacerse de él y guarda cualquier cosa que considere
buena (divisas extranjeras más fuertes, oro, bienes durables, alimentos, etc.). Es el típico escenario de hiperinflación/hundimiento monetario que han vivido países como Zimbabue o Venezuela en este siglo, aunque aquí aplicado a monedas mayores. Podrían instaurarse controles de precios (generando desabastecimiento) o control de cambios (que genera mercados zain) en un intento de los gobiernos por frenar la hemorragia, pero suelen ser inútiles si la causa es la pérdida de confianza.
Rol del oro: Brilla, literalmente. Todos quieren oro. Los bancos centrales que lo tienen, se niegan a venderlo (es su salvavidas). Los que no lo tienen, tratan de comprar o hacer swaps. El precio del oro en las monedas colapsantes sube exponencialmente –no porque el oro “valga más”, sino porque la moneda “vale menos” casi por minuto–. Quizá vemos en las noticias titulares sensacionalistas como “El oro supera el millón de (unidad monetaria X)”. Pero más que una inversión, en ese punto el oro actúa como
refugio de último recurso, para preservar riqueza básica a través del trastorno monetario.
Desenlace: Un colapso inflacionario siempre obliga eventualmente a un
cambio de régimen. O se dolariza la economía (siendo el dólar la moneda refugio tradicional; aunque si es el propio dólar el que colapsa, ese recurso no existe), o se introduce una nueva moneda con algún respaldo que le dé credibilidad. Por ejemplo, no sería descabellado que, tras una gran crisis inflacionaria, surgiera un acuerdo global para lanzar una nueva moneda internacional respaldada por una cesta de activos reales (oro, otros metales, quizá unidades de energía). En 1944 el dólar asumió la hegemonía respaldado por oro; algo así podría repetirse pero con otra mezcla. Otra posibilidad es que alguna criptomoneda o moneda digital de banco central reemplazara a la fiat colapsada, pero para que tenga valor seguramente debería estar ligada a algo estable (de lo contrario sería la misma gata pero digital).
En cualquier caso, este escenario 2 es
muy disruptivo social y políticamente. Suele conllevar cambios de gobierno, estallidos sociales, etc. En la Alemania de Weimar la hiperinflación preparó el caldo para extremismos. Por tanto, es un escenario que se tratará de evitar a toda costa… salvo que prefiramos el siguiente escenario 3, que muchos consideran milagroso pero no imposible.
Escenario 3: “Aterrizaje Suave” (Desinflación exitosa con crecimiento modesto)
Resumen: Contra las probabilidades históricas, los bancos centrales logran enfriar la inflación sin causar una recesión grave. La economía desacelera solo moderadamente, las cadenas de suministro se normalizan, y una mezcla de avances tecnológicos y disciplina fiscal permite reducir la inflación a niveles cómodos. Se evita tanto la deflación de deuda como la estanflación prolongada. Sería el
escenario más benigno para la sociedad en general.
Supuestos clave: Varias cosas tendrían que salir bien simultáneamente: 1) La inflación cede por factores favorables (por ejemplo, baja el precio de la energía de forma sostenible, se resuelve la guerra en Ucrania reduciendo tensiones en commodities, la reapertura de China tras la esa época en el 2020 de la que yo le hablo aumenta la oferta global de manufacturas abaratando bienes, etc.). 2) Los bancos centrales ajustan la política monetaria con mucho tino, subiendo lo suficiente para frenar expectativas inflacionarias pero no tanto como para romper algo importante. 3) Los gobiernos ayudan, retirando poco a poco los estímulos fiscales y quizás implementando reformas estructurales que mejoren la productividad (más oferta laboral, incentivos a inversión, etc.). 4) La tecnología aporta un viento de cola deflacionario: por ejemplo, la adopción masiva de
inteligencia artificial y automatización incrementa la productividad en múltiples sectores, abaratando costos de producción y compensando presiones inflacionarias salariales.
En suma, sería un
escenario de “Goldilocks” (ni muy caliente ni muy frío): la inflación vuelve al ~2% en un par de años sin un desempleo disparado. El crecimiento económico se recupera luego a tasas modestas pero positivas. La deuda pública, que parecía insostenible, se va reduciendo lentamente como porcentaje del PIB gracias al crecimiento nominal y a cierto control del gasto.
