España en los 80: 22% de paro y récord mundial de atracos
¿Se vivía mejor en los años 80 que ahora? Es la pregunta que dispara cada vídeo nostálgico de calles sin móviles y niños jugando hasta la noche. Y al bajarla a los datos, la respuesta se parte en dos mitades que no encajan: en 1984 el desempleo rondaba el 20-22% de la población activa y España batió el récord mundial de asaltos a sucursales bancarias, mientras un obrero de 27 años podía permitirse trabajo fijo, casa, coche y novia. Las dos cosas son ciertas a la vez. La nostalgia solo se queda con una.
El 22% de paro que los vídeos nostálgicos borran
Hay cifras que no aparecen en los montajes de VHS. En 1984, la tasa de desempleo en España se movía entre el 20% y el 22% de la población activa. Ese mismo año el país lideró el ranking mundial de asaltos a sucursales bancarias. Y ciudades como Ferrol se hundieron con la desindustrialización, un proceso cuyo rastro llega hasta hoy.
El resumen económico de la época, en tres líneas:
- Paro: 20-22% de la población activa en 1984
- Delincuencia: récord mundial de atracos a bancos ese mismo año
- Vacaciones: 30 días en verano, 10 en Navidad y 7 en Semana Santa, con paga extra en la empresa privada
La contradicción no es un error de cálculo. Es que ambas cosas coexistieron: precariedad brutal y un empleo industrial que sostenía familias enteras. Hay quien sostiene que aquella desindustrialización es precisamente la herencia que hoy se critica, y que el problema no está en quienes vivieron la década, sino en lo que se construyó después.
El cine quinqui no era ficción: era documento
Frente al relato amable se alza el otro: la España de la heroína, los descampados y las navajas. Películas como Navajeros, Colegas, El Pico 1 y 2 o La estanquera de Vallecas, firmadas por Eloy de la Iglesia, tienen para una parte del análisis un valor casi documental. Lo mismo se dice de Henry, retrato de un asesino al otro lado del Atlántico.
No son anécdotas de guion. Hay quien recuerda haber sido rodeado con 13 años por un grupo de chavales y despojado a punta de navaja de unas 50 pesetas, y años después, con la hoja en el cuello, de 1.000 pesetas y el DNI. Barrios como el Polígono Gornal, La Mina, Torre Baró, Can Tunis o Can Clos concentraban esa realidad. Quien creció en ellos no idealiza la década, la reconoce.
El carro lleno y el walkman del laboratorio
La otra cara se defiende con detalle doméstico: un carro de la compra lleno una vez por semana, sueldos que daban para casa y coche, colegios y hospitales públicos que funcionaban. Un obrero de 27 años en 1980 tenía trabajo fijo, vivienda, vehículo y pareja. Los críos vivían en la calle, volvían a casa a comer y a dormir, y en las fiestas del barrio aguantaban hasta las cuatro de la mañana.
También hay objetos que funcionan como fetiche generacional. Un Sony azul y plata con auriculares de espuma naranja, el primer walkman que se vio en un aula, pasó de mano en mano en un laboratorio de ciencias de un colegio de Cartagena para escuchar el Time de ELO. Quien lo cuenta asegura que lo recuerda como el primer día.
El vídeo americano que no retrata España
Buena parte del desencuentro nace del material de partida: montajes estadounidenses con adolescentes delgados, melenas estratosféricas y aceras impolutas. La crítica es directa: no existe una cultura compartida con aquel país solo porque su cine llegara doblado. Y si se quiere comparar, en 1980 había Italia, Francia, Portugal o Argentina para hacerlo.
Ese mismo hilo de análisis apunta a algo más incómodo: la estética de la década era ya una forma de aculturación importada, y resulta llamativo que quienes reivindican lo autóctono añoren precisamente el envoltorio anglosajón. El contraste se extiende a la composición de las aulas. Quien cursó EGB en Oviedo, Málaga y Las Palmas recuerda haber coincidido con dos alumnos extranjeros en ocho cursos. Hoy la fotografía de una clase es otra, y el cambio demográfico se ha producido en pocas décadas.
¿Más felices o más libres?
Aquí el matiz es más interesante que el titular. Una corriente admite que hoy se vive con más comodidad pero sostiene que se ha ganado en bienestar y se ha perdido en libertad, y que el ser humano no está diseñado para ser feliz a todas horas. Otra defiende, sin rubor, que los 80 fueron la mejor década de la historia de Occidente. Y una tercera, la más incómoda, viene de quienes sufrieron robos y violencia y aun así volverían: no por lo que había entonces, sino porque la imprevisibilidad de ahora les da más miedo que la navaja de ayer.
Lo que nadie discute es que el pasado siempre sale más barato cuando ya no se puede comprobar. Sin móviles, sin redes sociales y sin nadie grabando, ningún ochentero tendrá que demostrar nunca que aquello era tan bueno como dice recordarlo.