Donde el vídeo pone luz, la hemeroteca pone heroína: así era la España de los 80
¿Se vivía mejor en los años 80 que ahora? La pregunta vuelve cada vez que un vídeo de estética ochentera se hace viral, con melenas, coches americanos y familias sonrientes de dientes perfectos. Y la respuesta depende de si quien contesta mira esa cinta de Hollywood o mira la hemeroteca española. Porque la nostalgia de los 80 tiene dos caras y las dos son ciertas: la del walkman y las vacaciones pagadas de 30 días, y la del paro del 22%, la heroína en los portales y el cine quinqui. Solo que una cara se comparte en redes y la otra aparece en los libros de historia.
El vídeo que reabre la comparación entre los 80 y la actualidad
El detonante es un montaje que idealiza la década: cuerpos delgados, calles impolutas, vecinos sin móvil y una supuesta libertad perdida. La primera objeción llega rápido: eso no es España, es la colonia cultural del país que doblaba las series americanas. La mayor parte de aquel territorio no se parecía a Los Ángeles ni de lejos.
Frente al vídeo limpio asoma el otro archivo, el del cine de Eloy de la Iglesia —Navajeros, Colegas, El Pico y su secuela, La estanquera de Vallecas—, que documenta un Madrid y una Barcelona de descampados, jeringuillas y yonkis. En 1984 la tasa de desempleo rondaba entre el 20% y el 22% de la población activa, y ese mismo año España batió el récord mundial de asaltos a sucursales bancarias. Ciudades como Ferrol se hundieron con la desindustrialización. La película no era un género: era un reportaje.
El otro dato: el obrero de 27 años con casa, coche y novia
La nostalgia no es solo estética. Hay una aritmética que se repite hasta el cansancio: en 1980 un obrero de 27 años tenía trabajo fijo, una casa, un coche y una novia. El carro de la compra se llenaba una vez por semana, las vacaciones pagadas eran de 30 días en verano, 10 en Navidad y 7 en Semana Santa, y había paga extra también en la empresa privada. Ese es el dato que escuece, el que no sale en los gráficos de productividad.
¿Más felices o más libres? El eje del desacuerdo
La discusión de fondo no es si aquello era más feliz. Es si era más libre. Una parte del análisis sostiene que hoy somos más felices pero menos libres, y que el ser humano no está hecho para ser feliz todo el tiempo sino para ser libre. Suena a frase de sobremesa. También suena a diagnóstico incómodo.
Enfrente pesa el argumento contrario: que la felicidad medida en derechos, sanidad y esperanza de vida no admite melancolía, y que confundir la infancia propia con la edad de oro de un país es el sesgo más viejo del mundo. El que fue niño en los 80 recuerda una calle sin miedo porque tenía ocho años, no porque la calle fuera segura.
La acusación que incomoda a todos los bandos
A la fiesta ochentera se le cuelga además una acusación molesta: que buena parte de lo que se añora nació de la anglosajonización cultural, la misma que hoy se critica cuando llega con otros colores. La música, el cine y las modas que definieron la década venían de fuera, igual que las de ahora. Quien defiende lo autóctono y a la vez suspira por los 80 estaría, según este argumento, besando el mismo caballo de Troya con distinta etiqueta.
Queda el detalle que nadie resuelve: el primer walkman, azul y plata con auriculares de espuma naranja, que un compañero de colegio llevó un día a clase y que se pasó de mano en mano para escuchar el Time de la ELO. Cuatro décadas después seguimos discutiendo si aquel país era mejor. La mayoría lo hace, cómo no, desde un móvil que entonces no existía. Y con prisa, no vaya a ser que se acabe la batería.