Mercados en este escenario: Probablemente los bonos se estabilizan y bajan sus rendimientos (porque la inflación ya no es amenaza, y los bancos centrales eventualmente recortan tasas a niveles neutrales). Las bolsas podrían comportarse razonablemente bien en términos reales, creciendo al ritmo de las ganancias corporativas genuinas. Sería un ambiente similar a 2013-2019: inflación baja, crecimiento bajo pero suficiente, tipos bajos, valuaciones altas pero justificables.
El oro en este caso perdería brillo. Sin la amenaza de inflación ni crisis, muchos inversores venderían sus posiciones de oro para rotar a activos de mayor rendimiento. Su precio podría retroceder o estancarse. A fin de cuentas, en un mundo de estabilidad, el oro (que rinde cero) compite poco contra bonos o acciones. Esto fue lo que ocurrió en los 80 y 90: tras Volcker, con inflación a la baja y confianza en las instituciones, el oro pasó casi 20 años dormido y las bolsas vivieron una era dorada.
Probabilidad y riesgos: Aunque deseable, muchos analistas ven este escenario como
el menos probable de los aquí listados. ¿Por qué? Por la
inercia y magnitud de los desequilibrios acumulados. Achicar un balance de la Fed de $9 a $5 billones sin incidentes parece quimérico. Subir la tasa lo justo para enfriar precios pero no para romper deudas es como hacer malabares con antorchas. Y políticamente, ¿habrá disciplina fiscal? (Recordemos que 2024 es año electoral en EE. UU. y probablemente habrá más presión por gastar que por ahorrar). Además, factores exógenos pueden descarrilar el plan: otro shock energético, una escalada geopolítica (¿Taiwán?), una crisis sanitaria inesperada, etc. Dicho eso, no es imposible que se consiga un período estilo
“Goldilocks”. Quizá la economía global de hoy, más basada en servicios digitales, sea menos sensible a tasas altas de lo que pensamos, permitiendo purgar algo de inflación sin colapso. Por ejemplo, hasta mediados de 2023, EE. UU. mostró un mercado laboral robusto pese a las subidas de tipos, insinuando que tal vez se pueda enfriar inflación (que bajó de 9% a ~3%) con solo un leve aumento de desempleo. Si esa tendencia continuase, este escenario ganaría plausibilidad.
Consecuencias de largo plazo: Incluso con aterrizaje suave, quedarían retos. La deuda pública seguiría alta, requiriendo años de prudencia para bajarla. Los bancos centrales tendrían que vigilar no “revivir” burbujas con el regreso a tasas bajas. El oro quizás volvería a ser un activo marginal hasta que la memoria de esta crisis se disipe y la próxima generación repita excesos (así es la naturaleza cíclica). Pero al menos se habría ganado tiempo y evitado calamidades inmediatas.
En resumen, es un
escenario optimista donde gradualmente todo encaja: la inflación baja sin depresión, las monedas mantienen su valor, la confianza se preserva.
Escenario 4: “Estanflación prolongada” (la vía lenta de la inflación controlada)
Resumen: Este escenario es un punto intermedio entre el 2 y el 3. Ni cataclismo hiperinflacionario ni aterrizaje perfecto. En cambio, las economías caen en un
periodo multi-anual de crecimiento anémico con inflación moderadamente alta (por encima de la meta, pero no explosiva). Sería una especie de década pérdida en términos de mejoras de nivel de vida, donde la inflación funciona como “impuesto silencioso” que reduce el peso real de las deudas, a costa de mantener a dosis de poleo el dinamismo económico.
Dinámica: Imaginemos que la inflación se aferra en un rango, digamos 4-6%, pese a esfuerzos monetarios. Los bancos centrales, tras llevar tasas a cierto nivel (ej. 4-5%), dudan en subir más para no hundir la economía, de modo que toleran inflación un par de puntos por encima de la meta con la esperanza de que ceda sola eventualmente. La economía, sin embargo, no crece mucho –tal vez oscila entre trimestres levemente positivos y leves recesiones técnicas–. El desempleo puede aumentar algo pero no dramáticamente, aunque el empleo es de menor calidad (subempleo, salarios que no avanzan a la par de precios). Es una situación parecida a finales de los 70 antes de Volcker, o a algunos países europeos en 2010-2014 (estancamiento con inflación algo alta por commodity shocks).
