¿Servirá de algo la bajada de tipos?
El 8 de octubre de 2008, los principales bancos centrales del mundo coordinaron un recorte de tipos de medio punto. El BCE pasó del 4,25% al 3,75%, la Fed recortó 50 puntos básicos hasta el 1,5%, y se sumaron Suecia, China y Canadá. El movimiento, aplaudido en los mercados durante unos minutos, no tardó en ser recibido con escepticismo: la Bolsa de París rebotó un 0,09% para luego caer de nuevo. La pregunta que se hacía todo el mundo era si esto era un salvavidas o un simple parche.
Un golpe de efecto que no engaña a nadie
El recorte era esperado, pero la coordinación sorprendió. "Se han debido rebajar las tensiones inflacionistas", ironizaban algunos, mientras otros señalaban que la Fed ya había agotado esa munición y que el efecto sería limitado. El problema no era el precio del dinero, sino que no había dinero: los bancos no se prestaban entre sí. El TED spread, indicador del riesgo interbancario, marcó un récord del 4,13% ese mismo día. "La política monetaria no chuta", resumió un análisis.
El euríbor, ajeno a la fiesta
Para el ciudadano medio, la variable clave era el euríbor. Con la bajada del BCE, muchos esperaban un alivio inmediato en sus hipotecas. Pero el euríbor no se movió. "El yuri nunca baja", se quejaban. El diferencial entre el tipo oficial y el interbancario se disparó a 1,75 puntos en Europa y a 2,6 en EE.UU. Los bancos, lejos de trasladar el recorte, aprovecharon para ensanchar márgenes y cubrir sus pérdidas. "Aumentando los márgenes pueden estar intentando secar los pufos bancarios", apuntaba un análisis.
Inflación, deflación o la trampa japonesa
El debate se centró en lo que vendría después. Unos temían una inflación galopante —"la barra de pan se pondrá a 2 euros"—, otros veían el fantasma de la deflación al estilo japonés. "Welcome to Tokyo 1995", resumió una intervención. La decisión de los bancos centrales de ampliar el fondo de garantía de depósitos a 100.000 euros no hizo sino aumentar la desconfianza: si ayer alguien no se fiaba del banco, hoy menos aún, porque sus ahorros rendirían menos.
¿Y ahora qué?
El consenso entre los escépticos era que esto no solucionaba nada. La crisis no era de tipos, sino de liquidez y de confianza. "No hay movimiento de agua en un caudal seco", sentenciaba un análisis. Y el riesgo de que todo esto acabara en una nacionalización encubierta de la banca o en una espiral deflacionaria estaba sobre la mesa. Mientras, los mercados digerían la noticia y el euríbor seguía en sus 13. El tiempo diría si era el principio del fin o solo un respiro antes del siguiente batacazo.
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