Alemania culpa a Rusia de la crisis que ella misma se fabricó
El canciller Olav Scholz sostiene que Rusia cortó los suministros energéticos a Alemania y que eso provocó los problemas económicos y la inflación. La secuencia real, según la documentación que circula sobre el caso, es la inversa: fue Alemania la que decidió dejar de importar gas ruso. El detalle no es menor. Sobre esa inversión de causa y efecto se ha construido buena parte del relato oficial con el que se explica el desplome industrial alemán, y hay quien añade que Scholz carga además contra su predecesora, Angela Merkel, para escurrir el bulto.
Qué dijo Scholz y qué dicen los datos
La tesis del canciller alemán es simple: Rusia cerró el grifo, la energía se encareció y la economía germana entró en barrena. El problema es que el gas ruso era, antes del corte,
más barato que el que Alemania compra ahora. Y el corte no lo decretó Moscú: lo decretó Berlín. Quien cierra la puerta no puede luego facturar el portazo al vecino.
Hay una pregunta que se cae por su propio peso y que el relato oficial no responde:
si los rusos querían vender gas, para qué iban a volar sus propios gasoductos. Les bastaba con cerrar la válvula desde su lado. Que alguien distinto tuviera interés en que Alemania y Rusia no hicieran negocio es una hipótesis que circula con insistencia y que nadie ha desmentido con pruebas.
La tercera parte interesada en el Nord Stream
El sabotaje del Nord Stream es la pieza que no encaja en la versión oficial. Si el objetivo ruso era estrangular a Alemania, bastaba con no abrir el grifo. La voladura añade un actor que gana con la ruptura: quien quería impedir que la industria alemana siguiera alimentándose de energía barata y que Berlín y Moscú volvieran a entenderse.
En paralelo, la reconstrucción del suministro alemán tiene su propia lógica. Se ha pasado de una red de gasoductos a un plan de plantas licuadoras de gas procedente del fracking, con un coste declarado
cuatro veces superior al del gas ruso y miles de millones de inversión. Si hay dinero y voluntad para montar esa infraestructura, la pregunta incómoda es por qué no la había para mantener la que ya funcionaba.
El hundimiento industrial y la factura de la energía
El resultado es una economía que pierde su ventaja competitiva más básica: energía barata. La industria alemana, que se construyó sobre gas ruso asequible, afronta ahora costes que sus competidores no tienen. A eso se suma la réplica china, capaz de fabricar con calidad equivalente a un tercio del precio, y un mercado ruso que se cierra.
Hay quien sostiene que el problema no es energético sino monetario: que las crisis inflacionarias son siempre fenómenos de dinero y que el BCE lleva años con la máquina en marcha, con el grifo abierto desde antes de la pandemia para tapar los agujeros de la banca alemana. Desde esa lectura, echar la culpa al gas es una forma cómoda de esconder que la inflación se cocinó en Fráncfort.
¿Por qué Alemania no puede permitirse perder el gas ruso?
Porque su modelo industrial se diseñó sobre esa energía. La química, el automóvil y la maquinaria pesada alemanes compiten en precio con insumos energéticos que ahora cuestan varias veces más. Sin gas barato, la ecuación de costes se rompe y la deslocalización deja de ser una amenaza para convertirse en una decisión de manual.
La paradoja es que el país que durante décadas fue el motor europeo aparece ahora como el eslabón más frágil. Y quien lo dirige no señala a quien tomó la decisión de renunciar al suministro, sino a quien lo vendía.
La alianza inevitable y el calendario político
La tesis de fondo que recorre el análisis es que la alianza económica entre Alemania y Rusia es inevitable, porque es la más lógica desde el punto de vista de los recursos y la industria. La próxima vez será menos beneficiosa para Alemania, pero llegará. El cambio político en Berlín y, por extensión, en Europa, se da por descontado: puede acelerarse con un giro en Washington o tardar unos años, pero no se detiene.
Mientras tanto, la OTAN aparece como una estructura sin capacidad real de sostener un conflicto con Rusia. Los ejércitos europeos no están operativos para una guerra de desgaste y el único que ha demostrado funcionar sobre el terreno es el ucraniano. La disuasión, sin músculo detrás, es retórica.
El análisis se atasca exactamente aquí: si la decisión de renunciar al gas ruso fue un error de cálculo, una imposición externa o una demolición deliberada de la industria europea desde dentro. Ninguna de las tres explicaciones cierra del todo. Y la que más se repite no es la que más pruebas tiene.