Política económica: Los gobiernos, al ver alto desempleo, quisieran estimular, pero si gastan demasiado empeoran la inflación; quedan maniatados, optando por medidas tibias (ej. controles de precios selectivos, alivios fiscales temporales) que no resuelven de fondo. Los bancos centrales hablan duro contra la inflación pero en la práctica la permiten sobre la meta por tiempo prolongado, evitando subir tasas a niveles que juzgan políticamente inviables. Es decir, se elige conscientemente una
inflación relativamente alta como mal menor, para
licuar deudas gradualmente. De hecho, en este escenario, con inflación 5% y tasas en 3%, cada año la deuda pública se reduce 2% del PIB en términos reales sin pagos explícitos –un alivio para los estados endeudados–. Esto es lo que se llama
represión financiera: mantener rendimientos de ahorro por debajo de la inflación para transferir recursos de ahorradores a deudores (el mayor deudor, el Estado).
Impacto en activos: Las bolsas podrían tener un desempeño errático. Por un lado, la inflación les da cierto soporte nominal (ingresos de empresas crecen en moneda corriente), pero por otro, las valuaciones suelen comprimirse con inflación elevada y poca certidumbre. Probablemente los índices bursátiles floten sin rumbo claro en términos reales, con mucha rotación sectorial (empresas con poder de fijación de precios lo hacen mejor, sectores cíclicos peor, etc.). Los bonos a largo plazo darían rendimientos reales pobres o negativos (p. ej., un bono al 5% con inflación 5% rinde 0% real, y quizás menos si impuestos).
El oro en este contexto tiende a mantener su valor o apreciarse moderadamente. No vuela a la luna como en hiperinflación, pero cada año de 5% de inflación erosiona confianza y alimenta demanda de refugio: inversores prudentes mantienen oro como hedge. Posiblemente veríamos al oro subiendo en la década un ritmo similar a la inflación o un poco más, protegiendo el poder adquisitivo de sus tenedores frente a otros instrumentos que no lo logran.
Sociopolítica: La población experimenta una erosión lenta de su poder de compra. Los salarios van por detrás de los precios, generando malestar. Puede haber mayor conflictividad laboral (huelgas pidiendo aumentos, etc.). Políticamente, gobiernos podrían cambiar con frecuencia ante la frustración ciudadana, pero el rumbo económico en esencia no varía mucho porque las opciones están limitadas por la realidad de deuda e inflación.
Este escenario es básicamente una
“salida” inflacionaria disfrazada: en lugar de default explícito, se realiza un default parcial implícito a través de la inflación sostenida. Históricamente, tras la Segunda Guerra Mundial muchos países redujeron sus enormes deudas con un par de décadas de inflación moderada pero constante combinada con controles que mantenían los tipos de interés bajos –justamente represión financiera–. La diferencia hoy es que la inflación se había dormido tanto tiempo que su regreso es políticamente difícil de manejar (la gente no está habituada a 5-6% anual y lo resiente mucho).
Final del camino: Si este escenario se prolonga, con el tiempo la deuda sí baja a niveles manejables. Quizá tras 5-7 años de inflación moderada, la relación deuda/PIB de un EE. UU. baja de 120% a, digamos, 90%. Entonces el banco central podría declarar victoria y volver a metas estrictas de 2%. Claro que, para entonces, el ahorrador doméstico habría perdido buena parte de su riqueza real. Es una “solución” que favorece a deudores (gobierno, algunos hogares endeudados) a costa de acreedores (tenedores de bonos, ahorristas bancarios). En todo caso, una vez reequilibrado el sistema, podría venir un periodo de prosperidad renovada –como los 50s después de licuar las deudas de guerra en los 40s–.
