Abucheos a Scholz en un acto del SPD: «bandido» e «instigador de la guerra»
Un centenar de personas recibió a Olaf Scholz al grito de «instigador de la guerra», «mentiroso» y «bandido» cuando el canciller alemán subía al escenario de un acto del Partido Socialdemócrata en Falkensee, en el estado federado de Brandeburgo. Algunos reportes elevan la cifra de críticos a 300. El vídeo del incidente circula como prueba de que una parte del electorado alemán empieza a pasar factura por el envío de armas a Ucrania.
Scholz no se quedó callado.
«El instigador de la guerra es Putin, él invadió Ucrania con 200.000 soldados», replicó desde el atril. Defendió la ayuda militar con el argumento de que «esto es necesario cuando un país es atacado, entonces tiene que poder defenderse». El ministro presidente de Brandeburgo, Dietmar Woidke, también se llevó su ración de abucheos.
Qué pasó en Falkensee y por qué el vídeo se viraliza
El acto no era un mitin cualquiera. Falkensee, a las afueras de Berlín, es territorio donde el SPD se juega el voto de proximidad, y la escena de un canciller gritando por encima de su propio electorado tiene lectura política inmediata. La respuesta de Woidke fue subir el tono:
«Esta manifestación, de hecho, tener lugar en la Plaza Roja, delante del Kremlin», dijo, invitando a los asistentes a pedirle a Putin que se deshaga de sus armas. La frase, gramaticalmente atropellada, resume la incomodidad del partido ante su propia base.
El episodio se suma a una secuencia más larga. Desde el inicio de la invasión, la coalición semáforo ha defendido el envío de material militar como línea roja de su política exterior. Lo que cambia aquí es el escenario: no es una protesta de la oposición ni de la ultraderecha, es un acto interno del SPD.
Ahí duele.
El argumento económico: la locomotora alemana gripada
La crítica al canciller no se queda en Ucrania. Una parte del análisis sostiene que el coste de sostener a Kiev se está pagando con la recesión alemana.
«El agujero que mata de verdad es el de la economía alemana que ya está en recesión», resume una de las intervenciones más repetidas, que añade que los ajustes en toda Europa serán «de órdago» porque la locomotora está gripada. El mismo argumento señala que Scholz «ya ha hecho a los alemanes un poquito más pobres» y que insistir con Ucrania puede mandar al país «a tomar porculo».
Frente a eso, otra corriente recuerda que la inflación de la eurozona ya era del 6% en febrero de 2022, antes de que la guerra escalara, y que el precio de la energía es hoy bastante inferior al de aquel mes. La subida de tipos, añaden, no tiene nada que ver con Ucrania. El desacuerdo no es menor: unos ven causalidad entre el envío de armas y la recesión; otros, simple coincidencia temporal.
El doble rasero como eje del debate
Buena parte del intercambio deriva hacia la comparación entre lo que se puede hacer en Alemania y lo que se puede hacer en Rusia.
«Haces eso en Rusia y vuelves con agujeros extra», resume una postura que sostiene que la libertad de abuchear a Scholz no existe en Moscú y que Occidente no debería presumir de ella mientras defiende a un país en guerra. La contrarréplica llega con el argumento de la excepcionalidad: en Alemania se puede insultar a Scholz porque es un títere, no un jefe de Estado al mismo nivel de Putin; si en el escenario hubiera «de verdad un líder», ya veríamos si no lo meten en el calabozo.
La discusión se enreda en episodios concretos. Se menciona la Casa de los Sindicatos de Odesa como máxima expresión de la violencia en Ucrania desde 2014, y se responde que eso es lo que dice el Kremlin. Se citan blogueros y tuiteros prorrusos asesinados, y se replica que Putin a lo sumo envenena a algún opositor.
Nadie mueve ficha.
Del abucheo a Scholz al desgaste de los líderes occidentales
El hilo amplía el foco. Se enumera a los líderes occidentales defenestrados desde que comenzó el conflicto: Draghi, Johnson, la primera ministra finlandesa, y se apunta que Scholz lleva el mismo camino. La tesis de fondo es que la guerra está funcionando como una trituradora de gobiernos europeos, y que el desgaste no distingue siglas.
Hay también quien introduce el factor energético y comercial.
«Rusia no necesita para nada ningún ingreso de occidente porque su balanza comercial es de todos modos claramente positiva», sostiene una intervención que resta valor a las sanciones y a la congelación de reservas. Otra añade que las divisas rusas bloqueadas en bancos occidentales son «como tener 10.000 toneladas de oro metidas en un sótano»: no sirven de mucho si no se pueden usar.
La grieta liberal: ¿se puede prohibir al que quiere prohibir?
En la parte final, el intercambio se desplaza a un terreno más abstracto. Una corriente defiende que el comunismo, como ideología cuyo objetivo es lo contrario a la libertad, no debería tener el mismo margen que el resto; que querer eso para un país, sabiendo lo que conlleva, no es algo de lo que estar orgulloso. La respuesta es afilada:
«Un tío defensor de la libertad prohibiendo la libertad del que no piensa igual que él». El contraargumento liberal clásico aparece con claridad: prohibir cualquier ideología no liberal comete el mismo pecado contra el que se lucha.
La discusión deriva hacia la memoria de los años ochenta, el consumo cultural de la época y la comparación generacional entre lo que vivieron los padres y lo que viven los hijos. No hay conclusión. Solo la constatación de que el mismo que exige libertad para abuchear a Scholz puede acabar pidiendo que se prohíba a quien no piensa como él.
Qué se juega Scholz con este vídeo
El incidente de Falkensee no es una encuesta, pero funciona como termómetro. Un canciller que necesita gritar a su propia base para defender el envío de armas transmite la sensación de que la línea oficial no convence ni dentro de casa. La pregunta que sobrevuela el asunto es si el desgaste se queda en un acto ruidoso o se traslada a las urnas. Con la economía alemana en recesión y el coste energético como herida abierta, la predicción más prudente es que Scholz seguirá defendiendo lo mismo y que el ruido, lejos de apagarse, irá a más.