Un cuarentón presume de tres pisos sin deudas
Hay una tabla de Excel que estos días está haciendo correr ríos de tinta digital. En ella, un asalariado que ronda los 42 años desglosa cómo pasó de vivir con sus padres a acumular
tres pisos, dos de ellos alquilados, sin haber pedido un crédito en su vida. Su receta cabe en tres reglas: estudiar algo con salidas, aprovechar cada oportunidad laboral y no contraer deudas. Con eso, sostiene, cualquiera de su quinta podría haberse retirado ya. El problema es que la aritmética que presenta tiene más agujeros que un colador y el personal no ha tardado en señalarlos.
La primera cifra que chirría es la del ahorro. Según su propio relato, durante años fue capaz de guardar
20.000 euros anuales mientras vivía de alquiler en una habitación de 300 euros. Cuando compró su primer piso, en 2011, lo hizo —dice— en el suelo del mercado. Después llegaron los ascensos, los destinos en el extranjero con dietas y pluses, y un sueldo que pasó de 20.000 a 55.000 euros brutos. Todo encaja si uno se cree que en dos décadas no hubo derramas, ni imprevistos médicos, ni despidos, ni una sola factura inesperada.
¿Cuánto cuesta realmente mantener tres pisos en alquiler?
Aquí es donde la cosa se pone interesante. El autor del método asegura que
no hay ninguna hipoteca y que los números de su hoja de cálculo incluyen todos los gastos. Sin embargo, varios lectores han echado cuentas y les sale otra cosa. Con un ahorro acumulado de 160.000 euros y una compra de 120.000, el remanente debería ser de 40.000, no de 60.000. Un desliz de 20.000 euros que, en una tabla que presume de precisión quirúrgica, resulta llamativo.
La discusión deriva pronto hacia el terreno de los costes ocultos. Impuestos, notarías, seguros, comunidades, arreglos, periodos sin inquilino. Quien haya alquilado un piso sabe que el ladrillo no es una máquina de hacer dinero gratis: es una máquina de hacer dinero si uno tiene estómago para las sorpresas. El relato del protagonista, en cambio, describe un mundo sin fricciones donde cada decisión sale bien y cada activo rinde sin sobresaltos.
La generación que llegó tarde a todo
El propio autor reconoce que su método quizá no sirva para los más jóvenes. Y ahí es donde el asunto deja de ser una anécdota personal y se convierte en un retrato generacional. Nacido en 1982, este hombre pertenece a la última hornada que pudo comprar vivienda antes de que el mercado se fuera de madre. Los que vinieron después se enfrentan a precios de entrada que sus padres no habrían imaginado ni en sueños.
La conversación se llena entonces de comparaciones amargas. Hay quien señala que la generación anterior lo tuvo aún más fácil: casa en el pueblo, segunda residencia en la playa y tres hijos criados con un solo sueldo. Y hay quien apunta que los que vienen detrás lo tienen bastante peor. En medio, el protagonista insiste en que no es superdotado, que simplemente tuvo «un mínimo de suerte» y que no le ha caído un cáncer encima. Un argumento que, en boca de alguien que presume de tres propiedades, suena a excusa de lujo.
¿Es el ladrillo la única forma de ahorrar en España?
La pregunta sobrevuela toda la discusión. Frente a la estrategia del piso alquilado, algunos defienden que existen alternativas más líquidas y menos problemáticas: fondos indexados, ETFs, incluso oro y plata. Un participante afirma haber acumulado
850.000 euros con 40 años combinando metales preciosos y acciones, sin haber comprado jamás un inmueble para alquilar. Otro recuerda que el 71% de las cuentas de inversores minoristas pierden dinero con productos apalancados, según el propio folleto de los brókers.
El consenso, si es que existe, apunta a que el problema no es el vehículo sino el punto de partida. Quien empezó a invertir con 20 años y un sueldo decente tiene hoy un colchón. Quien empezó a los 35 con hipoteca y críos, bastante tiene con llegar a fin de mes. La meritocracia, ese relato tan socorrido, se resquebraja cuando se compara el calendario de unos y otros.
La soledad del triunfador
Hay un detalle que el autor menciona de pasada y que quizá sea el más revelador: no tiene hijos. «Eso ayuda», admite. También reconoce que se emparejó a los 42 y que durante años vivió sin coche, sin grandes viajes y sin apenas vida social. El precio de su patrimonio no se mide solo en euros. Se mide en noches de habitación compartida, en cenas que no hizo, en oportunidades que dejó pasar.
Un veterano del foro lo resume con crudeza: «Has pagado un precio muy, muy alto que nuestra generación no debió tener que pagar». Y otro añade que, sin hijos ni pareja, él también sería millonario, pero estaría «igual de triste y deprimido». La riqueza, viene a decir, no compensa siempre lo que se deja por el camino.
Al final, la tabla sigue ahí, con sus columnas impecables y sus supuestos indemostrables. El autor insiste en que los números son reales y que quien no los entiende es porque no sabe leer. Puede que tenga razón. O puede que haya confundido una hoja de cálculo con la vida misma. ¿Cuántos de los que lean esto podrían replicar su método sin que se les rompa algo por el camino?