Este escenario 4 es
menos traumático en el corto plazo que el 1 o 2, pero conlleva
una década mediocre. Es quizás atractivo para políticos porque evita decisiones drásticas y reparte el dolor en pequeñas dosis a lo largo de años (esperando que la rana no salte de la olla). Para el inversor, implica buscar activos que
igualen o superen la inflación consistentemente: bienes raíces, acciones con dividendos crecientes, oro, etc. Mantener efectivo o bonos tradicionales significaría perder lento pero seguro.
Estos cuatro escenarios no son mutuamente excluyentes totalmente; podríamos ver transiciones o combinaciones. Por ejemplo, un camino posible es: primero estanflación (escenario 4) por unos años, pero si la inflación no baja lo suficiente y la deuda sigue alta, eventualmente deriva en escenario 1 (crisis deflacionaria) o escenario 2 (inflación desbocada) dependiendo de la respuesta.
La
pirámide de Exter nos recuerda que, en última instancia, la base (oro y efectivo) soporta todo. Si la confianza en las capas superiores (derivados, deudas) se quiebra, el valor corre colina abajo hacia la base. Todos los caminos en nuestros escenarios tienden a una conclusión: una
revalorización relativa del oro respecto a otros activos. Ya sea vía deflación (escenario 1: todo cae en términos de oro) o vía inflación (escenario 2: oro sube nominalmente más que otros) o vía estanflación (escenario 4: oro mantiene valor mientras otros pierden ligeramente), el
oro sale fortalecido. Solo en el escenario 3 (aterrizaje suave) el oro saldría perdiendo brillo, porque se restablecería el orden convencional de bajas inflaciones y confianza plena en las monedas.
Conclusiones
El análisis de las últimas dos décadas y los posibles futuros convergen en una idea central: el sistema financiero global ha estado viviendo de la
expansión sin precedentes del crédito y la masa monetaria, lo cual infló conjuntamente activos refugio (oro) y activos de riesgo (bolsa)
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. Esta bonanza aparente lleva consigo desequilibrios que eventualmente deben resolverse, bien sea mediante
deflación (ajuste de cuentas), mediante
inflación (devaluación monetaria), o una mezcla de ambas en dosis controladas. La “teoría de la pirámide de Exter” con el oro en su base ha demostrado su validez en este tiempo: el oro, aun sin rendimiento, igualó al S&P 500 en retorno porque sirvió de
ancla de valor frente a la degradación del denominador monetario, confirmándose como dinero sólido
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.
Lejos de refutar la tesis de Exter, el paralelo 700% en oro y bolsa la
confirma: indica que la subida colosal de las acciones fue, en gran medida, un
espejismo monetario, más que puras ganancias de productividad. Como mencionó un analista,
“cuando se valúa el S&P 500 en dinero duro (oro), se ve que hay muy poco crecimiento real; la mayor parte de las ganancias masivas vinieron a expensas del dólar”
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Mirando adelante, los escenarios expuestos dibujan diferentes caminos para retornar a un equilibrio. Ninguno es indoloro: o duele rápido (crisis deflacionaria), o duele lento (inflación sostenida), o exigirá una conjunción poco común de factores para no doler (aterrizaje suave). En todos los casos,
la gestión prudente del riesgo será clave para individuos e instituciones. Diversificar entre activos nominales y reales, mantener algo de liquidez pero también coberturas contra inflación, será una estrategia de seguro ante la incertidumbre.
Para los bancos centrales, el reto es recuperar la credibilidad sin romper el sistema. Quizás deban pensar en reformas monetarias más profundas una vez pasada la tormenta: se discuten desde la emisión de
monedas digitales de banco central (que podrían dar más control fino de la oferta monetaria) hasta incluso
aumentar las reservas de oro en los bancos centrales para reforzar confianza (de hecho, ya está ocurriendo: las compras oficiales de oro alcanzaron récords, impulsadas por la erosión de confianza en el dólar
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). No sería sorprendente que, tras décadas relegado, el oro vuelva a jugar un papel más explícito en el sistema monetario futuro –ya sea respaldando parcialmente monedas o en acuerdos de comercio bilateral–, sobre todo si se materializa un escenario 1 o 2 que fuerce un “reset”.
