Lonchafinismo autodestructivo: un año calentando agua en una olla
Un varón de 44 años, divorciado desde hace cinco y residente en un piso de alquiler, lleva más de un año sin calentador de agua. Se ducha calentando agua en una cacerola grande y se apaña con un cazo y una palangana. La cisterna del inodoro arrastra un alambre enroscado en la válvula del que tira lo mínimo. El desagüe del fregadero lo desvió a un cubo donde recoge el agua de fregar los platos, que después reutiliza. No lo relata como una desgracia. Lo relata como una elección.
Es el retrato que él mismo resume bajo la etiqueta de
lonchafinismo autodestructivo: el
ahorro llevado hasta un punto en el que la duda ya no es cuánto se gasta, sino si esta vida merece la pena. La conversación que arrancó con su caso ha ido sumando respuestas y ha saltado del detalle doméstico a una pregunta incómoda: qué parte de renunciar al consumo es virtud y qué parte es castigo.
La cesta de la compra: arroz, legumbres, pollo y atún al natural
Su dieta se apoya en arroz, legumbres, pasta y patatas como base, con las proteínas cubiertas por pollo y atún al natural en lata. Come en una mesita plegable, sin mantel: para eso usa los catálogos promocionales que le llegan al buzón. En el piso hay un armario, una cama y poco más. Cuando necesita madera para una estantería, sale a la calle los martes por la noche, el día en que el barrio saca los trastos viejos.
El ocio no existe como partida. Una vez por semana viene su único amigo y se toman una cerveza de un euro que estiran hasta una hora en un bar. La ropa se reduce a lo imprescindible, con una excepción: las zapatillas de correr. Las compró buenas por problemas de espalda, una de las pocas concesiones que reconoce.
El agua de casa: cisterna con alambre y un cubo bajo el fregadero
El ahorro doméstico se organiza alrededor del agua. La cisterna funciona con un alambre enroscado en la válvula del que tira el tiempo justo. El desagüe de la pica va a parar a un cubo, y ese agua vuelve a usarse. La lógica es sencilla: cada litro que no se tira es un litro que no se paga. Lo que no cuadra, admiten algunos, es el esfuerzo humano que eso exige a cambio de tan poco dinero.
En ese terreno aparecen dos prácticas que el propio autor reconoce sin adornos: coger papel higiénico en su trabajo y recoger las muestras de lavavajillas que dejan en los buzones de los vecinos. Son gestos pequeños, pero marcan la frontera entre apretarse el cinturón y salirse del marco.
¿Quién paga la reparación del calentador estropeado?
El gasto que más se discute no es la comida, es el calentador. En el hilo, varios participantes sostienen que, al estar la vivienda alquilada, la reparación corresponde al propietario. Ahí asoma la contradicción del personaje: asegura tener trabajo y algún dinero ahorrado, así que no lo presenta como pobreza, sino como una decisión.
De ahí sale la lectura más incómoda, la que sostiene un participante: un ahorro de este tipo puede no apoyarse en la necesidad sino en una aversión que se retroalimenta. Quien empieza privándose de cosas pequeñas acaba privándose de todas, avisa, y el ahorro deja de tener un objetivo para convertirse en un fin en sí mismo.
Ducharse con agua fría: del apaño de la olla a un método con partidarios
La parte que más ha cundido no es la económica, es la ducha. Mientras el autor calienta agua en una olla, otros han probado a ducharse directamente con agua fría y han contado su experiencia: mojar primero los pies, después las piernas, luego el pecho y el cuello, y dejar la cabeza para el final. El secreto, sostienen, es entrar con la respiración controlada y no parar de masajear la piel.
Un testimonio asegura llevar semanas con el método y notar que la piel lo lleva mejor que con agua caliente. Otro dice que sale de la ducha
más vivo. El argumento no es solo el dinero —en el hilo se citan unos diez euros al mes—, sino la idea de no dar ni un euro de más a las grandes empresas. La ducha fría funciona aquí como emblema: un gesto pequeño contra el consumo, replicable en cualquier casa.
La disputa de fondo: derecho a vivir así o señal de alarma
No hay acuerdo. Una parte responde que, si a alguien le reconforta su forma de vida, no hay nada que corregir. Otra avisa de que la tacañería engancha. Y una tercera sospecha directamente un ejercicio de provocación: calentar agua en una olla cuesta más trabajo que ducharse frío, de modo que el relato no cuadra.
Entre medias, el caso se desplaza de lo individual a lo colectivo. Aparece la comparación con quien muere con un millón en el banco, la defensa de ahorrar por si el trabajo desaparece y el aviso contrario: el ahorro solo se pierde si uno se muere, así que no tiene sentido vaciar la vida para engordar una cuenta.
El disfraz, la colonia y el reloj de la exmujer
Hay un detalle que reordena todo. El autor admite que disimula. Guarda una estantería con ropa de salir, unos zapatos y un reloj de pulsera que fue regalo de su exmujer, y los usa como disfraz en las ocasiones señaladas. Va aseado, afeitado y con colonia. No quiere que se note.
Apenas usa la televisión: solo conecta un portátil con Linux al aparato, comprado en un outlet de artículos con tara, y evita las grandes superficies y las aglomeraciones. También confiesa que el sexo le parece sobrevalorado y que cada vez le da más pereza el trámite de llegar a él. Lo llama crisis de valores y pregunta, en voz alta, si esto es vida y, siéndolo, si es digna.
La última vuelta de tuerca no la da un economista: la da una gotera. El techo del baño se ha rajado casi por completo y su plan para el fin de semana es buscar una madera en la calle, el martes, como todo lo demás.