Seis perfiles de antivoxistas según un análisis de foro
En la España que discute política a diario, hay un grupo que no aparece en las encuestas pero condiciona el resultado: los que rechazan a VOX sin ser de izquierdas. Un análisis que circula por los foros de economía los clasifica en seis tipos, y el propio autor admite que su partido no es la solución, sino una herramienta que se descartará cuando deje de ser útil. La pregunta no es si VOX crece, sino cuántos votos deja sobre la mesa el rechazo activo.
Los seis perfiles del antivoxismo
El primero es el votante de izquierdas clásico, al que se atribuye un estado de shock por la irrupción de VOX tras años de etiquetar como ultraderecha a formaciones de centro. El segundo, el votante del
Partido Popular, descrito como el más agresivo del conjunto: se le acusa de montar una operación para negar la existencia de VOX mientras pide el voto útil para desalojar al PSOE, sin aclarar si pactará con los de Abascal o con Sánchez. El tercero es el perfil conspiranoico, que exige pureza ideológica absoluta y sospecha de cualquier movimiento que no cumpla al cien por cien sus tesis.
El cuarto es el abstencionista, comparado con liberales utópicos que comparten el ochenta por ciento del programa pero no soportan votar lo mismo que millones de compatriotas a los que consideran inferiores. El quinto, el rebotado: quien entró en el partido para salvarlo y, al no recibir lo que esperaba, dedica su tiempo a sabotearlo por despecho. El sexto, el falangista o nazi de manual, que lleva años sin lograr representación porque se niega a abandonar una estética que el noventa y ocho por ciento del país asocia a gentuza antisocial.
Lo que falta en la lista y lo que sobra
Los propios participantes añaden perfiles que el autor no contempló: el que cree que la finalidad última de todo ser vivo es reproducirse y por eso rechaza cualquier inmigración, incluso la legal y ordenada; el que sostiene que la democracia es una violación en grupo donde ocho millones de imbéciles pueden dar por culo legalmente a los pocos con sentido común; el que tiene estudios; el que no llega a fin de mes y no puede permitirse votar a quien le baje el sueldo; el que piensa que Abascal es un paguitero por no haber rechazado por completo la agenda 2030; y el que viene del futuro a decir que VOX es el Podemos de la derecha, condenado a desaparecer.
Hay también quien señala contradicciones internas del partido que no encajan en ninguna etiqueta: la salida de un historiador tras una campaña mediática en su contra, la de un juez crítico con la ley de violencia de género, el apoyo al estado de alarma durante la pandemia y la promoción de lo que un participante llama cuencoarrocismo, es decir, importar mano de obra sudamericana para contener salarios y sostener la burbuja inmobiliaria. Para este sector, esas decisiones pesan más que cualquier clasificación.
El votante que coincide con VOX y vota al PP
El perfil más repetido en las respuestas no está en la lista original: el que coincide con VOX en inmigración, unidad nacional y cuestión autonómica, y a la hora de votar lo hace ciegamente por el Partido Popular, que defiende lo contrario. Se describe como un votante sin maldad, solo ignorante, y se cuenta el caso de dos profesionales de alto patrimonio que reconocen pensar como VOX pero insisten en que hay que votar al PP porque los otros son radicales. La paradoja es el corazón del asunto: el rechazo no siempre nace de la discrepancia, a veces nace del miedo a la etiqueta.
Frente a eso, la defensa del voto útil se apoya en un argumento simple: España no será una multirrepública bolchevique con VOX ni se comprará la quincalla ideológica progresista. Esa es, para este sector, la emergencia. Otros responden que votar no sirve para nada, que los políticos la van a meter doblada por enésima vez y que más vale quedarse en casa. Y un tercer grupo, el de los que votan sabiendo que son unos farsantes, lo hace porque al menos han puesto encima de la mesa debates que antes eran tabú.
El punto exacto donde el análisis se atasca
La discusión no se cierra porque las dos partes usan la misma prueba para llegar a conclusiones opuestas. Unos ven en VOX una herramienta útil que normaliza discursos y crea estructuras paralelas; otros ven un partido que apoya estados de alarma, aparta a los críticos y promete lo que luego no cumple. Y en medio queda un votante que coincide en el fondo pero no en la forma, que no se fía de que nadie cumpla nada una vez en el poder. Con ese material, cualquier pronóstico electoral es una apuesta, no un cálculo.