En conclusión, el periodo 2005-2025 nos enseñó que
podemos “inflar” problemas durante mucho tiempo, pero no evaporarlos. El retorno equivalente del oro y las acciones refleja una realidad:
la verdadera depreciación ha sido la del dinero fiat. Hacia 2030, podríamos encontrarnos en un mundo con un patrón monetario distinto, fruto de las lecciones aprendidas en esta fase turbulenta. Tal vez las economías opten por mayor disciplina (como tras Volcker) o tal vez por un nuevo acuerdo multilateral con activos reales involucrados. Sea cual sea el camino, conviene estar preparados.
El
investigador y banquero John Exter quizás lo resumiría así:
“El sistema financiero es una pirámide invertida precariamente asentada sobre una pequeña base de confianza real. Cuando la confianza tambalea, el valor desciende por gravedad hacia esa base”. Estamos en un momento donde la confianza en el dinero fiat y la deuda se cuestiona; por ende, más que nunca, hay que vigilar la base de la pirámide.
Referencias y fuentes de datos empleadas:
- Estadísticas históricas de retornos de oro vs S&P 500
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, ratios S&P/oro
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y Dow/oro
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, ilustrando la “deflación” de activos en términos de oro en ciertos periodos.
- Datos de expansión monetaria: incremento de M2 y balance de la Fed (ej. +18% solo en 2020)
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, Fed de 2007 a 2022 ($870 mm a $9 billones)
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.
- Indicadores de inflación: pico de 9.1% en EE. UU. (junio 2022)
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, ruptura de máximos de 40 años.
- Movimientos del dólar: alza a máximos 20 años en 2022
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.
- Comportamiento de bancos centrales: compras récord de oro (2022-2023)
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, reflejando búsqueda de activos alternativos al dólar.
- Concepto de pirámide de Exter y liquidez: definición y niveles
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, análisis del efecto “marea de liquidez” elevando oro y bolsas por igual
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.
- Estudios comparativos de velocidad y magnitud de alzas de tipos (ciclo 2022 el más rápido en décadas)
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.
- Análogo histórico de estanflación: desempeño de acciones vs oro en los 1970s
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.
Cada uno de estos elementos alimentó nuestro análisis integral. La conclusión principal es que
los próximos años definirán el valor real de los ahorros de toda una generación. Ya sea por inflación o deflación, por acción u omisión de los bancos centrales, se avecina una “recalibración” del sistema. Como se ha argumentado, el oro lleva ventaja como termómetro y refugio en este proceso –no por magia, sino porque es el único activo financiero que no depende de la promesa de otro (no tiene riesgo de contraparte, no puede emitirse sin costo)–.
Habrá que observar cuidadosamente las señales (inflación subyacente, expectativas, estrés financiero) para identificar cuál de los escenarios es más probable e ir ajustando estrategias. Lo que está claro es que
no se puede imprimir indefinidamente riqueza real, solo deuda y dinero. Cuando esos pasivos superan cierto umbral, la confianza que los sostiene tiende a ceder. Ya sea a través de un ajuste de mercado o de un reajuste de políticas, el sistema buscará apoyo nuevamente en fundamentos reales. En palabras del veterano inversor John Hathaway:
“A medida que el capital huya de los activos sobrevalorados, la escasez y atractivo de refugio del oro podrían llevar su precio a múltiplos del actual”
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. Esa prospectiva, emitida en 2025, encapsula la lógica de la pirámide de Exter: al final, la base (oro) sostiene y rescata al sistema cuando las capas superiores fallan.
En definitiva, nos acercamos a un punto de inflexión histórico en el que se pondrá a prueba la resiliencia de las monedas fiduciarias y la habilidad de las autoridades para gestionar las consecuencias de sus propias políticas. Inflación, deflación, estanflación, fortaleza o debilidad del dólar… todos estos fenómenos son diferentes manifestaciones de un mismo fenómeno subyacente:
el exceso de liquidez y endeudamiento acumulado. La forma exacta en que se descargue esa energía acumulada definirá el panorama económico de la próxima década. Y en cualquier caso, conviene mantener la vista en el denominador común –la calidad del dinero–, porque como hemos visto,
“en términos de oro, muy poco crecimiento es real”
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. Mantener una perspectiva de largo plazo y diversificación será la mejor brújula para navegar las aguas inciertas que se avecinan.