Onil se queda sin Clicks: Playmobil cierra su planta tras 48 años
Playmobil ha tardado 48 años en irse de Onil y apenas unos meses en desmontar lo que quedaba en pie. Su división española ha dejado de forma definitiva la actividad productiva en la localidad alicantina, epicentro del llamado
valle del Juguete, y lo ha hecho con
una plantilla reducida a 20 empleados: la filial ha pasado de unos 66 trabajadores a apenas veinte en el último año.
El primer recorte se llevó por delante 26 puestos de fabricación mediante un ERE y dejó la producción parada en septiembre del año anterior. El segundo ajuste, de algo más de una decena de empleados, ha caído sobre administración y oficinas. En Onil quedan la sede y la logística para España y Portugal. Ni una línea de fabricación.
Una fábrica que se apaga en dos tandas
El desmantelamiento se ha ejecutado por partes, sin un anuncio que resumiera el conjunto. Primero salió la fábrica: 26 trabajadores fuera de la plantilla dedicada a la fabricación, ya con el suelo de producción detenido. Después, cuando no había producción que reorganizar, tocó cuadrar la estructura administrativa con el tamaño real del negocio, con otra tanda de algo más de diez salidas.
La operación española no es un caso aislado. El grupo familiar Geobra Brandstätter, propietario de la marca, anunció a finales del año anterior el recorte de
700 empleos ante la caída de las ventas de sus muñecos. La filial ejecuta su parte de ese ajuste global en la misma planta que la vio nacer. La histórica Famosa llegó a contar con más de 2.000 empleados en su planta de Onil.
De Famobil a Playmobil Ibérica: medio siglo en el valle del Juguete
La historia arranca en 1974, cuando la española Famosa (Fabricas Agrupadas de Muñecas de Onil SA) selló con la alemana en la Feria de Nuremberg un acuerdo que dio lugar a los célebres Clicks. Ambas crearon una sociedad conjunta, Famobil, y esa fue la primera marca con la que se comercializaron los populares muñecos en España.
En 1983 se constituyó la filial Playmobil Ibérica con ambos socios y los muñecos pasaron a denominarse igual que en el resto del mundo. Famosa dejó el accionariado en 2004, cuando era propietaria del 50%, poco antes de pasar a manos de fondos de capital riesgo. La nostalgia tiene su anécdota: si se atiende a quienes lo recuerdan en el foro, el mítico
barco pirata, con barra de acero interior para que flotara estable en la bañera, costaba unas 20.000 pesetas en los años ochenta.
¿Por qué se hunden las ventas del juguete tradicional?
Porque hay menos niños, más pantallas y menos sitios donde comprarlos. La facturación de la compañía cayó un
25% solo en 2023, un desplome que se suma a una crisis global del sector: la crisis de Toys R Us en Estados Unidos tuvo su réplica en la distribución española con Imaginarium o Poly, y el goteo de cierres de plantas ha alcanzado a las localidades del valle alicantino, de Ibi a Tibi, Onil y Castalla.
Hay quien sostiene, con la contabilidad de su propia familia, que el problema va más allá de la demanda infantil: en los noventa una tienda dedicada en exclusiva al juguete vendía todo el año y multiplicaba en Reyes, mientras que hoy encontrar una en el barrio es una rareza. Otros ponen el foco en el ocio doméstico: los niños acceden a móviles y tablets cada vez antes, y a los ocho años muchos ya han arrinconado los juguetes tradicionales en la habitación, con la consola como único destino.
Una tercera corriente mira el modelo de negocio. Si fabricar cada figura cuesta céntimos y se vende por varios euros, el negocio solo aguanta con volumen; cuando el volumen se rompe, no hay margen que lo salve. Es el argumento que explica por qué el juguete físico, más que mal gestionado, se quedó sin suelo.
Para los foreros, LEGO supo vender a los adultos; Playmobil llegó tarde
La comparación con LEGO aparece por todas partes. La firma danesa construyó un mercado
friki enorme, con licencias y coleccionismo adulto, y Playmobil se ha subido al carro con sets de
Star Trek, Cazafantasmas o Regreso al Futuro, además de una línea histórica notable —tercios, granaderos, Zumalacárregui— que engancha al coleccionista pero no sustituye al niño que juega.
Alrededor del juguete español hay además una arqueología competitiva que alimenta la nostalgia: los Airgam Boys, los Tente, los sobres de soldados de Montaplex. Varias generaciones se criaron mezclando escalas y marcas en la alfombra del salón, y ese ecosistema también se fue apagando fábrica a fábrica.
El diagnóstico más repetido es que el juguete llegó desfasado a los noventa, justo cuando la competencia por la atención pasó a ser digital. La nostalgia y el coleccionismo sostienen una parte del negocio, pero, según algunos participantes, no compensan la pérdida de volumen: cuando esa generación de compradores se apague, no hay relevo a la vista.
Queda Onil, con su sede, su almacén y veinte empleados, y una pregunta que el sector lleva años sin responder: ¿es esto el final de un capítulo o el aviso de lo que viene para el resto del juguete fabricado en España?